El homenaje póstumo de Los Fundamentalistas que transformó el dolor en comunión

El homenaje póstumo de Los Fundamentalistas que transformó el dolor en comunión

A veinticuatro horas de la partida física de Carlos Alberto “Indio” Solari, su banda decidió no claudicar ante el vacío. En Comodoro Rivadavia, la música se erigió como rito reparador, demostrando que la trascendencia del prócer riocotero sigue viva cuando el arte desafía a la despedida.

Así como las equimosis no manifiestan su intensidad hasta pasado un día del impacto, el pasado sábado emergieron las huellas profundas de la desaparición física de Carlos Alberto “Indio” Solari. No resulta factible asimilarlo en la lectura, tampoco en la escucha, mucho menos en la credulidad y, por sobre todas las cosas, en la aceptación. Sin embargo, su despedida, a pesar de la aflicción y el hueco que representa, evocó en una era huérfana de referentes y gestas memorables en qué consiste la perpetuidad. O mejor dicho, la facultad de atravesar los tiempos, porque él había degustado la esencia de lo eterno. Precisamente por esa razón resultó tan loable y audaz que Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, ese reducido grupo de “militantes” que tuvieron el honor de constituir su respaldo y mantener su legado durante veinte años, se pertrecharan de coraje para continuar con el concierto que tenían programado para la jornada posterior a la fatal noticia en la ciudad de Comodoro Rivadavia.

Poco después de que Skay Beilinson utilizara sus plataformas digitales para expresar su adiós al “colega entrañable” y comunicar la suspensión del espectáculo que había planeado para la noche del sábado en Rosario, la agrupación comandada por Gaspar Benegas apeló al mismo medio para anunciar que mantenía en pie su presentación. “Nos encontramos en estado de conmoción, al igual que todos ustedes”, comenzaba el texto difundido. “No tenemos claridad sobre cuál es el camino adecuado. El impacto brutal nos sacude el organismo, pero, aunque derrumbados, el sentir nos empuja a reunirnos”. Además de informar que transmitirían el evento en vivo por internet, “pese a que no figuraba en la planificación original”, el conjunto adelantó: “No resultará sencillo, tampoco será la función que habíamos concebido, pero congregarnos y permanecer cercanos nos parece lo único que puede brindar algún consuelo”. Y así fue exactamente como transcurrieron los hechos en el Predio Ferial de la localidad chubutense.

Esta velada musical quedará grabada en los anales por múltiples razones. La más relevante es que se trató del primer concierto con el caudillo observando desde las alturas. Porque deleitarse con sus composiciones en su ausencia, sabiendo que aún se aferraba a este mundo, se había convertido en un modo de validar su presencia. La última vez que se había registrado una situación semejante fue cuando la Universidad de Buenos Aires le concedió el pasado 15 de mayo el título de doctor honoris causa, episodio que terminó por constituirse en la última exposición pública del vocalista y autor. En aquella oportunidad, Gaspar Benegas, voz y guitarra de Los Fundamentalistas, organizó un repertorio, acompañado por una agrupación de cuerdas, en el que reinterpretó himnos de Los Redondos y temas de su etapa individual, improvisando una ceremonia ricotera en el aula magna de la Facultad de Medicina. Quedó así confirmada una frase que resonó con fuerza el viernes en Plaza de Mayo: “El Indio logró que bailaran los pensadores y que leyeran los malhechores”.

Más allá del componente trágico que envolvió la jornada, esta actuación formaba parte de la gira denominada 20 años, cuyo antecedente inmediato había tenido lugar en el Anfiteatro José Hernández, en Jesús María. Si en aquella ocasión abrieron con “El que la saca la llena”, esta vez iniciaron con “Pedía siempre temas en radio”, teniendo al tecladista Pablo Sbaraglia como vocalista principal. Antes de que el tema perteneciente al álbum Porco rex (2007) diera comienzo al repertorio, el público calentó el ambiente agitando insignias y entonando “Vamo’ lo Redo’”. Hasta que, a las 21.30, los instrumentistas aparecieron sobre el escenario, tomados de los brazos y firmemente plantados frente a las tablas. Por más que ya se intuyera que podía suceder, y aunque se mordieran los labios hasta lastimarse, algunos de ellos no lograron contener las lágrimas. Especialmente la vocalista Déborah Dixon y el guitarrista Baltasar Comotto.

Este último asumió el rol principal en “Todos a los botes”, canción que cerró un segmento inicial que incluyó dos himnos ricoteros: “Un ángel para tu soledad”, con Benegas al frente de la voz, y “Yo, caníbal”, que nuevamente contó con Sbaraglia como cantante. A partir de ese instante, la banda comenzó a rotar el micrófono, bajando la intensidad con “Tomasito, ¿podés oírme?”. Eso sí, intentar atenuar una celebración de esta naturaleza es tan inútil como pedirle a Jesucristo que se desprenda del madero. Y es que espectadores y músicos en ese momento se habían fundido de tal manera que consiguieron que el Indio se sintiera más presente que nunca. El punto culminante llegó con “Todo preso es político”, desencadenando el delirio de las siete mil almas que asistieron (sumadas a quienes escuchaban desde el exterior del recinto), allanado por otra joya de Los Redondos: “Divina TV. Führer”.

Después de que sonaran “Nike es la cultura” y “Adieu! Bye Bye! Aufwiedersehen!”, la corista Luciana Palacios interpretó “¿Por qué Dios no me quiere?”, secundada por Dixon, que hizo lo propio con “El infierno está encantador esta noche”. Dejaron el camino preparado para el bajista Fernando Nalé, quien protagonizó uno de los fragmentos memorables del espectáculo al enfrentar la aria ricotera: “Preso en mi ciudad”. Superada la primera de las dos horas, el grupo se tomó un breve receso, para que luego Palacios ejecutara “Ya nadie va a escuchar tu remera” y Dixon arremetiera con su versión de “Blues de la libertad”. Justo antes de que el saxofonista Sergio Colombo desenfundara “Etiqueta negra”, ella sintetizó el sentimiento de toda una nación al exclamar: “Indio, te amaremos por siempre”.

Al cierre de esta edición se producía el impacto emocional más intenso, el cual sumió en un océano de llanto a los ejecutantes, a los concurrentes en la sala patagónica y a más de doscientas treinta mil personas que lo seguían a través de YouTube: la proyección del Indio en la pantalla gigante para “Encuentro con un ángel amateur” derrumbó toda contención. Fue entonces cuando el mito, la música y la multitud se fundieron en una sola certeza: la trascendencia no necesita de cuerpos, sino de almas dispuestas a mantenerla viva.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *