Un doble sismo de magnitudes 7.2 y 7.5 sacudió a Venezuela, dejando una estela de devastación y dolor. Mientras las cifras de víctimas mortales y heridos se incrementan, el país entero, liderado por un gobierno en emergencia y una ciudadanía resiliente, se ha volcado en una titánica carrera contra el tiempo para hallar supervivientes entre los restos de lo que alguna vez fueron hogares.
El instante mismo en que la tierra se convulsionó, la rutina se quebró en mil pedazos. La cotidianidad caraqueña, que aquel 24 de junio se vestía de gala para conmemorar el 205 aniversario de la Batalla de Carabobo, se vio súbitamente interrumpida por una fuerza telúrica que emergió de las profundidades, sin previo aviso, para dejar su huella imborrable en la capital y en varias entidades federales. El doble embate de la naturaleza, dos temblores de magnitud 7.2 y 7.5 que sacudieron los cimientos de la nación, convirtió en polvo, en apenas unos segundos, la estructura de una torre residencial de ocho pisos en pleno corazón de Caracas.
Sobre ese amasijo de hormigón, acero retorcido y objetos personales irreconocibles, se libra ahora la batalla más loable. Los efectivos de rescate, miembros de Protección Civil y otros organismos de seguridad, se mueven con parsimonia y precisión quirúrgica sobre los montículos de cascotes. De pronto, un silencio sepulcral se apodera del lugar. «¡Cállense, por favor, un instante de silencio!», ordenan con la voz entrecortada por la tensión. Las perforadoras y taladros cesan su estruendo. Los rescatadores se arrodillan, inclinan sus cuerpos y aproximan sus oídos a las rendijas que deja la destrucción, aguzando el sentido para captar el más leve susurro, un gemido, el llanto de un infante, cualquier señal que se asemeje a la esperanza y que les indique el punto exacto por donde deben horadar la montaña de ruinas. Ante la mínima percepción de un sonido vital, la maquinaria se reactiva con frenesí, las mandarrias golpean el cemento y la excavación se reanuda con la convicción de encontrar un alma con vida. «El último que logramos extraer con vida fue alrededor de las tres de la madrugada, un anciano; antes de él, sacamos a dos pequeños», relata José Luis, un funcionario de Protección Civil, con el rostro marcado por el cansancio y la emoción contenida.
Esta escena, desgarradora y esperanzadora a la vez, se replica a lo largo y ancho de la geografía venezolana. Mientras el gobierno de la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, ha declarado el Estado de Emergencia y desplegado todos los recursos disponibles para la atención de la catástrofe, el balance oficial se torna cada vez más sombrío. El último parte médico y forense eleva la cifra de fallecidos a 235, mientras que los heridos superan los cuatro mil, y se contabilizan aproximadamente 250 edificaciones que han sufrido daños considerables o han quedado completamente inservibles. Sin embargo, en medio de este paisaje de desolación, la fe se erige como un pilar inquebrantable. «Es menester orar con fervor, tengo la certeza de que aún podemos hallar a numerosas personas con vida», manifiesta Enger Gómez, cuyo semblante oscila entre el impacto de la tragedia y un asombro que no logra disimular. A sus espaldas, un grupo de familiares y amigos de los desaparecidos, con la mirada vidriosa y la garganta anudada, se aferran a una frágil esperanza. «No debemos perder la fe, estamos convencidos de que extraerán a más sobrevivientes», agrega una adolescente, cuya voz tiembla al pronunciar cada palabra. La desesperación se palpa en el ambiente, pues se ha confirmado que más de doscientas personas permanecen atrapadas entre los escombros de diversos inmuebles derruidos.
Más allá del perímetro donde se concentran las tareas de búsqueda, la urbe caraqueña intenta recomponer su pulso, aunque la atmósfera que se respira es de una parsimonia inusual, casi fantasmal. Las avenidas lucen desiertas, sin el habitual tráfico que las caracteriza; las instituciones educativas tienen sus puertas cerradas; las oficinas, tanto del sector público como del privado, permanecen vacías, y son pocos los comercios que han osado abrir sus cortinas. El Ejecutivo nacional, mediante un decreto, ha dispuesto la suspensión de todas las actividades no esenciales, permitiendo únicamente el funcionamiento de servicios críticos vinculados a la seguridad y el rescate, la sanidad, el abastecimiento de alimentos y los suministros básicos como agua, electricidad y gas.
