Bocinazos y lágrimas en una despedida multitudinaria: la última misa ricotera tomó Plaza de Mayo

Bocinazos y lágrimas en una despedida multitudinaria: la última misa ricotera tomó Plaza de Mayo

Entre el llanto desconsolado, los cánticos históricos y un operativo policial que añadió tensión innecesaria, miles de seguidores del Indio Solari se congregaron en el corazón porteño para honrar a su líder, en una jornada que fusionó el dolor más íntimo con la rebeldía popular.

En el mismo instante en que unos bocinazos sacudían la intersección de Av. de Mayo y Florida como un llamado secreto, la ciudad entera parecía susurrar una orden irrefutable: “Vamos para allá”. Esa sensación colectiva, a la vez eléctrica y melancólica, se convertía en el hechizo helado de un golpe directo al músculo cardíaco. Mientras tanto, el universo de las plataformas digitales hervía sin pausa, saturado de retratos, memorias compartidas y sollozos virtuales. Pero el escenario real, el de la calle, el del asfalto pisado por millones, se transformaba en un fiel reflejo de aquel corazón electrónico: allí predominaba una aflicción que, con contadas excepciones, lo atravesaba cada rincón y a cada persona sin distinciones.

Al emerger de la estación Plaza de Mayo de la línea C del subterráneo, entre rostros desorientados que buscaban alguna certeza, un muchacho todavía menor de treinta años lloraba con el desconsuelo de quien ha perdido un tesoro irremplazable. Sostenía su teléfono celular con mano temblorosa mientras reproducía a todo volumen el emblemático “Ji Ji Ji”. No hacía falta más: todos los labios que lo escuchaban comenzaron a vibrar en perfecta armonía, redondeando sus bocas para entonar aquel “oh, oh, oh, oh, ohhh” que se convirtió, en ese instante, en el pogo más inmenso del mundo.

De esta manera, la histórica Plaza de Mayo recibía con una mansedumbre casi maternal a las huestes ricoteras. Los devotos llegaban por decenas, por centenares, por miles: algunos en grupos compactos, otros en parejas entrelazadas, muchos en soledad elegida. Traían consigo niños pequeños, mascotas inquietas, cualquier excusa era válida para no fallar a la cita. Las banderas negras ondeaban con frases legendarias escritas en letras blancas, mientras algunos compartían algunos sorbos furtivos de alguna botella, porque aquel homenaje, al parecer, también se celebraba con alcohol. Se sucedían los pogos espontáneos, la agitación de cuerpos que intentaban exorcizar la pena con movimiento. Unos lloraban abiertamente, otros reían con esa risa frágil que apenas disimula el abismo. De improviso, la Policía de la Ciudad endureció su postura frente a un grupo de seguidores que descansaban sentados en el piso: los agentes, protegidos tras sus escudos de plástico, regalaron empujones desmedidos y, también, algún proyectil de gas lacrimógeno que resultaba completamente innecesario. Como telón de fondo, en aquella misa popular improvisada, flameaban banderas argentinas sobre la hermosura eterna de Diagonal Norte.

Se escuchaban gritos agudos de chicas asustadas y un rumor creciente de nerviosismo. La convocatoria oficial había sido pactada para las seis de la tarde, pero el mensaje que transmitían las fuerzas del orden parecía traducirse en un escueto “mejor no se acerquen”. A pesar de todo, el siglo XX merecía un epílogo más digno, menos violento y con mayor gloria. Desde las redes sociales llegaban, como salmodias repetidas al infinito, los partes de guerra que difundía la familia de Solari: “Lo velarán mañana, puertas cerradas, será una ceremonia íntima”, lamentaban los mensajes con resignación doliente.

Allí, en ese espacio sacralizado por la emergencia popular, aquella misa sin calendario previsto, por su carácter extraordinario, no seguía una agenda concreta sino que se resistía a desaparecer en la civilidad de un pueblo que, aunque fracturado por dentro, se fundía en abrazos mientras despedía a uno de sus héroes máximos. Los concurrentes buscaban consuelo en el otro, en cualquier otro, porque el consuelo individual se había vuelto insuficiente. El cónclave atravesaba horas de desconcierto absoluto y también de rocanrol furioso. La Plaza de Mayo se erigía así como testigo del cierre de una etapa entera en la historia argentina.

