Colombia, en vilo ante un incierto desenlace electoral que refleja una fractura social insalvable

Colombia, en vilo ante un incierto desenlace electoral que refleja una fractura social insalvable

El ajustadísimo balotaje entre el outsider ultraderechista Abelardo de la Espriella y el progresista Iván Cepeda sumerge al país en una tensa espera, mientras el escrutinio oficial dirimirá un triunfo que dejó a la nación partida en dos mitades antagónicas, con el fantasma de la impugnación y la polarización como telón de fondo.

La noche del domingo, Colombia se asomó al filo de una navaja democrática. El preconteo de la segunda vuelta presidencial, un ejercicio de altísima tensión que puso de manifiesto la profunda escisión que atraviesa el tejido social de la nación, otorgaba una ventaja mínima, casi quirúrgica, al candidato de la ultraderecha, Abelardo de la Espriella, quien alcanzaba el 49,6 por ciento de los sufragios. Su inmediato perseguidor, el abanderado de la izquierda y delfín del mandatario saliente, Iván Cepeda, se quedaba con un 48,7 por ciento, una diferencia de apenas 250 mil votos que, en un padrón de más de 41 millones de ciudadanos convocados, resultaba un abismo y una nimiedad a la vez. Ante esta fotografía provisional, el presidente Gustavo Petro y el propio Cepeda alzaron la voz para demandar paciencia y clamar por la espera del escrutinio oficial, el único con carácter vinculante, en un intento por contener la efervescencia de unas bases que ya olían a triunfo o a derrota.

Esa mínima diferencia no hacía sino reflejar la exacta división de un país que acudió a las urnas para resolver una encrucijada histórica, pero que salió de ellas tan fragmentado como entró. La balanza de la preferencia popular se inclinaba, en ese instante preliminar, hacia la figura del excéntrico letrado De la Espriella, un advenedizo de la política que prometió desmontar pieza por pieza el legado progresista de los últimos cuatro años. Su receta, tan sencilla en el discurso como compleja en su ejecución, se sustentaba en una férrea doctrina de orden público y una motosierra fiscal que prometía cercenar el gasto público, emulando sin pudor el estilo del mandatario argentino Javier Milei. Desde su bastión en Barranquilla, el aspirante que se autodenomina “El Tigre” no esperó a que las cifras se enfriaran para lanzar su primer mensaje, que como una llama se propagó por las redes sociales, arengando a sus huestes con un grito de guerra: “Casi 13 millones de colombianos depositaron su confianza en José Manuel Restrepo, en el Tigre y en este gran sueño llamado Patria Milagro”. Acto seguido, los convocó a una caravana que pretendería ser la antesala de un nuevo ciclo.

Sin embargo, la noche aún estaba lejos de cerrarse. Fue Iván Cepeda, el filósofo y congresista de larga trayectoria, quien tomó la palabra ante sus seguidores para plantar bandera en el terreno de la cautela y la desconfianza. Con la serenidad que le caracteriza, el aspirante de izquierda recordó que el preconteo no es más que un dato preliminar, una mera aproximación sin validez oficial. Pero su declaración más relevante, la que encendió todas las alarmas, fue el anuncio de que su grupo de testigos ya se encuentra impugnando nada menos que 33 mil mesas electorales. Cada una de ellas, enfatizó, deberá ser sometida a un escrutinio minucioso. La sombra de 2022 se cernía sobre el ambiente, pues en aquella ocasión el Pacto Histórico logró recuperar 528 mil votos en las legislativas tras un proceso de revisión similar, un antecedente que la campaña de De la Espriella observaba con recelo y que la de Cepeda esgrimía como un arma legítima.

El senador y defensor de derechos humanos no se limitó a hablar de procedimientos técnicos; su discurso adquirió un tono casi existencial al describir el estado de la nación. Cepeda subrayó que el país se encuentra escindido en dos mitades electorales idénticas, y que, por tanto, su movimiento político no está dispuesto a tolerar ningún retroceso en las conquistas sociales que tanto costaron alcanzar. “No permitiremos que se violente la democracia”, sentenció con firmeza, recordando que su fuerza es una resistencia curtida, capaz de sobrevivir en las condiciones más adversas. En sus palabras hubo una promesa de batalla y una advertencia clara: no cederán en la defensa del salario vital, del bono pensional ni de la educación pública, pilares de un modelo que la propuesta ultra amenaza con demoler.

Más allá de las fronteras, la elección colombiana era observada con lupa, especialmente desde Washington. En el fondo de esta disputa se jugaba la sintonía futura con la administración de Donald Trump, quien ya había manifestado su respaldo explícito al candidato de Defensores de la Patria. Por ello, el secretario de Estado, Marco Rubio, no demoró en comunicarse con De la Espriella para extenderle sus felicitaciones y anunciar la voluntad de la Casa Blanca de cooperar estrechamente en asuntos de seguridad regional. Pero el eco internacional no se detuvo en Estados Unidos. Desde el sur del continente, el presidente argentino Javier Milei se apresuró a saludar lo que consideró un triunfo del ideario liberal, posteando en su cuenta de la red social X un mensaje eufórico: “¡El león y el tigre rugen en Latinoamérica!”, celebrando la opción por la libertad económica, la prosperidad y la seguridad implacable frente al crimen organizado y el narcotráfico.

La jornada electoral, que se desarrolló sin mayores incidentes, dejó un dato que los analistas no tardaron en destacar: en un sistema donde el voto no es obligatorio, la participación se disparó hasta alcanzar un récord histórico, moviéndose entre el 57 y el 63 por ciento, rompiendo con la tradición abstencionista que solía lastrar los comicios. Esta movilización sin precedentes fue el corolario de una campaña áspera y virulenta, donde los matices se desvanecieron para dar paso a una polarización extrema. El centro político quedó absorbido y el uribismo, otrora hegemónico, se diluyó en la propuesta del outsider de 47 años, un abogado de perfil controvertido, conocido por haber defendido a exparamilitares y a clientes vinculados con estafas, un bagaje que sus opositores no dejaron de señalar.

La politóloga Laura Bonilla, consultada por este diario, trazó un panorama sombrío para el próximo inquilino de la Casa de Nariño, quienquiera que sea. “El nuevo mandatario va a recibir un país muy partido”, advirtió. Y en caso de que el ganador sea De la Espriella, Bonilla pronosticó un escenario de gobernabilidad social extremadamente complicado, donde las tensiones escalarán hasta límites insospechados, pues el mandatario electo no contaría con un respaldo mayoritario claro y su programa radical chocaría de frente con las expectativas de la mitad de la población.

El mapa de votos es elocuente: las periferias y los centros urbanos populares, donde las reformas del gobierno saliente tuvieron un impacto más palpable, se inclinaron por la continuidad. En contraste, las zonas agrarias, asoladas por la violencia endémica, y los bastiones conservadores del interior del país, empujaron con fuerza el regreso de la ultraderecha. Esta fractura geográfica y de clases encontró su máxima expresión en el discurso encendido de De la Espriella, que prometió “destripar” a la izquierda y que capitalizó el descontento de las clases medias y altas, aglutinando todo el voto útil anti-Petro. El candidato ultra, que votó vistiendo la camiseta de la selección nacional—un gesto que su rival denunció como una indebida apropiación de un símbolo patrio—, funda su propuesta en una doctrina de mano dura que bebe directamente del modelo de Nayib Bukele en El Salvador, un referente cuestionado por múltiples organizaciones internacionales debido a sus violaciones sistemáticas a los derechos humanos. De la Espriella no solo culpa a Petro de la violencia que azota al país, llegando a tildarlo de “jefe de la mafia”, sino que amenaza con llevarlo ante la justicia de Estados Unidos.

En el extremo opuesto del espectro, Gustavo Petro se apresta a dejar el poder con una aprobación que ronda el 40 por ciento, una cifra nada desdeñable pero que no logra apagar el intenso furor que despierta. El exguerrillero trazó durante su mandato una línea discursiva inflexible, oponiendo su “política de la vida” a la “política de la muerte” que atribuye a la oposición, una narrativa que sembró tanto amor como odio. Su delfín, Iván Cepeda, de 63 años, un legislador de extenso recorrido y formación filosófica, se convirtió en el receptor natural de los votos de los sectores populares que vieron mejorar sus condiciones de vida gracias a la reducción de la pobreza y al incremento del salario mínimo en una de las sociedades más desiguales del continente. Al votar en la mañana en un colegio de su natal Kennedy, Cepeda se mostró con su habitual entereza, afirmando que el porvenir del país reside en la voluntad de su pueblo. El hijo del político comunista asesinado por agentes estatales y paramilitares se erige así como la principal garantía de profundizar el modelo productivo y mantener las reformas laboral y previsional impulsadas por el gobierno saliente.

La crónica de esta votación es, en esencia, el retrato fidedigno de una nación que busca desesperadamente su identidad en medio del antagonismo y la desconfianza. El nuevo presidente, que asumirá en agosto, tendrá la titánica responsabilidad de gobernar para una ciudadanía donde la mitad mirará su gestión con recelo y la otra mitad con la expectativa de un cambio radical. El resultado definitivo, aún sepultado bajo el polvo de las impugnaciones y el conteo lento de actas, no hará sino confirmar que Colombia ha votado, pero sigue profundamente dividida, a la espera de que la institucionalidad logre sobreponerse a las pasiones y dictamine quién conducirá el rumbo en esta encrucijada histórica.

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