Multitudinaria marea feminista desbordó el Congreso: “Vinimos a pasarnos todos los pueblos”, el grito que retumbó contra el antifeminismo de Estado

Multitudinaria marea feminista desbordó el Congreso: “Vinimos a pasarnos todos los pueblos”, el grito que retumbó contra el antifeminismo de Estado

Bajo una consigna que creció hasta volverse incontestable, cientos de miles de personas colmaron la plaza en una jornada que evocó la gesta del “Ni Una Menos” y desafió abiertamente las políticas del gobierno libertario, en un reclamo que entrelazó la furia por los femicidios con la defensa de derechos conquistados durante la última década

Un cartel de dimensiones gigantescas sostenido por varias mujeres anunciaba la premisa que guiaría la tarde: “Vinimos a pasarnos todos los pueblos”. Aún quedaba espacio entre el público congregado en la Plaza del Congreso, aunque los pronósticos indicaban que en menos de sesenta minutos no sería posible introducir ni un alfiler. La escena rememoraba lo acontecido once años atrás, cuando en esta misma nación emergió la célebre arenga “Ni Una Menos”. Esta vez, la convocatoria resultó sorpresiva, arrolladora, atravesada por el sufrimiento y por la tenaz voluntad de imponer un “suficiente” que desplegó una multiplicidad de sentidos: oposición frontal a los asesinatos de mujeres por razones de género y un rechazo explícito hacia la administración adversa al feminismo comandada por Javier Milei. Un llamado parido desde la indignación después de tres crímenes aberrantes —el de Agostina en la provincia de Córdoba, el de Dulce María en Misiones y el de Noelia en el partido bonaerense de Temperley— que reinstaló en el debate público el imperativo de establecer un límite a la violencia machista, un cerco que la ultraderecha no consigue quebrantar.

Cuando el reloj marcaba las seis de la tarde, la lectura del documento central estuvo a cargo de la cantante Cazzu —quien durante el año encabezó la batalla por una norma que permita suspender la responsabilidad parental cuando uno de los progenitores incumple sus obligaciones— y de la actriz Thelma Fardin, cuya lucha contra el poder judicial por los abusos sexuales padecidos en su infancia la convirtió en un emblema de la resistencia. Ambas subieron al escenario, rodeadas por arterias completamente rebosantes de personas de todas las identidades de género y de todas las edades: una plaza que zanjó la controversia acerca de si los varones debían o no formar parte de la convocatoria. La movilización resultó transgeneracional y transversal, tal como esa obstinación que caracteriza a los feminismos en esta tierra austral de no clausurar la pelea en una agenda unívoca.

El manifiesto que Cazzu y Fardin hicieron público se erigió como una denuncia implacable contra el “antifeminismo institucional” y las medidas de ajuste y ensañamiento promovidas por la gestión libertaria. Los altavoces resultaron insuficientes para que el mensaje se escuchara en toda la extensión de la plaza, pero se generó un fenómeno de transmisión boca a boca que reverberó como un eco multiplicado por las oradoras: “Nuestras existencias no son descartables”. Esa porción del texto mereció una ovación cerrada, como si la multitud pretendiera afirmar algo que parece evidente pero que en la práctica no lo es. Se aludió también al carácter machista, racista y depredador de este gobierno, y se hizo mención al proyecto de ley impulsado por la senadora Carolina Losada, señalando que busca proteger la pedofilia y acallar los abusos: “No existen acusaciones falsas, lo que falta son denuncias”.

