Un reciente estudio del ISEPCI revela que la moderación de los índices de precios durante los últimos meses no ha logrado frenar el avance de la privación nutricional en los sectores populares. Mientras el costo de los alimentos muestra un respiro relativo, el agobiante endeudamiento y la erosión del poder adquisitivo profundizan la crisis social, obligando a siete de cada diez hogares a resignar productos esenciales y a modificar drásticamente sus hábitos de consumo diario.
La aparente calma que reflejan las cifras oficiales de inflación en los albores del invierno parece no tener correlato con la hiriente realidad que se vive al interior de los hogares del Conurbano y el interior provincial. La moderación en los incrementos de los precios durante abril y mayo, lejos de traducirse en un alivio palpable para el bolsillo de las familias, ha quedado eclipsada por una crisis nutricional que avanza implacablemente, configurando un escenario de vulnerabilidad extrema donde el acto de comer se ha transformado en un ejercicio de cálculo y resignación. La fotografía social que emerge del último relevamiento del Instituto de Investigación Social, Económica y Política Ciudadana (ISEPCI) es desoladora: ocho de cada diez unidades domésticas han debido suprimir de su dieta habitual aquellos alimentos considerados irrenunciables para el desarrollo vital, evidenciando que la desaceleración de los números no alcanza a mitigar el hambre que se cierne sobre los sectores más desfavorecidos.
El documento elaborado por los especialistas del ISEPCI pone de manifiesto una paradoja que se ha vuelto moneda corriente en la crisis argentina: mientras el Índice Barrial de Precios correspondiente al mes de mayo exhibió una desaceleración en la suba de los comestibles en comparación con los picos registrados a principios de año, el deterioro acumulado en el poder de compra de las familias resulta tan monumental que cualquier tregua en los incrementos resulta insuficiente. La estabilidad de los valores, en este contexto, se asemeja más a una ilusión óptica que a una verdadera recuperación, ya que los ingresos continúan corriendo desesperadamente detrás de un costo de vida que, si bien no acelera, mantiene un nivel prohibitivo. La institución detalló que, para sortear el mes, una familia tipo necesitó disponer de más de 630 mil pesos únicamente para cubrir la Canasta Básica de Alimentos (CBA), mientras que el monto requerido para afrontar la Canasta Básica Total (CBT) se disparó a la abismal cifra de 1.418.443 pesos, una barrera económica infranqueable para la enorme mayoría de los trabajadores y jubilados de la provincia.
El dato más alarmante del estudio, sin embargo, no reside en los guarismos macroeconómicos, sino en la profundidad del sufrimiento cotidiano que padecen las familias. El sondeo, efectuado entre los últimos días de mayo y los primeros de junio, arrojó que el 77% de los encuestados admitió haber prescindido del consumo de lácteos, carnes, verduras de hoja, frutas frescas, cereales y legumbres a causa de la escasez de dinero líquido. Esta privación no es un fenómeno aislado ni marginal, sino que se ha institucionalizado como una estrategia de supervivencia en barrios populares y asentamientos, donde el 86% de los hogares confiesa padecer un estado de estrés financiero crónico para lograr llegar con lo justo al final del mes. La radiografía social evidencia, además, que el flagelo de la alimentación insuficiente ha traspasado las fronteras de la marginalidad laboral, alcanzando de lleno a trabajadores registrados en relación de dependencia, a adultos mayores que perciben haberes jubilatorios y a núcleos familiares que, pese a mantener alguna fuente de ingresos formal, ven cómo sus salarios se licuan irremediablemente ante las exigencias de un mercado cada vez más hostil.
En el marco de esta crisis, los mecanismos de ajuste doméstico se han vuelto extremos y reveladores de la gravedad del contexto. Los relevamientos paralelos al estudio indican que una abrumadora mayoría de los consultados ha debido reducir la cantidad de ingestas diarias, eliminando al menos una de las comidas principales por razones estrictamente presupuestarias, mientras que otros han optado por sustituir los nutrientes esenciales por alternativas de menor costo y calidad nutricional paupérrima. Esta modificación en los patrones de alimentación no solo implica un sufrimiento inmediato, sino que sienta las bases para un deterioro de la salud pública a largo plazo, con el fantasma de la desnutrición y las enfermedades carenciales acechando a las nuevas generaciones. Los datos del ISEPCI reflejan que un 66% de los hogares se ha visto forzado a implementar esta cruel estrategia de supervivencia, resignando la variedad y el equilibrio alimenticio en aras de llegar a fin de mes, una decisión que ningún padre o madre debería tener que tomar, pero que se ha vuelto una práctica habitual en el conurbano bonaerense.
