La vuelta de la Scaloneta tras la final del Mundial estuvo marcada por el fervor de miles de hinchas y por una sucesión de descoordinaciones políticas. La incertidumbre sobre posibles festejos, el frustrado anuncio de un feriado, las tensiones en torno a Malvinas y los intentos del presidente Javier Milei por mostrarse cercano al plantel terminaron alimentando las críticas hacia la gestión nacional.
El regreso de la Selección Argentina al país, luego de disputar la final del Mundial, volvió a demostrar el enorme vínculo entre el equipo dirigido por Lionel Scaloni y la sociedad. Sin embargo, la jornada también dejó expuestas las dificultades del Gobierno nacional para administrar un acontecimiento de semejante magnitud. Lo que debía transformarse en una celebración ordenada terminó envuelto en improvisaciones, contradicciones y mensajes cruzados que evidenciaron la falta de coordinación entre la Casa Rosada, la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) y los propios futbolistas.
Desde el oficialismo buscaron capitalizar el impacto social que generó la campaña del seleccionado, aunque el objetivo quedó rápidamente opacado por una serie de decisiones erráticas. La principal controversia se produjo a raíz del anuncio presidencial sobre un supuesto feriado nacional para acompañar los festejos del equipo, una medida que nunca llegó a oficializarse y que fue desmentida pocas horas después por funcionarios del propio entorno de Javier Milei, sin que existiera una explicación pública sobre el cambio de postura.
La ausencia de una comunicación institucional clara provocó incertidumbre entre trabajadores, empresas y ciudadanos que aguardaban definiciones para organizar sus actividades. Al mismo tiempo, trascendió que nunca existió un acuerdo previo con la AFA ni con los integrantes del plantel respecto de una eventual celebración masiva, situación que profundizó las críticas hacia la organización del Ejecutivo.
Mientras el Gobierno intentaba recomponer la situación, comenzaron a conocerse versiones provenientes de la propia delegación argentina que indicaban que varios futbolistas, entre ellos Lionel Messi y Rodrigo De Paul, ni siquiera regresarían al país en el vuelo previsto originalmente. Esa información terminó de derribar cualquier posibilidad de un festejo multitudinario impulsado desde el Estado.
Ya por la noche, durante una entrevista televisiva, el Presidente intentó reconstruir ese vínculo con la Selección mediante un discurso cargado de elogios hacia Lionel Messi y Lionel Scaloni. Definió al capitán como «el mejor jugador de todos los tiempos» y destacó el liderazgo del entrenador campeón del mundo, además de justificar la decisión de los futbolistas de evitar celebraciones especiales tras la derrota en la final.
Según explicó el mandatario, el Gobierno había acercado distintas propuestas para homenajear al equipo, incluyendo la posibilidad de que los jugadores saludaran desde el balcón de la Casa Rosada sin la presencia de funcionarios nacionales. Sin embargo, ninguna de esas alternativas prosperó y desde distintos sectores, incluso dentro del oficialismo, cuestionaron el manejo de la situación, calificándolo como poco claro y desorganizado.
Finalmente, el plantel arribó al Aeropuerto Internacional de Ezeiza alrededor de las 18.20 del lunes, donde fue recibido por los Granaderos a Caballo, cuya fanfarria interpretó la emblemática canción «Muchachos». Posteriormente, los futbolistas recorrieron parte del trayecto en un micro descapotable para agradecer el afecto de miles de personas que, pese a las intensas lluvias, permanecieron durante horas aguardando su llegada.
Lejos de organizar una celebración oficial, los campeones del mundo y subcampeones de la competencia optaron por mantener un perfil bajo y trasladarse directamente al predio de la AFA en Ezeiza, donde compartieron una cena privada junto a familiares y allegados.
Mientras tanto, desde la Casa Rosada procuraron mantenerse al margen del recibimiento institucional. El Gobierno difundió únicamente un enlace con los parámetros satelitales para la transmisión oficial y confirmó que no asistirían integrantes del Poder Ejecutivo. Solamente estuvieron presentes representantes de Aerolíneas Argentinas, autoridades del Ministerio de Seguridad Nacional y la tradicional guardia de los Granaderos.
