En un duelo que pendió de un hilo hasta el último suspiro, el capitán de los Tres Leones evocó su condición de estandarte para tumbar con un doblete certero a un valiente conjunto africano, que supo poner en jaque a uno de los favoritos y que solo cedió ante la jerarquía innata de un artillero sin techo.
En la escenografía mayúscula que ofrece cada jornada del certamen ecuménico, donde las leyendas se escriben con tinta de gestas y los aspirantes titubean ante el peso de la historia, la figura de Harry Kane volvió a erigirse como el faro indubitable que guía a su nación a través de la tormenta. Lo que en el tablero de los pronósticos lucía como una presa sencilla para el poderoso combinado británico, se transmutó en una odisea de desgaste y zozobra ante la tenacidad de una República Democrática del Congo que, lejos de arrodillarse, plantó batalla con el coraje de quien no tiene nada que perder y todo por ganar. El marcador final, un ajustado 2 a 1 que se definió en el tramo postrero del encuentro, no hizo justicia al sufrimiento vivido por la escuadra de Thomas Tuchel, pero sí refrendó una verdad universal en el fútbol: la clase distinguida no se negocia, se impone cuando las circunstancias apremian.
El arranque del pleito deparó una sacudida tempranera para los ingleses, pues a los siete minutos del primer acto, el veloz Brian Cipenga perforó la red con un remate que encendió todas las alarmas en el bando europeo. La ventaja congoleña no fue un capricho del destino, sino el corolario de una primera media hora donde el equipo africano supo leer a la perfección los tiempos del partido, cerrando los espacios con una disciplina táctica envidiable y aguardando el momento preciso para herir de contragolpe. Sin embargo, el mérito mayor de aquella ventaja inicial residió en la muralla levantada por Lionel Mpasi, el arquero de origen galo que se multiplicó bajo los tres palos, y en la solvencia de sus dos baluartes centrales, Chancel Mbemba y Axel Tuanzebe, quienes se erigieron en diques infranqueables durante largos tramos, despejando con autoridad cada balón aéreo y cada intento de penetración de un ataque británico que, en esos minutos, carecía de la chispa necesaria para doblegar el cerrojo defensivo.
Fue entonces cuando la jerarquía, ese atributo esquivo que no se adquiere en los gimnasios ni se enseña en las pizarras, decidió tomar la palabra. Y en el universo futbolístico, pocos poseen semejante caudal de esa virtud como el capitán de los Tres Leones. En el ecuador exacto de la primera mitad, cuando la desesperación comenzaba a teñir los rostros en el banquillo inglés, Kane emergió de entre la maraña de defensores para conectar con su testa un centro milimétrico enviado desde el flanco zurdo por Anthony Gordon, un ingresante que revolucionaría el devenir del encuentro, y establecer la paridad que tanto ansiaba su escuadra. Ese tanto, más que un empate en el electrónico, significó una inyección anímica que cambió la dinámica del pleito, aunque el Congo, lejos de desmoronarse, se replegó con orden y siguió desafiando a su poderoso oponente con la certeza de quien ha logrado sobrevivir a la embestida inicial.
El segundo tiempo mostró a una Inglaterra volcada sobre el área rival con una voracidad inusitada, pero la figura de Mpasi se agigantó hasta lo sobrenatural. El guardameta congoleño, en una actuación para el recuerdo, repelió tres remates que ya cantaban gol, todos ellos originados en la testa de Jude Bellingham, el joven prodigio que estrelló su frustración una y otra vez contra los reflejos felinos del cancerbero. La presión incesante de los europeos, alimentada por los centros envenenados y la movilidad de sus extremos, fue arrinconando paulatinamente al conjunto africano contra su propia área, convirtiendo los últimos veinte minutos en un monólogo ofensivo que, sin embargo, tropezaba una y otra vez con la muralla humana y la fortuna adversa. Tuchel, en un movimiento audaz, había sustituido a sus dos extremos titulares, Madueke y Rashford, para dar ingreso a Saka y al propio Gordon, mientras que la entrada de Eberechi Eze por el lateral Spence permitió una reconversión táctica que derivó en una doble punta de lanza, con Declan Rice retrasando su posición para cubrir el costado. En medio de esa vorágine de cambios y desesperación, un nombre permaneció inmutable en el once inicial: Kane, el goleador indiscutible, el sostén emocional de un equipo que encontraba en su presencia la única certeza en medio de la incertidumbre.
Y cuando el reloj marcaba ya el minuto ochenta y seis, cuando el empate parecía un castigo demasiado severo para el dominio ejercido, la estrella inglesa volvió a alzar la mano para reclamar su sitio en la historia del torneo. Gordon, nuevamente como socio de lujo, habilitó al capitán en la frontal del área, y allí, rodeado por cuatro adversarios que intentaban acortarle el ángulo, Kane se perfiló con una calma insultante y sacó un derechazo violento y alto que se alojó en la escuadra, inalcanzable para un Mpasi que, a pesar de su enorme partido, solo pudo ser testigo de la genialidad de un killer nato. El grito de liberación que estalló en las gradas y en el banquillo inglés fue el reconocimiento a una paciencia que casi se agota, pero que encontró su recompensa en la aparición del hombre que siempre está cuando se lo precisa.
Con este doblete providencial, Kane iguala la cifra de cinco conquistas que ostenta el noruego Erling Haaland, y se coloca a un solo paso de los máximos artilleros del certamen, Lionel Messi y Kylian Mbappé, quienes lideran la tabla con seis dianas cada uno. Sin embargo, la persecución no se detiene ahí, pues acechan desde la sombra el francés Ousmane Dembélé y el brasileño Vinícius Júnior, ambos con cuatro tantos, agazapados como depredadores listos para asestar el zarpazo definitivo en cualquier instante. La pelea por el botín de oro promete emociones aún más vibrantes, pues quedan cuatro encuentros por disputarse hasta la gran final programada para el 19 de julio en Nueva Jersey (con la salvedad de que Messi tiene un partido más en su calendario), y los artilleros de élite se muestran insaciables, imparables, dispuestos a escribir cada página de este campeonato con fuego en sus botines.
El entrenador alemán Thomas Tuchel, en una declaración implícita de confianza absoluta, decidió preservar a su capitán mientras realizaba hasta tres variantes ofensivas en el complemento, moviendo todas las fichas a su alrededor pero sin osar tocar la pieza clave del tablero. Esa apuesta, que en algunos momentos pudo parecer terquedad, se justificó con creces en el desenlace, porque Kane no solo anota goles, sino que imprime un carácter, una seguridad y una jerarquía que trascienden lo estadístico y se convierten en el pegamento que mantiene unido a un equipo que, por momentos, mostró fisuras preocupantes y careció de la autoridad que se espera de un serio aspirante al trono mundial. La imagen final del partido, con los jugadores congoleños tendidos en el césped tras haber entregado hasta la última gota de sudor, y la de Kane celebrando con el puño en alto, resumen la esencia de este deporte: la resistencia heroica del débil choca, una vez más, con la eficacia letal del que nació para marcar diferencias en los momentos que definen las gloria. El próximo desafío llevará a Inglaterra hasta la capital mexicana, donde el domingo, desde las 21 horas de Argentina, se medirá al anfitrión del torneo en unos octavos de final que se presentan como una prueba de fuego para las aspiraciones de Kane y los suyos. En el Mundial de las grandes estrellas, el ariete inglés todavía tiene mucho que decir, y su voz, como quedó demostrado en esta jornada, resuena con la potencia de un cañonazo cuando el silencio de la duda amenaza con apoderarse del estadio.
