El jefe de Gabinete redactó su renuncia mientras Milei, desde España, abre la puerta a su salida. El descontento de Karina Milei y Santiago Caputo, sumado a nuevas revelaciones patrimoniales, inclina la balanza hacia un recambio que ya no parece evitable.
La permanencia de Manuel Adorni al frente de la Jefatura de Gabinete transita sus horas más críticas desde que asumió el cargo, y todo indica que el desenlace podría consumarse en cuestión de días. Aquello que hasta hace muy poco los voceros oficialistas descartaban con firmeza —la salida del funcionario— se ha convertido en una posibilidad tangible, casi un pronóstico, a medida que las presiones jurídicas, el deterioro de su imagen política y el creciente malestar en los pasillos internos transformaron su continuidad en un lastre que el oficialismo ya no está dispuesto a soportar.
El viernes por la tarde, mientras la sede gubernamental bullía en rumores, Adorni permaneció encerrado en su despacho ultimando los detalles de la misiva mediante la cual pondría su cargo a disposición. La carta, redactada con el cuidado de quien sabe que cada palabra será escrutada, aguarda el regreso de Javier Milei desde tierras españolas para ser difundida a través de las plataformas digitales, un gesto que, lejos de lo protocolar, busca capitalizar el impacto mediático y controlar los tiempos de una transición que se presume vertiginosa.
El colapso de un equilibrio frágil
Lo que precipitó este viraje no fue un episodio aislado, sino la confluencia explosiva de múltiples frentes que se abrieron de manera simultánea. En el plano judicial, el fiscal general Gerardo Pollicita ya tiene previsto citar a indagatoria al jefe de Gabinete, un movimiento que mantiene la causa en el centro de la escena y que, según fuentes cercanas al expediente, representa la variable de mayor ponderación en las evaluaciones estratégicas del Gobierno. La perspectiva de sentarse ante el fiscal no solo incomoda en términos personales, sino que proyecta una sombra de vulnerabilidad sobre toda la administración libertaria.
Dentro del espectro gobernante, el cerco se ha estrechado de manera alarmante. Tanto en el sector que gravita en torno a la figura de Santiago Caputo como entre los leales a Karina Milei, el diagnóstico es unánime: sostener a Adorni en el cargo se ha vuelto un costo político que excede cualquier beneficio. Lo que semanas atrás se debatía en tono condicional, ahora se da por sentado en las conversaciones de pasillo, donde el nombre del funcionario aparece invariablemente asociado a un desgaste que ya no admite prórrogas.
La última pesquisa periodística publicada por el diario La Nación actuó como catalizador definitivo del descontento. Según ese informe, Adorni habría efectuado durante 2025 adquisiciones de equipos de ocio —entre ellos un monitor diseñado para juegos de alta definición y dos proyectores destinados a videojuegos— por un monto cercano a los 5,85 millones de pesos. La operación, concretada a través de su cuenta particular en la plataforma Mercado Libre, fue financiada con tarjetas de crédito pertenecientes a dos subalternos que responden directamente a su órbita funcional. Pero la investigación no se detiene allí: la justicia indaga otra compra realizada por una colaboradora cercana, destinada a equipar una propiedad adquirida por el propio Adorni, cuyos rastros documentales aparecieron en el dispositivo móvil de un contratista, donde además se hallaron intercambios de mensajes que sugerirían una coordinación previa de testimonios judiciales. Esa revelación, que circuló como reguero de pólvora entre los grupos de mensajería de los altos mandos el mismo viernes, terminó de erosionar los últimos resquicios de confianza.
El veredicto presidencial desde la distancia
Desde la distancia geográfica que impone su gira europea, Javier Milei se refirió al espinoso tema con la crudeza que lo caracteriza. En una entrevista concedida en territorio español, el mandatario sentenció: «Si lo consideran culpable, lo vuelo, lo eyecto yo de una patada». No obstante, en un gesto que muchos interpretaron como un salvoconducto condicional, aclaró que confía en la probidad de su jefe de Gabinete y calificó como «absolutamente plausible» la explicación brindada por Adorni sobre el incremento de su patrimonio.
Sin embargo, esas palabras fueron diseccionadas con lupa en cada despacho oficial. Días antes, Karina Milei había establecido en privado un límite que ahora resuena con claridad meridiana: «el tope es que la Justicia lo termine procesando». Que el presidente haya reproducido en público esa misma lógica fue interpretado como la primera autorización explícita para un eventual recambio, una suerte de hoja de ruta que, sin anunciarlo formalmente, habilita a los operadores políticos a acelerar los tiempos.
En el núcleo duro del espacio libertario coinciden en que la decisión final reposa exclusivamente en Milei, pero también admiten que un acuerdo entre Karina Milei y Santiago Caputo allanaría significativamente el terreno. Quienes han tratado de cerca al jefe de Estado advierten, no obstante, que al mandatario le repugna que le impongan cronogramas y que, de concretarse la salida, preferiría que el movimiento se produjera por asalto, sin previo aviso, para preservar el factor sorpresa que tanto valora en sus jugadas políticas.
El tablero de los posibles sucesores
En el mercado de especulaciones sobre quién ocupará el sillón de la Jefatura de Gabinete, el ministro del Interior, Diego Santilli, emerge con el respaldo más sólido entre los nombres que circulan. Su perfil dialoguista y su experiencia en la articulación territorial lo posicionan como un candidato natural, aunque no está exento de objeciones. Desde el entorno de Karina Milei se esgrime un reparo de peso: despojar al Ministerio del Interior de su actual titular implicaría perder a un interlocutor valioso en la delicada negociación con los gobernadores, un engranaje clave para la gobernabilidad. No obstante, los mismos críticos reconocen que la Jefatura de Gabinete no le vedaría a Santilli seguir ejerciendo ese rol de enlace, por lo que la objeción pierde parte de su contundencia.
Una lógica semejante se aplica al presidente de YPF, Horacio Marín, cuyo nombre también ha sonado con fuerza pero que difícilmente abandonaría la cúpula de la petrolera estatal para ocupar lo que en la jerga interna denominan «la silla eléctrica», un cargo que, por su exposición y desgaste, suele quemar a quienes lo ocupan. El canciller Pablo Quirno, por su parte, carece del respaldo del círculo íntimo de Karina Milei y, además, es valorado en su actual función diplomática, lo que reduce sus posibilidades.
Federico Sturzenegger, otro de los mencionados, encuentra resistencias entre sus pares de gabinete, que ven con recelo su perfil tecnocrático y sus frecuentes incursiones en terrenos que no le son propios. Sandra Pettovello, titular de Capital Humano, no ha manifestado la menor disposición a abandonar un ministerio que considera su bastión. Y el presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem, fue descartado de plano, dado que resignar ese escaño implicaría ceder el único espacio legislativo que responde con absoluta fidelidad a la Casa Rosada, un activo que el oficialismo no está dispuesto a sacrificar en la coyuntura actual.
Si ninguno de estos perfiles logra consolidarse, el oficialismo guarda bajo la manga la opción de un candidato sorpresa, un nombre que irrumpiría en la escena sin el ruido previo de las filtraciones. La historia reciente del gobierno libertario demuestra que este tipo de movimientos imprevistos no le son ajenos, y todo indica que, una vez más, el factor incertidumbre podría jugar un papel determinante.
Mientras tanto, Adorni aguarda en su despacho, con la carta de renuncia en un cajón y la certeza de que el tiempo se agota. En el Gobierno, nadie descarta que el anuncio pueda producirse en cuestión de horas, apenas Milei pise suelo argentino y evalúe en caliente la magnitud del terremoto político que se avecina.