No obstante, las controversias políticas alrededor de la Selección no comenzaron con el regreso al país. Días antes, otra polémica había sacudido al Gobierno luego de que la ministra Alejandra Monteoliva cuestionara la presencia de referencias a las Islas Malvinas durante la Copa del Mundo. La funcionaria llegó a definir como «un mensaje de odio» la exhibición del dibujo del archipiélago, una postura que despertó un fuerte rechazo en distintos sectores políticos y sociales.
La discusión tomó aún mayor relevancia cuando, tras el triunfo frente a Inglaterra, los propios jugadores desplegaron sobre el campo de juego una bandera con la inscripción «Las Malvinas son argentinas», gesto que fue ampliamente celebrado por los hinchas presentes en el estadio y por buena parte de la opinión pública argentina.
Paradójicamente, el episodio trascendió las fronteras nacionales luego de que incluso la administración estadounidense defendiera esa expresión como una manifestación amparada por la libertad de expresión, dejando aislada la postura adoptada por algunos integrantes del Gobierno argentino.
Consultado sobre esa controversia, Milei sostuvo durante la entrevista que la posición de su administración respecto de Malvinas debía evaluarse a partir de sus acciones diplomáticas y no únicamente por declaraciones públicas. Asimismo, volvió a responsabilizar al kirchnerismo por, según afirmó, haber tergiversado y editado antiguos dichos suyos para instalar una interpretación equivocada sobre su postura en torno al reclamo de soberanía.
Otro de los episodios que alimentó el debate político tuvo como protagonista al vocero presidencial Adrián Ravier, quien respondió a las palabras de Lionel Messi luego de la final. El capitán había dedicado el desempeño del seleccionado «al pueblo argentino» y expresó su solidaridad con quienes atraviesan dificultades económicas y no logran llegar a fin de mes.
Desde el Gobierno relativizaron esa descripción. Ravier aseguró que no compartían la idea de generalizar la situación económica de toda la población y sostuvo que, si bien existen personas atravesando momentos complejos, no toda la sociedad vive la misma realidad. Sus declaraciones quedaron rápidamente envueltas en una nueva polémica cuando añadió que «siendo un país bananero, nunca vamos a recuperar las Malvinas», una frase que generó un amplio rechazo en diversos ámbitos políticos y sociales.
Durante la extensa entrevista televisiva, Milei también aprovechó para cuestionar duramente al kirchnerismo, al que acusó de haber maltratado históricamente a los integrantes de la Selección y de intentar apropiarse de sus éxitos deportivos. Incluso calificó de «psicópatas» a dirigentes de ese espacio político y volvió a denunciar que fue víctima de manipulaciones mediáticas destinadas a distorsionar sus declaraciones públicas.
En materia de seguridad, tanto la Ciudad de Buenos Aires como la provincia desplegaron importantes operativos preventivos. En las inmediaciones del Obelisco se reforzó la presencia policial para evitar incidentes, mientras que en Ezeiza más de mil efectivos participaron del dispositivo montado alrededor del predio de la AFA para garantizar el desarrollo del recibimiento.
En una de las pocas definiciones conciliadoras de la jornada, el Presidente destacó el trabajo conjunto realizado entre el Gobierno nacional, la administración bonaerense y la Ciudad de Buenos Aires para coordinar la seguridad del operativo, reconociendo públicamente el desempeño de las distintas jurisdicciones involucradas.
Más allá de las controversias políticas, las diferencias discursivas y las fallas organizativas, la imagen que terminó predominando fue la de miles de argentinos que, bajo una persistente lluvia, se acercaron hasta Ezeiza para agradecer el esfuerzo de un plantel que volvió a emocionar al país. El afecto popular hacia la Scaloneta volvió a imponerse sobre cualquier disputa política, dejando en un segundo plano los intentos oficiales por apropiarse del impacto que genera uno de los equipos más queridos de la historia del fútbol argentino.