Más allá de los centenares de miles de personas que respondieron a la convocatoria, emerge otra cifra contundente: desde aquel 3 de junio de 2015 se han registrado al menos 3.205 víctimas de femicidios. Este vocablo pudo, después de ese año, reemplazar en el imaginario social al eufemístico “crimen pasional” y también se constituyó en la figura jurídica que estableció un protocolo específico para investigar las muertes de mujeres de una manera determinada. Contra todo eso se dirige el gobierno libertario, pero también contra el abanico de significados que se expandieron a lo largo de esta década caracterizada por la ampliación de derechos —el acceso al aborto seguro, legal y sin costo, el cupo laboral para personas trans, entre muchos otros— y contra el enorme proceso de politización que logró que un comentario callejero de connotación sexual ya no sea considerado gracioso, que la mayoría comprenda de qué se habla cuando se menciona el trabajo de cuidados, y que la Educación Sexual Integral no suene a una mera explicación sobre cómo colocar un preservativo.

La lucha es indivisible

El anochecer no detiene la efervescencia. Hacía muchos años que un 3 de junio no congregaba a tantas almas. La jornada tuvo la particularidad de caer en miércoles, un día que lleva estampada la huella de la represión a las personas jubiladas. “Hoy pudimos hacer una travesura”, comenta Dolores, quien asiste al Congreso todos los miércoles desde hace dos años y medio. Sostiene la bandera mientras circunvala la plaza con una sonrisa cómplice, porque la fecha vino acompañada de una argucia contra el cuerpo policial que la reprime semana tras semana: “Llegamos antes de que instalaran los vallados, ni siquiera tenían colocados los cascos para golpearnos, comenzaron a comunicarse entre sí desesperados”, relata y suelta una carcajada. La estrategia consistió en presentarse temprano y recorrer las vueltas habituales de los miércoles para burlar el protocolo que los tiene sitiados. Dolores, de 72 años, trabajó en la Universidad de Buenos Aires como personal no docente; su voz se quiebra apenas cuando evoca: “Los feminismos deben estar junto a los jubilados y los jubilados junto a los feminismos, la contienda es una sola”.

Los cercos que esquivaron por la mañana y que por la tarde sí rodeaban el Parlamento fueron apropiados por un colectivo de artistas del Conurbano, quienes pintaron los nombres y los rostros de Agostina, Dulce y Noelia como si se tratara de una obra mural. Además, subvirtieron una frase que muchos observaban con asombro: “Cada 31 horas un hombre se convierte en femicida”.

Los territorios populares recuperan las calles

La precariedad y el ajuste habían provocado que en los barrios humildes retrocedieran las mujeres que encontraron en el feminismo un vehículo de expresión y de militancia activa. “Hace tiempo que no percibíamos esta necesidad tan honda de reencontrarnos en el espacio público. Y esto se debe a que las violencias han aumentado, pero también a que existe una respuesta colectiva frente a tanto rencor, tanto ensañamiento y tanto intento de disciplinarnos”, sostiene Norma Morales, militante popular feminista que reconoce las dificultades que enfrentaban los barrios para movilizarse teniendo que sostener la catarata de necesidades que genera este ajuste descomunal. “Como decía el papa Francisco, hay que rehumanizar nuestra sociedad. Y eso implica volver a colocar en el centro la solidaridad, el cuidado y la empatía”. Para ella, la reaparición del feminismo popular constituye un gran triunfo: “Es muy significativo estar acá para decirles a nuestras jóvenes y a nuestras cuidadoras comunitarias que no están solas. Que frente a este contexto tan adverso existe una comunidad organizada dispuesta a defender la vida, el trabajo y la dignidad. Las discusiones impostergables hoy tienen que ver con cómo vivimos las mujeres y diversidades en este escenario de ajuste. No podemos hablar de violencia de género sin abordar también el hambre, el sobreendeudamiento, la precarización laboral y el desmantelamiento de las políticas públicas de cuidado”.

