El conjunto tricolor superó con contundencia (2-0) al cuadro dirigido por Sebastián Beccacece en la ronda de treintaidosavos, sellando su billete a la siguiente fase. El próximo escollo del combinado azteca saldrá del duelo que sostendrán este miércoles la escuadra británica y la congoleña.
En una noche que exigía personalidad y jerarquía, la selección mexicana respondió con creces ante un adversario de cuidado, Ecuador, al que doblegó por dos anotaciones sin réplica en el compromiso correspondiente a los dieciseisavos de final de la Copa del Mundo que se celebra en tierras estadounidenses. Con este resultado, el combinado dirigido por el cuerpo técnico nacional no solo dejó en el camino a un rival que plantó cara durante largos pasajes del encuentro, sino que además confirmó su condición de aspirante sólido en este certamen planetario, garantizando su presencia entre los dieciséis mejores del orbe. La escuadra tricolor, que desplegó un fútbol inteligente y dosificado, supo esperar el momento preciso para golpear y, una vez en ventaja, administró la diferencia con la sapiencia que otorgan los escenarios de alta presión.
El primer acto del pleito se caracterizó por un equilibrio tenso, donde la especulación y el respeto mutuo primaron sobre las ocasiones claras de peligro. Ecuador, lejos de amilanarse ante el empuje inicial del adversario, mostró una estructura ordenada y transiciones veloces que inquietaron a la zaga azteca. No obstante, la retaguardia mexicana, bien plantada y con una comunicación eficaz, logró desactivar los embates esporádicos del conjunto sudamericano. Fue en los compases finales del primer tiempo cuando el cuadro de Norteamérica comenzó a inclinar la balanza a su favor, encontrando espacios por los costados y generando una superioridad en el medio campo que, sin embargo, no se tradujo en el marcador antes del descanso. La perseverancia y la paciencia se convirtieron entonces en las principales virtudes del equipo de verde, blanco y rojo, consciente de que el gol llegaría como consecuencia natural de su dominio paulatino.
La reanudación de las acciones trajo consigo un vendaval ofensivo por parte de los pupilos de la Federación Mexicana, que saltaron al césped con una marcha adicional y una voracidad que desbordó a su contrincante. Fue así como, transcurrida la hora de juego, una jugada colectiva magistralmente hilvanada culminó con un remate preciso que se alojó en el fondo de la red, desatando la euforia en la afición presente y rompiendo el cerrojo defensivo ecuatoriano. Ese tanto inicial actuó como un catalizador anímico para los ganadores, que se sintieron liberados de la presión y empezaron a jugar con mayor soltura y criterio, ante la desesperación creciente de un elenco dirigido por Sebastián Beccacece que veía esfumarse sus opciones de seguir adelante en la justa.
El segundo golpe, que llegaría pocos minutos más tarde, fue un ejemplo de contundencia y efectividad. Una recuperación en campo propio dio pie a una transición vertiginosa, resuelta con una definición de clase ante la salida del guardameta rival, que nada pudo hacer para evitar la sentencia definitiva. Con el 2-0 en el electrónico, el partido entró en una fase de gestión para los intereses mexicanos, que bajaron revoluciones y se dedicaron a preservar la renta, cediendo la iniciativa pero mostrando una solidez defensiva intachable. Ecuador, pese a sus intentos y a la inclusión de hombres de ataque, chocó una y otra vez contra un muro bien parado, evidenciando la madurez táctica de una selección que supo leer cada momento del encuentro.
El triunfo no solo tiene un valor clasificatorio, sino que también inyecta una dosis formidable de confianza a un grupo humano que empieza a encontrar su mejor versión en el momento justo de la competición. La capacidad para sufrir en los tramos adversos y la contundencia en los pasajes favorables son dos virtudes que suelen caracterizar a los equipos que trascienden en este tipo de torneos, y el cuadro azteca exhibió ambas en dosis equilibradas a lo largo de los noventa minutos reglamentarios. La afición, que coreó los cánticos de aliento durante todo el encuentro, se retiró con la satisfacción de ver a su representativo dar un paso de gigante en su camino hacia la gloria.
La mirada de todo el combinado nacional se encuentra ahora puesta en el próximo desafío, que no será sencillo, pues el adversario emergerá del cruce entre dos escuadras de alto voltaje como Inglaterra y Congo, quienes se verán las caras en la jornada del miércoles. El ganador de aquel duelo será el rival a batir en los octavos de final, una instancia donde los errores se pagan con la eliminación y donde México deberá exhibir nuevamente la solvencia mostrada en esta noche memorable. El cuerpo técnico tendrá días para analizar a conciencia a ambos posibles oponentes, pero lo innegable es que el espíritu combativo y la fe inquebrantable de este grupo de jugadores son activos que cotizan al alza en la bolsa de los favoritos.
La hoja de ruta está trazada y el primer objetivo, el de superar la fase inicial de eliminación directa, ya es un hecho consumado. Ahora, con la lección aprendida de cada minuto jugado y con la certeza de que el camino se vuelve más angosto y exigente, el representativo mexicano se prepara para escribir un nuevo capítulo en su historia mundialista. La alegría del vestuario, que se fundió en un abrazo colectivo al sonar el silbato final, contrastaba con la decepción del conjunto ecuatoriano, que a todas luces entregó un buen desempeño pero careció de la precisión y la fortuna necesarias para inclinar la balanza. El fútbol, en su naturaleza implacable, premia al que acierta, y en esta velada, la puntería y la jerarquía llevaban el nombre de la escuadra azteca. Queda, por tanto, la certeza de que esta selección tiene argumentos y, lo más importante, la convicción necesaria para soñar a lo grande.
