Multitud desbordó Villa Dominico, en una despedida histórica al Indio Solari: “Es como perder a un amigo”

Multitud desbordó Villa Dominico, en una despedida histórica al Indio Solari: “Es como perder a un amigo”

Miles de seguidores coparon la estación y las calles aledañas al Polideportivo Gatica para rendir homenaje al ídolo del rock nacional. Entre fervor popular, banderas, llantos y un silencio abrasador antes del adiós, la jornada se convirtió en una manifestación de amor sin precedentes.

El cronómetro señala aproximadamente las 10:47 de la mañana y una pareja bebe un moscato directamente de la botella mientras acelera su paso para abordar la siguiente formación ferroviaria. Ese mismo reloj registra horas densas para la República Argentina, pero como ocurre en cada despedida, cada cual las sobrelleva como mejor puede: no existe un instructivo para domar las angustias del espíritu. Lentamente, ese punto geográfico, la Plaza Constitución, se va llenando de ricoteros que ansían decir adiós al Indio Solari, su máxima referencia artística.

“Disculpe, oficial, ¿cuál es el tren que se dirige a Villa Domínico?”, interroga un joven junto al molinete. “Bosques”. Y así, las huestes del rock parten hacia el Polideportivo Gatica, en Domínico, en la antesala de lo que conocemos como domingo, pero que más tarde se revelará como un capítulo imborrable. Dentro del vagón, algunos mastican unas chipas que bajarán con agua y otros sorben un envase de vino. Perderse este instante sería imperdonable. “Ojalá que no haya un barrial, porque muchos de los que llegamos temprano ya estamos para el PAMI”, desea Lorena, una mujer de cuarenta y tantos años que transita visiblemente afectada y furiosa.

En la estación de Sarandí, la locomotora se detiene y el guarda invita a los fanáticos a descender. Claro, la estación principal del velatorio del Indio, Villa Domínico, está cerrada. O saturada. Pero no existe. Tampoco importa. “Vamos Redondos con huevo vaya al frente”, entona el grupo que espera para retirarse y encarar hacia la Avenida Mitre. Durante un buen rato, esa será su divisa, su lema.

“Uh”, se escucha. “Uhhh”. “¡¡¡Uhhh!!!”. Se trata de exclamaciones espontáneas que provoca la magnitud de la cola. No se alcanza a ver dónde comienza ni dónde termina. Es una fila y punto. Es —parafraseando literalmente al Indio— un océano de seres humanos. “Aguante el Globo”, le dice un ebrio a unos simpatizantes de Boca. No se sabe si por hermandad o equivocación, pero hoy —aquí— no fue una provocación. Los códigos de las misas ricoteras son, más que nunca, de amor y paz.

Esquivando el humo de las parrillas improvisadas sobre la Avenida Mitre, el supermercado Coto de Sarandí se transforma en un héroe anónimo: durante la extensa jornada, será una parada para estirar las piernas, adquirir víveres y usar los sanitarios. Una señora que había andado perdida en la Nube de Valencia sale con expresión desencajada y varias bolsas repletas de naranjas y salchichas. La imagen resulta dantesca y alucinante. Cuando ingresó apaciblemente para su recorrido dominical, jamás imaginó toparse con esta avalancha. Pero ahora el monstruo popular está ahí, presente.

Flamean enseñas argentinas y el coro de vendedores ambulantes y oportunistas ofrece Fernet, cerveza, gaseosa, choripanes, hamburguesas, bondiolas y hasta… ¡chorizo a la pomarola! Al instante, la letra de “Tarea Fina” conmueve a varios y la energía cambia cuando un hombre en bicicleta exhibe un altavoz con las estrofas de la marcha peronista, que remarca con un altivo “¡Viva el Indio! ¡Viva Perón!” La fila hacia el polideportivo responde con numerosos dedos en “V” y otros tantos con un “¡Viva!”. To beef or not to beef.

