En medio de un mar de especulaciones geopolíticas, rumores sobre tratados secretos y una creciente ola de críticas internacionales que confunden al gobierno con la ciudadanía, la figura del mandatario argentino emerge como un espejo deformante de las contradicciones nacionales. Mientras el pueblo se abraza a la épica deportiva y al reclamo soberano, el inquilino de la Casa Rosada intenta esquivar la pronunciación misma de las islas, evidenciando un desencuentro profundo entre el sentir popular y una administración acusada de entregar los recursos patrios a cambio de un espejismo diplomático.
En el intrincado tablero de la política argentina, donde la memoria histórica se enfrenta a diario con la crudeza de un presente hostil, las palabras del primer mandatario suelen convertirse en un termómetro de sus propias contradicciones. Lejos de la solemnidad que el cargo exige, el máximo referente del Poder Ejecutivo ha vuelto a protagonizar un episodio que, por su torpeza léxica, no hace más que encender las alarmas de un electorado que observa con desconfianza cada uno de sus movimientos. El reciente tropiezo verbal, ocurrido en la obligada conmemoración del gesto heroico del mediocampista Lo Celso, dejó al descubierto una incapacidad que raya en lo patológico para mencionar el archipiélago del Atlántico Sur. Lo que debía ser un pronunciamiento serio se transformó en un balbuceo geográfico, una suerte de amalgama fonética entre «Maldivas» y «Maldwinas», que resonó con la misma liviandad con la que el gobernante suele desestimar los símbolos patrios.
Pero el desliz no fue un hecho aislado; vino acompañado de una sentencia que, por su carácter pretencioso, resultó aún más hiriente. Al calificar de «patrioterismo berreta rancio» cualquier intento de recuperación territorial que no se ciña a los cánones de una «diplomacia sabia», el Presidente no solo menospreció el sacrificio de los combatientes y la lucha de generaciones enteras, sino que otorgó un tinte siniestro a ese adjetivo. Resulta, cuando menos, escalofriante escuchar semejante apelativo a la «sabiduría» en boca de un estadista que ha demostrado una afinidad proselitista con el estado de Israel, superando en fervor a muchos de sus antecesores. Esa connivencia, lejos de ser casual, traza un mapa de lealtades que inquieta a los analistas más sesudos.
En los pasillos del poder y en las redacciones de los medios internacionales han corrido en los últimos días ríos de tinta y especulaciones sobre un eventual acuerdo a tres bandas entre el Reino Unido, los Estados Unidos y la propia nación hebrea. La naturaleza de estas conversaciones, según los rumores más insistentes, apuntaría a un burdo montaje, una suerte de representación teatral o cosplay geopolítico que buscaría simular una recuperación de la soberanía sobre las islas, todo ello orquestado para consumo interno de una ciudadanía distraída. Las iniciativas que germinan en las mentes de estos líderes globales, siempre teñidas de un cinismo aberrante, parecen no tener límites. No tardará en saberse si el yerno del magnate republicano, conocido por su participación en planes tan excéntricos como el proyecto de la ínsula Epstein 2 en tierras albanesas, encuentra en esta grieta un nuevo juguete geopolítico para entrelazar con las fallidas paces en Oriente Próximo. La pregunta que flota en el aire, cargada de angustia, es cómo sobrellevar la cotidianeidad sabiéndonos gobernados por una élite que amalgama la demencia, la depravación y la sangre fría.
No resulta complejo imaginar al mandatario argentino orquestando un golpe de efecto destinado a su base electoral, un electorado al que muchos describen con una madurez intelectual equiparable a la del preescolar, pero con una malicia que, por desgracia, abunda en el espectro político. Con una maniobra similar a la de un redivivo Galtieri, pero con los matices del siglo XXI, Milei podría pretender demostrar que todos los sacrificios impuestos—la flagrante cesión del valor agregado, la explotación desmedida de los recursos naturales, el martirio de la fauna y la flora autóctonas, la depredación de los bosques milenarios y el saqueo sistemático de los metales preciosos y el mar—no han sido sino el precio de un patriotismo mal entendido. La fábula de Caperucita Roja se vuelve entonces un espejo de la realidad: todos los argentinos, y quizás el mundo entero, somos esa niña ingenua escuchando la voz impostada del lobo, que se disfraza de abuela para devorar la esperanza, aunque el consuelo de saber que el mal es compartido no alivia la estupidez colectiva que parece haberse multiplicado exponencialmente.
Frente a este panorama desolador, el esfuerzo por comprender el devenir de los acontecimientos se vuelve una tarea hercúlea. La confusión es el caldo de cultivo favorito de los tecnobros y los líderes ultraderechistas que, como una plaga, se extienden por el globo: desde Milei y Vox en la península ibérica, pasando por Trump en Norteamérica, hasta Kast en Chile, Noboa en Ecuador, De la Espriella en el cono sur y el propio Netanyahu en Medio Oriente. Todos ellos se nutren de nuestra perplejidad, avanzan sobre nuestras dudas mientras nosotros intentamos descifrar un rompecabezas cuyas piezas parecen encajar a la fuerza.
Esta semana, el fenómeno conocido como «campaña antiargentina» ha revelado su verdadera naturaleza: una trampa cazabobos tendida con maestría, que ha logrado que incluso intelectuales y artistas europeos, que creían conocer el terreno, pisaran en falso. La confusión entre un gobierno y un pueblo es un error de principiante, especialmente en una región como América Latina, que ha brindado al mundo ejemplos inacabables de resistencia contra el colonialismo. Figuras del pensamiento progresista como Varoufakis, el actor Bardem, la cantante Rosalía, el periodista Ramonet o la icónica Patti Smith, se sumaron a la crítica hacia el «país sionista», sin reparar en que una nación nunca se reduce a quienes ocupan los escaños del poder, y mucho menos a aquellos que padecen y combaten a diario decisiones que atentan contra la esencia humana.
Es un craso error equiparar a la ciudadanía con sus gobernantes. Sería tan absurdo como afirmar que en España todos son franquistas cuando gobierna la derecha, o que todos son traidores a la causa obrera cuando el PSOE ocupa La Moncloa. Esa generalización es propia de la ignorancia y la crueldad. Afortunadamente, la reflexión posterior llevó a algunos de estos artistas a rectificar. Patti Smith colocó un emotivo mensaje con la imagen de Messi en sus redes, mientras Bardem se apresuró a aclarar que su crítica nunca había ido dirigida al pueblo argentino. Sin embargo, este mea culpa revela una desconexión profunda, una paradoja de la hiperconectividad que nos vuelve sordos a los latidos del otro. Los españoles, en su afán por la polémica, creyeron que la final del campeonato era nuestra única preocupación. Nos importaba, ciertamente, pero justo en la víspera habíamos sido testigos de un hecho extraordinario: un gesto de amor patrio que trascendía el deporte.
¿Acaso son conscientes en el extranjero del monumental volumen de dolor que soporta este país? Basta un dato escalofriante: el Estado ha dejado de vacunar a los recién nacidos. Los insumos no llegan a las provincias, y cuando alguna recibe ayuda, es a cambio de su sumisión legislativa, votando leyes que consuman la entrega total de la soberanía nacional. Eso no es política, es extorsión y vasallaje. Y si hablamos de genocidio, no hace falta mirar a Gaza para encontrar el horror, aunque desde 2023 la solidaridad argentina se haya volcado hacia Palestina. Aquí el exterminio es sigiloso, gota a gota; el año pasado, veinte mil ancianos fallecieron en comparación con el período anterior, víctimas del abandono estatal que niega medicamentos, tratamientos, alimento y abrigo, jactándose de su propia crueldad.
Es evidente que la estrategia del oficialismo busca equiparar la imagen de la Argentina con la de Israel en el imaginario global. Pero para los argentinos de a pie, la única enseña que flamea en el corazón es la albiceleste, la misma que viste a la Selección de fútbol. Por eso, etiquetar a un pueblo sometido a la adversidad con la misma crueldad que sus opresores es un acto de injusticia mayúscula. Debemos aprender todos esta lección: el enemigo común se alimenta de nuestra división.
En el plano simbólico del deporte, los españoles no eran el adversario a vencer. El odio deportivo, ese que sublima la tristeza, se reservaba para Inglaterra, la nación que tanto admira el Presidente argentino. Y aquí quiero dirigirme a quienes nos han juzgado con dureza desde el exterior: no solo desde España, sino también desde el resto de América Latina. Sepan que para nuestras retinas cansadas, para nuestros pulsos acelerados por la angustia, ver a los jóvenes de la Selección desplegar el estandarte que reivindica la soberanía de Las Malvinas fue un bálsamo para el alma.
La madrugada en que la final se perdió, el nombre de España ni siquiera fue pronunciado en las calles. El centro de Buenos Aires, las plazas de las provincias y hasta la lejana Antártida vibraron con un festejo desmedido. Celebramos el segundo puesto con el grito desafiante de «el que no salta es un inglés», convirtiendo la derrota en una victoria moral. Esa es la esencia de un pueblo que, pese a todo, se niega a claudicar, y que encuentra en los pequeños gestos de rebeldía la fuerza para seguir adelante.