En un punto distante de la capital, una explosión de júbilo irrumpe en medio de la tristeza. Los vecinos, agolpados en una avenida, prorrumpen en aplausos y un grito unánime resuena con fuerza: «¡Claro que se puede!». Acaban de rescatar a otra persona con vida, que es trasladada en camilla hacia una ambulancia que se aleja a toda velocidad. Se trataba de uno de los atrapados en lo que fue un edificio de cuatro plantas, ahora reducido a un montículo de paredes y escombros. En las inmediaciones de esa tragedia, se encuentra Luz, sentada en el pavimento, con las manos aún temblorosas. Relata que se hallaba en La Guaira, otra de las regiones más afectadas, donde, pese a no tener conocimientos de enfermería, se vio en la obligación de entablillar a varios heridos ante la escasez de personal sanitario. «Hay una multitud de personas que demandan atención inmediata en La Guaira, los equipos de socorro están desbordados», denuncia con evidente alarma. Las imágenes aéreas difundidas en las redes sociales confirman sus palabras: edificios con sus fachadas derrumbadas, torres inclinadas y cubiertas de polvo, y otras construcciones que simplemente han dejado de existir.
La infraestructura del país ha sufrido un golpe brutal. Más de 346 obras, incluyendo carreteras, puentes y hospitales, presentan graves deterioros, especialmente en la citada entidad costera, que ya vivió una catástrofe similar en 1999, cuando las lluvias torrenciales provocaron aludes e inundaciones que arrasaron con poblaciones enteras. En medio de este caos, Luz conmueve al relatar el rescate de un lactante que fue hallado entre los escombros, protegido por el cuerpo inerte de una de sus tías, que falleció al abrazarlo. En una fotografía que circula por las redes, se aprecia al pequeño con un hematoma en la frente, mientras se desconoce aún el paradero del resto de su familia.
La angustia también se traslada al mundo virtual. Las plataformas de mensajería y las redes sociales se han inundado de imágenes de personas desaparecidas. La cifra oficial, proporcionada por el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, en una alocución transmitida a todo el país, es de 157 personas reportadas como no localizadas. Sin embargo, en la esfera digital, los rumores y especulaciones apuntan a que el número podría ser mucho mayor si se contabilizan todos los estados damnificados. Paradójicamente, esos mismos canales se convierten en vehículos de alegría cuando alguien aparece sano y salvo. «Ya lo encontramos, agradecemos infinitamente a todos por su apoyo», se lee junto a la fotografía del familiar que horas antes era buscado con desesperación.
En las calles, los ciudadanos, mientras hacen acopio de provisiones en los contados establecimientos abiertos, intercambian vivencias sobre el momento exacto en que los sorprendió el movimiento sísmico. Algunos, con un humor negro que sirve de catarsis, bromean sobre su capacidad de sobrevivencia, especialmente después de la reciente agresión militar sufrida por el país. «Si hemos sorteado todo esto, ya nada podrá vencernos; en medio año hemos sido testigos de los sucesos más inverosímiles», comenta Jairo, quien confiesa haber salido corriendo a la calle semidesnudo y cargando a sus perros. El terremoto encontró a la nación en plena celebración, lo que explica que muchas familias estuvieran reunidas en sus hogares, disfrutando del asueto.
La escasa cultura preventiva de Venezuela ante estos fenómenos, agravada por el hecho de que no se registraba un sismo de tal magnitud desde 1967, jugó una mala pasada a la población. La alerta sísmica que sonó en los teléfonos inteligentes fue ignorada por muchos, que no le prestaron la menor atención. «Para mí este ha sido el terremoto más violento que he padecido. El del 67 no se sintió tan prolongado; con este, mi único anhelo era que cesara, fue aterrador», evoca Magaly Milano, de 73 años. Aunque los sismólogos informan que entre ambos temblores transcurrieron apenas 39 segundos, para la mayoría de la población, como Elvira, fue un estremecimiento continuo y eterno. «Fue un sobresalto ininterrumpido, la sacudida fue tan intensa que creí que sería mi día final. Me abracé a mis hijos bajo una columna en mi apartamento, aguardando el desenlace», confiesa con la voz quebrada.
El miedo a las réplicas, que ya superan el centenar, mantiene en vilo a la ciudadanía. Muchas familias, temerosas de que sus viviendas colapsen, optaron por pernoctar a la intemperie. La céntrica plaza del Banco Central de Venezuela se convirtió en un improvisado refugio, repleta de grupos familiares que, con almohadas y cobijas, compartían alimentos y bebidas en un ambiente de solidaridad inusitada. En otros espacios públicos, como los aledaños del Panteón Nacional, donde descansan los restos de los héroes de la independencia, no solo pernoctan quienes buscan seguridad, sino también aquellos que han perdido todo y no tienen un hogar al cual regresar.
Venezuela, un país que parece estar forjado en la adversidad, continúa en pie, librando una batalla silenciosa y tenaz contra la desesperanza. Las labores de rescate se extienden sin tregua, de día y de noche, mientras la nación entera contiene el aliento, a la espera de que los milagros se sigan produciendo entre el polvo y el dolor. Es la manifestación más pura de la resiliencia de un pueblo que, una vez más, se niega a rendirse ante los embates de un destino que parece empeñado en ponerlo a prueba.
