La Máquina Francesa Aplasta a Suecia y Siembra Terror en el Mundial: Mbappé Iguala a Messi en la Cima de los Artilleros

La Máquina Francesa Aplasta a Suecia y Siembra Terror en el Mundial: Mbappé Iguala a Messi en la Cima de los Artilleros

El conjunto galo desplegó una exhibición arrolladora en Nueva Jersey, donde el marcador 3-0 quedó escandalosamente corto ante la inferioridad del rival. Con un Kylian Mbappé imparable y un Michael Olise que jugó al compás de los genios argentinos, Francia no solo confirmó su candidatura, sino que envió un mensaje escalofriante al resto de los contendientes. El próximo desafío será para el épico Paraguay de Gustavo Alfaro, aunque la pregunta que resuena en el ambiente es si existe alguien, más allá de Lionel Messi, capaz de ponerle un freno a esta avalancha.

En el verde tapiz del MetLife Stadium de Nueva Jersey, el combinado nacional de Francia ofreció una nueva y deslumbrante lección de eficacia ofensiva, consolidando su estatus como el conjunto más temible y demoledor de esta Copa del Mundo. La víctima propiciatoria de turno fue Suecia, que sucumbió con un marcador final de 3 a 0 que, lejos de reflejar la feroz superioridad gala, resultó ser una engañosa estadística que oculta una verdadera catarata de ocasiones desperdiciadas. El cuadro dirigido por Didier Deschamps no se conforma con vencer; su imperiosa necesidad es arrasar, y su promedio de tres tantos por encuentro se ha convertido en una inapelable declaración de principios que estremece a cada adversario que se cruza en su camino.

El encuentro, sin embargo, no comenzó con un vendaval inmediato. Durante los primeros quince minutos, Suecia logró mantener un orden táctico y una paridad circunstancial que alimentó una fugaz ilusión de resistencia. No obstante, ese espejismo se desvaneció con la misma rapidez con que la estrella Kylian Mbappé decidió tomar el partido por asalto. El delantero, quien regresó a su rol de verdugo implacable, firmó un doblete que le permite alcanzar la cifra de seis conquistas en el torneo, igualando de esta manera a Lionel Messi en lo más alto de la tabla de goleadores. Pero la gesta del capitán francés no se detuvo ahí, ya que con esas anotaciones se aproxima peligrosamente al récord absoluto de tantos en la historia de los mundiales, establecido por el propio astro argentino, recortando la distancia a una sola diana (19 contra 18). La pugna generacional por el trono del fútbol mundial adquiere así nuevos y apasionantes capítulos, prometiendo un duelo paralelo que mantendrá en vilo a la afición mientras ambos supercracks sigan en competencia.

Reducir el análisis a la portentosa capacidad anotadora de Mbappé sería, no obstante, una torpeza imperdonable. La noche neoyorquina sirvió para confirmar el despertar de un talento absoluto en la figura de Michael Olise. El extremo del Bayern Múnich, a quien Deschamps ha reinventado como enganche tras aquel segundo tiempo ante Senegal, ofreció una cátedra de fútbol asociativo que dejó boquiabiertos a propios y extraños. Su visión periférica y la exquisitez de su toque evocaron, sin exageración alguna, la esencia de los más grandes creadores del balompié argentino. Cuando Olise se retrasa unos metros y toma el timón del ataque, el campo se le vuelve un tablero de ajedrez donde solo él distingue los pasillos invisibles. Fue suya la asistencia magistral, filtrada entre las piernas del zaguero Lagerbielke, que dejó a Bradley Barcola solo ante el arquero para que anotara el segundo tanto con un fogonazo violento. Y nuevamente de su bota nació la habilitación milimétrica que permitió a Mbappé sentenciar la contienda a los 28 minutos del complemento, un pase que atravesó un pasillo mínimo como si el balón estuviera guiado por un hilo invisible.

La actuación de Olise bien pudo haber sido coronada con una obra de arte eterna, una tijera sensacional que estremeció el travesaño y que, de haber entrado, habría competido por el mejor gol del certamen. A esa infortunada acción se sumaron un disparo de Mbappé que besó el palo y una triple intervención milagrosa del guardameta sueco Zetterson, quien con sus manotazos evitó una goleada de proporciones bíblicas. El resultado, insisto, fue una burla para la producción ofensiva gala. Francia debió haber firmado un marcador escandaloso, porque una vez superado ese cuarto de hora inicial de equilibrio, el partido se convirtió en un monólogo de ataque contra una defensa nórdica que solo atinó a replegarse y sobrevivir como podía al asedio perpetuo.

Ahora, la pregunta que flota en el ambiente y que genera un magnetismo especial de cara a los octavos de final es si el épico Paraguay de Gustavo Alfaro, ese equipo que ha hecho de la garra y el orden su bandera, podrá erigirse como el primer dique de contención para esta marcha imparable. Los guaraníes, conocidos por su férrea defensa y su capacidad de sufrimiento, apretarán los dientes y cerrarán todos los espacios en un intento desesperado por no ser arrollados. La diferencia de jerarquía entre ambos planteles parece, a simple vista, un abismo insalvable, pero la historia de este deporte está plagada de recordatorios de que los partidos no se ganan en el papel ni en la previa. Sin embargo, la evidencia sobre el césped es contundente: Francia está desplegando el mejor fútbol del Mundial, justificando con creces el cartel de favorita que los pronósticos le otorgaron antes del inicio.

Es cierto, y conviene no perder la perspectiva, que el recorrido de los galos hasta aquí ha sido allanado por rivales de un escalón inferior, y que la incógnita sobre su reacción ante un adversario de mayor peso específico permanece sin respuesta. No obstante, la manera en que ha despachado a esos oponentes, sin dejar espacio a la duda y con una autoridad apabullante, no hace sino incrementar la sensación de que estamos ante un equipo llamado a marcar una época. La gran interrogante, la que sobrevuela cada charla de café y cada análisis táctico, es si Lionel Messi y la Selección Argentina se perfilan como el único límite posible para tanta potencia, tanta ambición y tanto talento desbordante. Quedan diecinueve días de competición para despejar la incógnita, diecinueve días en los que el fútbol, con su inagotable capacidad de sorpresa, podría depararnos el duelo de titanes que el mundo entero anhela. Por lo pronto, Francia sigue su camino, y su ruido de fondo es el de un rodillo que no conoce de pausas.

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