Analizando los rubros específicos que más han impactado en los presupuestos familiares durante lo que va de 2026, el informe del ISEPCI señala que ciertos productos básicos han experimentado alzas muy por encima del promedio general, perforando con dureza el ya exiguo poder adquisitivo de los consumidores. En el rubro almacén, bienes de primera necesidad como la leche han sufrido un incremento del 25%, el azúcar y el pan común subieron un 16,67% y un 15,38% respectivamente, mientras que las legumbres como las lentejas aumentaron en igual proporción que el pan, todo ello superando ampliamente el promedio del rubro que se ubicó en un 13,56%. Similar comportamiento se observa en las góndolas de verdulería, donde los ingredientes infaltables en la olla popular, como la cebolla, la acelga y la papa, han registrado alzas de hasta el 40%, 30% y 30% en orden respectivo, seguidas de cerca por las manzanas que lo hicieron en un 16,67%, empujando el promedio general de este sector a un preocupante 15,3 por ciento.
Quizás uno de los capítulos más dolorosos de esta escalada sea el de las carnes, cuyo incremento promedio desde diciembre de 2025 alcanza el 22%, pero donde los cortes económicos, que son el sustento proteico de las familias humildes, sufrieron subas aún más agresivas: el espinazo se encareció un 32,7%, la paleta un 29,9%, y tanto el hígado como la carnaza registraron un alza del 25%. Este fenómeno de inflación diferencial, que castiga con mayor saña a los productos de menor precio, tiene una consecuencia lógica pero devastadora: la imposibilidad material de las familias para adquirir estos bienes en las cantidades mínimas requeridas para una nutrición aceptable. La pérdida incesante del poder adquisitivo frente a las necesidades básicas se traduce en un empobrecimiento cualitativo de la dieta que arrastra consecuencias negativas no solo en el presente inmediato, sino que hipoteca el desarrollo futuro de toda una franja de la sociedad bonaerense.
En el corazón de esta espiral descendente se encuentra un factor estructural que el estudio pone en el centro del debate: la relación simbiótica y perversa entre el crecimiento del endeudamiento doméstico y el colapso del consumo alimentario. Frente a la insuficiencia de los ingresos, una masa creciente de ciudadanos ha recurrido a préstamos personales, al uso compulsivo de tarjetas de crédito, al fiado en comercios de barrio o a financiamientos informales de alto costo, con el objetivo de cubrir gastos corrientes que antes se solventaban con el sueldo. Sin embargo, esta solución aparente se convierte en una trampa mortal, ya que una parte cada vez mayor del magro salario mensual debe ser destinada al pago de cuotas e intereses, dejando un remanente aún más reducido para la adquisición de alimentos. El círculo se cierra y la decisión ya no pasa por elegir entre una marca u otra, o entre un corte de carne más caro o más barato; la disyuntiva actual es mucho más brutal y se plantea en términos de qué alimento del plato se sacrifica para poder seguir pagando la deuda que permite tener un plato, una paradoja que expone toda la crudeza de la crisis socioeconómica.
El informe del ISEPCI concluye, de este modo, desnudando una de las contradicciones fundamentales del momento económico que atraviesa el país. Mientras los discursos oficiales y los titulares de prensa se llenan de optimismo al señalar la desaceleración inflacionaria y la estabilización de los precios respecto de los picos hiperinflacionarios de antaño, la evidencia recolectada en terreno demuestra que la mera moderación de los índices es una condición necesaria pero absolutamente insuficiente para recomponer el entramado social. La estabilidad, por sí sola, no llena la heladera ni devuelve la esperanza a quienes han visto erosionarse su capacidad de consumo durante años; se requiere con urgencia una política de recuperación del ingreso real que permita a las familias no solo «llegar» a fin de mes, sino hacerlo con dignidad. Mientras ello no suceda, mientras los salarios y las jubilaciones continúen perdiendo la carrera contra el costo de vida, la inseguridad alimentaria seguirá avanzando como una marea silenciosa, transformando la vida cotidiana de millones de bonaerenses en una lucha diaria por la supervivencia, donde el acto de sentarse a la mesa ya no es un ritual de encuentro familiar, sino un recordatorio amargo de todo lo que se ha perdido en el camino de la crisis.