Más allá, las campanas de la Catedral Metropolitana dejaban oír su grave lamento. Las sirenas de las motocicletas policiales exigían paso entre la multitud, mientras un grupo de jóvenes tomaba mate con una parsimonia que desafiaba el caos circundante. Todo sucedía al mismo tiempo, todo ocurría en simultáneo. Y en medio de la plaza, como por generación espontánea, se armó una suerte de galería comercial improvisada: allí se ofrecían remeras estampadas, gorras con inscripciones, pulseras artesanales, pequeños arlequines con los colores patrios, pañuelos del Ni Una Menos y rostros de Cristina Fernández y del Indio Solari impresos sobre telas blancas.

Se divisaban también referencias constantes a Tandil, uno de los grandes cementerios simbólicos del universo ricotero, y banderas de clubes de fútbol como Boca Juniors, River Plate, Independiente, Quilmes, Club Deportivo Morón y tantos otros, todos conviviendo en una singular concordia popular que sólo el dolor y la devoción podían lograr. Por encima de las cabezas, la presencia insistente de un dron que vigilaba el acontecimiento desde las alturas. Y más arriba todavía, un cielo que se iba llenando de nubes esponjosas de un color gris perla, un gris que parecía teñido de tristeza.

Entre la multitud fiel al Indio, un artista plástico se agachó sobre el pavimento para dibujar con tiza el rostro del ídolo, mientras unas muchachas armaban un altar improvisado con velas encendidas y flores marchitas. Otros jóvenes se sumaron rápidamente a la iniciativa. Algunas chicas se abrazaron con fuerza y rompieron en llanto sin consuelo. Otros, sencillamente, no hacían nada especial pero estaban allí, firmes, dando su presente. Por la historia, por el Indio Solari, por los Redondos.

En medio de los puestos comerciales ambulantes, una niña esperaba pacientemente su sándwich de milanesa mientras su madre le untaba mayonesa. Cada uno procesaba la angustia con las herramientas que tenía a mano. De repente, los miles de asistentes comenzaron a encenderse como una hoguera colectiva: estallaron los aplausos y el coro reconocible de aquel “Ji Ji Ji” que se repetía en un bucle interminable, convertido en un mantra ricotero que pretendía evocar algún fragmento de consuelo. En un entrevero de gente, un vendedor pícaro ofreció en voz alta “los caramelos que comía el Indio”, y la muchedumbre apretó la congoja como si fuera un puño cerrado.

Entre sollozos contenidos y llantos liberadores se escuchaban algunos de los grandes éxitos del cancionero popular: “Vamo’ los Redondos” y el clásico “El que no salta es un inglés”, al que se le añadió una variante coyuntural: “El que no salta votó a Milei”. Y allí mismo, bajo la atenta supervisión del Obelisco que parecía vigilar desde la distancia, la figura de la Virgen atravesó la plaza sostenida por una procesión de fieles mientras otros rezaban y pedían por el alma de Solari. El estruendo de los petardos hacía encoger los cuellos, y también el crujido de las latas de cerveza al ser aplastadas. Se coló otro hit callejero: “¿Cerveza, capo?”, una pregunta que iba comprometiendo la conciencia de muchos pero que jamás lograba mermar la fe.

Allí continuaban llegando los ricoteros en oleadas desde todas las diagonales posibles, y la queja por la falta de señal de telefonía móvil se iba engordando minuto a minuto. Sin embargo, ni la desconexión digital ni la humedad de la noche lograban impedir que las parejas sudaran y se zarandearan al ritmo contagioso de “Ñam fri fruli fali fru”. Tampoco que se agitaran los toscos brazos con aquella otra joya titulada “Unos pocos peligros sensatos”. A este encuentro ya muchos empezaban a llamarlo, de manera extraoficial, “La Última Misa Ricotera”. Es inexplicable pero, sí, algo sucede cuando todo esto sucede. Y lo único cierto, en medio de la bruma y los cánticos, es que todo aquello era, profundamente, efímero.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *