Un relevamiento del Observatorio de Psicología Social de la Universidad de Buenos Aires revela cifras alarmantes sobre la salud mental de la población. La investigación señala al menos un 6,5% de riesgo de trastorno mental, con los jóvenes y los sectores de menores ingresos como los más afectados, en un contexto donde el acceso a la terapia se ve limitado por barreras económicas y el uso intensivo de redes sociales e inteligencia artificial se asocia a mayores niveles de ansiedad.
La salud psicológica de los argentinos presenta indicadores que encienden todas las alarmas en el ámbito académico y sanitario. Un minucioso informe elaborado por el Observatorio de Psicología Social de la Universidad de Buenos Aires (UBA), con datos recolectados durante los últimos meses del año pasado, pinta un panorama complejo en el que el desvelo, la incertidumbre económica y la exposición a las nuevas tecnologías configuran un escenario de vulnerabilidad emocional sin precedentes en ciertos sectores. El trabajo, que viene realizándose de manera sistemática desde 2018, expone no solo la prevalencia de síntomas depresivos y ansiosos, sino también la creciente dificultad de la población para encontrar vías de contención efectivas.
Uno de los datos más contundentes del relevamiento indica que el 58,69% de los encuestados manifiesta padecer alteraciones en el descanso nocturno, mientras que apenas un exiguo 22,29% confirma no tener inconvenientes para conciliar el sueño. Los especialistas subrayan que este deterioro en la calidad del reposo afecta uno de los cimientos elementales del bienestar físico y mental, equiparable a la alimentación o la actividad corporal. La evolución de este parámetro resulta particularmente elocuente: el porcentaje de quienes reportan dormir pocas horas se ha disparado desde el 10,53% registrado en marzo de 2020 hasta el 38,20% actual, una escalada que los investigadores atribuyen a la estela prolongada de la pandemia y sus secuelas socioeconómicas.
En paralelo, el estudio detecta que el 52,40% de la población considera estar inmersa en una crisis personal o vital. Cuando se indaga en las causas de ese malestar profundo, los motivos económicos emergen como el principal detonante, citados por el 55,91% de los consultados, que aluden a ingresos insuficientes o deudas apremiantes. A esta razón le siguen los conflictos familiares (36,37%), las crisis de pareja, los duelos no resueltos y las tensiones vocacionales o identitarias. Cristian Garay, doctor en Psicología, subsecretario de investigación de la Facultad de Psicología de la UBA y uno de los autores del informe, explicó a este medio que la incertidumbre vinculada al desempleo o la falta de previsibilidad financiera suele aparecer como la primera o segunda causa de angustia en todos los sondeos realizados, lo que evidencia el estrecho vínculo entre el contexto social y el padecimiento subjetivo.
El riesgo de desarrollar un trastorno mental afecta al 6,5% de la población general, una cifra que, aunque inferior a los picos registrados durante el año 2020, se mantiene en niveles preocupantes. Garay detalló que durante el estallido de la crisis sanitaria mundial, ese indicador se elevó en un 300% en comparación con 2019, y que el descenso posterior ha sido paulatino y lento, hasta estabilizarse en los valores actuales. No obstante, la foto fija del presente revela una brecha significativa cuando se cruzan las variables etarias y socioeconómicas. La juventud es, sin duda, el segmento más castigado: los adultos de entre 18 y 29 años exhiben niveles de ansiedad y síntomas depresivos notablemente superiores a los de los mayores de 60, quienes presentan los índices más bajos de malestar.
Esta disparidad se acentúa al considerar el nivel de ingresos percibido. Quienes se autoperciben en estratos de menores recursos obtienen puntajes considerablemente más altos en escalas de ansiedad y depresión en comparación con los sectores medios y altos. Entre estos dos últimos grupos, curiosamente, no se observaron diferencias estadísticamente relevantes, lo que sugiere que el umbral de la vulnerabilidad económica marca un punto de inflexión crítico en la salud mental. La investigación concluye, en este sentido, que a menor edad y menor poder adquisitivo, la prevalencia de padecimientos psíquicos se incrementa de manera alarmante, consolidando una tendencia que los académicos ya visualizan como una constante en los últimos años.
Otro de los ejes centrales del trabajo aborda el impacto de la revolución digital en el bienestar emocional. El 97,19% de los participantes afirmó utilizar redes sociales, mientras que el 58,98% reconoció emplear herramientas de inteligencia artificial (IA). Lejos de resultar neutras, estas prácticas se correlacionan con niveles más elevados de ansiedad y malestar global. En un hallazgo que merece especial atención, los investigadores detectaron que la preferencia por interactuar con una IA antes que con un profesional humano se asocia a indicadores consistentemente más altos de sufrimiento psicológico, incluyendo el riesgo suicida. No obstante, los autores del informe advierten que estos vínculos son de tipo transversal y no permiten establecer causalidades directas, aunque sugieren que el problema podría residir menos en el uso de la tecnología en sí mismo y más en la modalidad de utilización, las motivaciones subyacentes y las condiciones contextuales de cada usuario.
En la misma línea, la psicoanalista y escritora Lila Feldman, consultada sobre las conclusiones del estudio, fue contundente al afirmar que la inteligencia artificial no brinda la ayuda pertinente en materia de salud mental, sino que más bien tiende a profundizar el aislamiento y la soledad. A su juicio, el recurso a estas herramientas confina a las personas al circuito de la «solución individual» y a respuestas deshumanizadas, cuando la experiencia clínica y el acervo teórico indican que las salidas genuinas al malestar son colectivas y se encuentran en espacios terapéuticos basados en el encuentro entre humanos. Feldman subrayó que la importancia del lazo social no es un cliché ni un eslogan, sino una condición ineludible para cualquier política de salud mental que se precie de tal.
El acceso a la atención profesional se revela como otro de los grandes desafíos pendientes. Actualmente, solo el 29,15% de los encuestados se encuentra bajo tratamiento psicológico. Entre quienes no reciben terapia, la mitad (50,05%) manifiesta necesitar asistencia pero no poder costearla. Las dificultades económicas son la principal barrera, mencionada por el 43,44% de los casos, seguidas por la falta de horarios compatibles, la ausencia de cobertura por obras sociales o prepagas, y la escasez de servicios gratuitos. Este panorama se agrava, según denunció el especialista Adelqui Del Do, por el retiro del Estado nacional en materia de salud mental, que sobrecarga a las provincias y municipios en un momento de demanda creciente. Del Do alertó además sobre las intenciones regresivas de una nueva ley de salud mental que, a su criterio, implicaría un ajuste en lugar de una ampliación de derechos.
Frente al malestar, las estrategias de afrontamiento de la población son variadas: el 40,87% recurre al diálogo con amigos o familiares, el 28,80% acude a un psicólogo, el 21,28% realiza actividad física, el 18,67% toma medicación, el 16,79% practica rezos y un 6,02% admite consumir alcohol u otras drogas como vía de escape. Los especialistas enfatizan la necesidad de impulsar políticas públicas que fomenten hábitos saludables, especialmente la práctica deportiva, que ha demostrado un rol protector frente a la depresión, al tiempo que recomiendan desalentar conductas problemáticas y ampliar el acceso a tratamientos psicológicos y psiquiátricos. El estudio de la UBA, en definitiva, no solo mide la dimensión del sufrimiento, sino que interpela a la sociedad y al Estado a construir respuestas integrales que aborden las raíces sociales, económicas y tecnológicas de una crisis que, lejos de ser individual, se ha vuelto estructural.
