El mandatario argentino y su asesor estrella defendieron en la prensa británica la creación de “corporaciones no humanas” con plena personalidad jurídica, un régimen fiscal laxo y la eliminación de cualquier supervisión estatal prematura. Especialistas consultados por este diario advierten que la iniciativa busca convertir al país en un laboratorio global para grandes tecnológicas, con escaso beneficio local y enormes riesgos legales y éticos.
En una jugada que desafía las corrientes regulatorias dominantes en el planeta, el presidente Javier Milei y su asesor de cabecera, Federico Sturzenegger, eligieron las páginas del influyente diario británico Financial Times para presentar una hoja de ruta destinada a posicionar a la Argentina como un territorio sin ataduras jurídicas para el desarrollo de la inteligencia artificial. El artículo de opinión, difundido en las últimas horas, elogia la puesta en marcha de un andamiaje legal desregulado que, según sus autores, permitiría que los algoritmos florezcan “sin la mano mortal de una regulación apresurada y mal comprendida”.
La propuesta llega en un momento particularmente sensible del debate global. Mientras la Unión Europea se enreda en la confección de normas regionales para impedir que los sistemas de IA se desboquen, y el propio Donald Trump, otrora enemigo de las trabas burocráticas, retrocede en su postura y firma decretos que obligan a las compañías a someter sus modelos a revisión oficial antes de su lanzamiento, el gobierno argentino parece nadar contra la corriente. A esta sintonía internacional se suma el reciente llamado del Papa Francisco a desarrollar una “tecnología más humana”, un eco que Milei y Sturzenegger omitieron por completo en su texto.
El documento publicado en el rotativo londinense desglosa tres pilares fundamentales de la iniciativa que ya se debate en el Congreso argentino. El primero de ellos es el compromiso explícito de abstenerse de cualquier tipo de regulación estatal sobre la inteligencia artificial, argumentando que el control público anticipado asfixiaría la innovación. El segundo eje resulta el más disruptivo: la creación de una figura jurídica inédita denominada “corporación no humana”, que en la práctica se traduce en entidades manejadas por agentes autónomos de IA o robots, dotadas de personalidad jurídica plena y responsabilidad limitada. El tercer puntal apunta a seducir a las grandes firmas tecnológicas mediante una rebaja impositiva significativa y un “entorno fiscal competitivo” que, en los hechos, equipara la oferta argentina con la de los paraísos fiscales clásicos.
Estas organizaciones autónomas descentralizadas (DAO, por su sigla en inglés) son vistas con profundo recelo por especialistas en derecho y tecnología. Natalia Zuazo, analista enfocada en la intersección entre política y algoritmos, sostiene que “pensar en compañías sin supervisión humana vulnera los principios de todas las recomendaciones internacionales sobre inteligencia artificial. No pueden existir sistemas que tomen decisiones completamente por su cuenta sin generar riesgos inaceptables”.
Por su parte, el abogado y docente universitario Pablo Serdán va más allá y advierte que la reforma de la Ley de Sociedades (la histórica 19.550 de 1972) defendida por Milei en el Financial Times busca inscribir a la Argentina en el selecto club de las jurisdicciones opacas, junto a las Islas Marshall, las Islas Caimán o Dubái. “Se propone que el país compita para albergar empresas automatizadas. Parte de la prensa internacional ya lo describe sin ambages como un plan para convertir a la nación en un ‘paraíso tecnológico’ con un marco legal ‘blindado’”, explicó Serdán a este medio.
La contradicción en el discurso del presidente es evidente para los especialistas. Milei exige responsabilidad limitada para estas entidades no humanas y aclara que los accionistas humanos podrán participar, pero no serán un requisito. “Cuando el algoritmo provoque un daño masivo o estafe a los usuarios, que el perjuicio lo absorba únicamente el capital invertido y nadie más responda. Ahí reside la paradoja de fondo: dicen querer al Estado afuera para no pagar tributos y no ser fiscalizados, pero necesitan a ese mismo Estado para que les otorgue el escudo protector cuando el experimento colapse”, reflexiona Serdán. Y agrega: “Lo quieren ausente como juez y presente como paraguas”.
La euforia desregulatoria de Sturzenegger, siempre presentada como una herramienta para evitar trabas burocráticas y dinamizar procesos, oculta según los críticos una realidad más cruda: allanar el camino para que los grandes actores internacionales exploten las ventajas argentinas sin exigencias recíprocas. El ministro de Economía, Luis Caputo, no demoró en celebrar el artículo en su cuenta de la red social X, destacando que esta postura, sumada a los incentivos del denominado “súper RIGI”, podría colocar al país “a la vanguardia de la industria que más capital y tecnología está atrayendo a nivel mundial”. Sin embargo, lo que no menciona Caputo es el vacío de un plan productivo propio: ¿qué rol ocuparán los científicos argentinos? ¿Cómo se beneficiará la economía real sin una estrategia de desarrollo nacional?
Agustín Espada, investigador del Conicet en la Universidad Nacional de Quilmes, considera que Milei planta bandera como abanderado de la derecha internacional en línea con los deseos de los grandes jerarcas tecnológicos. “No es casual que lo proclame a días de que el Papa pida por la humanización de la tecnología y el desarme de la inteligencia artificial. Este proyecto busca que la IA se expanda por fuera de cualquier intervención estatal y en contra del interés público. Le garantiza a los tecnomagnates la posibilidad de expandir sus negocios sin restricciones”, sentencia.
Emmanuel Iarussi, también investigador del Conicet en la Universidad Torcuato Di Tella, subraya la ironía histórica del texto de Milei: “Me resulta muy difícil no leer como deliberado el contraste simbólico. A solo unos días de que el Papa pusiera el foco en la dimensión humanista de la tecnología y pidiera perdón en nombre de la Iglesia Católica por la legitimación de la esclavitud, el presidente abre su argumento en el Financial Times mencionando a la Dutch East India Company, emblema de concentración de poder y de comercio esclavista”. Iarussi añade que uno de los problemas centrales de esta apertura salvaje es que, sin el marco adecuado, el país puede terminar obteniendo muy poco o nada en términos económicos. “Si la producción está mediada por agentes de IA sin residencia clara, es difícil establecer dónde se genera el valor y quién cobra impuestos sobre ese valor. Tampoco parece que la inversión en educación, ciencia y tecnología vaya a acompañar esta apertura”, advierte.
Mientras las naciones más dinámicas del planeta, incluyendo a China con su crecimiento anual del 4 al 5 por ciento, adoptan algún tipo de gobernanza sobre la inteligencia artificial, la Argentina de Milei apuesta por el vacío legal. Zuazo resume el sentir de muchos especialistas: “Es una invitación a desarrollar la IA con todos los riesgos que otros países están tratando de evitar. Las naciones reflexionan sobre qué IA se necesita, para qué sectores, con qué objetivos. Milei considera que toda la inteligencia artificial es lo mismo. Lo único que demuestra su propuesta es: ‘Necesitamos dólares, no importa cómo’”.
Así, a kilómetros de distancia de un proyecto productivo estructurado, el gobierno parece dispuesto a ofrecer el territorio argentino como un inmenso laboratorio sin control. Lo que hoy se presenta como una utopía libertaria, para los críticos no es más que la crónica de un saqueo anunciado, en donde el Estado se corre para no interferir, no controlar y no generar riqueza, pero sí para firmar, con su puño y letra, el acta de nacimiento de un nuevo paraíso fiscal de manual.