Por allí, ondea la bandera imperial de Japón con el rostro del Indio en el centro reemplazando al sol naciente y, dispersos en las calles, un tendal de micros escolares y turísticos de todos los puntos del país (San Pedro, General Rodríguez, Olavarría, Villa Tesei). Evidentemente, son miles de personas y un solo deseo: más allá de la distancia y la incertidumbre, todos quieren entregarle su último adiós a Carlos Alberto “Indio” Solari. “¿Será esta la mitad de la fila? Para mí nos falta como un 70 por ciento”, calcula David, un treintañero vestido con saco y zapatos. Sobrevuelando los vasos y los besos, la tarde transcurre extraña entre los chistes de los que aún no decaen y el llanto de los que ya están en el suelo. El dolor existe porque existe el amor.

Y si el tiempo saca boleto hacia el fondo de la nada, lo que corresponde es seguir aguardando. La cola avanza lentamente y se atisba algún horizonte posible. “Me dijeron que pasaban de a dos. Dejé el auto por acá y ahora quiero parar a descansar”, asegura Nico, que llegó a las 7 de la mañana desde Lanús. Cualquier información es valorada entre los presentes. ¿Se ingresa de a dos? Se entrará de a dos. Así las cosas, la esquina de Doctor Casazza y Avenida Mitre acumula algunos bocinazos y, de fondo, el mural de Carlos Chávez, la voz de Karicia, parece bendecir cada gesto popular.

Hay muchas banderas. Y mucho comercio también. Se ofrecen remeras a 20 mil pesos, modelos alusivos a Cristina y Néstor Kirchner, al Indio, a sus frases, a Los Redondos. La Parroquia Nuestra Señora de Loreto bendice a los fieles. Un pillo ofrece el álbum del Mundial y el artista Claudio Pampillón, conocido como El Tiza Man, recibe felicitaciones de algunos transeúntes. Su obra, un Indio configurado en el arte efímero de la tiza, provoca comentarios. Y, receptivo, El Tiza Man entona algunas emociones acerca de esta jornada: “Dejó un vacío enorme en todos nosotros. Esta es una despedida popular, como él se merece. Es un día de muchas emociones. Si bien venía mal, llegó el día que menos queríamos”.

Más allá, unos jóvenes del Club Solanet, de Merlo, hacen pogo con “La Parebellum del Buen Psicópata” y, desde el cielo, un helicóptero policial provoca algún insulto de la muchachada. “Esto es tristísimo. Yo me dedico a trabajar. Esa es mi vida. Pero hoy tenía que estar”, lanza Matías, un cincuentón de Llavallol. El ADN de esta multitud es inherentemente popular pero también policlasista. “¿Cómo se llama? La voy a buscar”, promete un sorprendido joven de la Cruz Roja cuando le cuentan sobre la existencia de la canción “Fusilados por la Cruz Roja”. Pasan las horas. La paciencia y la resistencia alcohólica hoy tienen permiso para todo. Hay que hacer lo que hay que hacer.

Cerca de las vallas, tan próximas y tan lejanas, Rolo, un sub-40 que llegó junto a su familia, sueña con ingresar. “Vengo de Boedo. Quise ser parte de este momento histórico. Todo esto me duele como la pérdida de un amigo”, confiesa el hombre, con su hija colgada de la nuca. Se ven pantallas y una mujer regala ramas de jacarandá para dejar como ofrenda al héroe. La madre de un niño en silla de ruedas gana terreno y exhibe un cartel improvisado en papel de carpeta que reza: “Milei, si te hubieran abrazado hoy estarías acá”. La marea humana hace espacio. La mamá pasa.

Y se alcanza el último vallado. La despedida está más cercana. Las pantallas muestran un enjambre de personas que arrojan flores y banderas. A pasos de la puerta, el bullicio frena en seco y surge prácticamente de la nada una tensa calma que va a contramano de tanto ruido, de tanto sufrimientoEl silencio se vuelve abrasador, como de película. Una mujer se anima y da el primer paso hacia el polideportivo para, un segundo después, quebrarse en llanto. Como puede, el pequeño grupo que atravesó el infierno divisa un halo de luz. Es él, es el Indio, el que bailaba en llamas. El que era el fuego. Y está ahí. Hoy, en este preciso instante de la historia, hasta el más rudo anda recogiendo sus fragmentos. “¿Está bien, compañero?”, pregunta un muchacho de la organización. “No”.

Cae la noche y siguen arribando multitudes. Al pogo se sumará, entonces, la despedida más multitudinaria del mundo.

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