Atravesar todos los pueblos que sean necesarios

Sol Rutigliano, de 29 años, estudia Ciencias Políticas en la Universidad de Buenos Aires. Recuerda que su primer acercamiento al feminismo ocurrió mientras veraneaba en Miramar en 2001. “Me acuerdo del impacto que me generó. Ver cómo el pueblo y el movimiento feminista salía a la calle a exigir justicia por Natalia Melman. No podía comprender cómo habían asesinado a una chica que apenas tenía unos años más que yo. Vi a una comunidad movilizarse y principalmente a las mujeres, reclamando justicia y acompañando a una familia atravesada por el dolor”. Esa estampa, que tiene más de un cuarto de siglo, se reconfigura hoy en un escenario donde el pesar por la muerte de una niña conmueve, provoca ira y hace detonar un movimiento que en Argentina fue brújula de un temblor que recorrió el planeta. Para Sol, emerge una pregunta clave: ¿cómo continuamos edificando una sociedad que no normalice la agresión contra mujeres y diversidades en un contexto donde muchos de los consensos alcanzados parecen estar siendo impugnados?

“Estamos a diez femicidios de un mundial”, rezaba otro cartel, de aquellos ingeniosos y que van directo al hueso, que buscan no solo generar complicidad entre pares sino abrir el diálogo a todo aquel dispuesto a escuchar. Eso pudo observarse en la antesala, en una convocatoria a la plaza que incluyera a varones que en otras ocasiones se sintieron excluidos. Jerónimo, de 14 años, junto a su hermana Priscila, sostiene un cartel que dice: “Que estar viva no sea un milagro”. Es la primera vez que asiste a una marcha feminista. Relata que recibió Educación Sexual Integral en la escuela primaria y que también integra el centro de estudiantes de su colegio, donde la mayoría son mujeres. “Hablamos de los temas y ellas me abren la cabeza. Tenía ganas de venir a esta marcha porque los varones somos parte del problema pero también debemos ser parte de la lucha para que las cosas mejoren”, afirma, mientras su hermana, un poco mayor que él, lo observa con ternura.

Once años después

El espectro etario resulta variopinto, pero el cálculo matemático evidencia que en la plaza hay jóvenes que ni siquiera habían comenzado la escuela primaria cuando aconteció el primer Ni Una Menos. Con menos purpurina pero más beligerantes, otras ya son abuelas que pelearon por el aborto legal y persisten en la idea de que no se es feminista por ser mujer ni por anhelar la igualdad, sino por imaginar un mundo más habitable. “Hubo columnas enormes de centros de estudiantes, chicas y chicos cantando, agitando banderas y transmitiendo una fuerza conmovedora”, relata Norma, ya de regreso a su vivienda en el transporte público. “Fue una potencia que me atravesó hasta las vísceras. Vi algo hermoso: cuatro generaciones caminando juntas, tomadas de las manos, abrazadas, entonando canciones y gritando con ímpetu. Chicas y chicos de distintas edades, algunas con sus madres, con sus amistades, con los pañuelos verdes o las cabezas rapadas unidas por una misma convicción. No vamos a permitir que nos persigan y nos criminalicen por ser feministas, por pertenecer a la diversidad sexual. ¿Desde cuándo? Estamos excedidas de deudas y de angustias, las arrastramos cada día, estamos hastiadas de la crueldad, pero no nos dejaremos arrebatar el porvenir”. El testimonio lo ofrece a pocos minutos de arribar a su hogar en Dock Sud, partido de Avellaneda.

Ya entrada la noche, Dora Barrancos demora su salida de la plaza. Quiere permanecer un rato más ahí, entre otras feministas. Con su bastón —que apenas apoya en el suelo— gira la cabeza para no interrumpir la contemplación de la multitud. “Estamos frente al contragolpe, ya era la hora, hay una reacción extraordinaria, algo que sabíamos que iba a suceder”. Su testimonio es una prueba palpitante de que este movimiento vuelve fecundo el terreno que pisa. Ese mismo suelo que la ultraderecha utiliza como laboratorio de ensañamiento y extractivismo radical es también un lugar en el mundo donde hasta cuatro generaciones pueden erguirse y decir suficiente para demostrar, como afirma Dora, que “el feminismo no es cuestión de mujeres sino de la dignidad humana”.

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