El grito sagrado que despertó a una nación: la épica remontada argentina ante Egipto que reescribe la historia

El grito sagrado que despertó a una nación: la épica remontada argentina ante Egipto que reescribe la historia

En una noche que parecía condenada a repetir fantasmas del pasado, la Selección Argentina quebró el hechizo de los faraones con una reacción sobrecogedora. Del 0-2 al 3-2 final, el equipo de Scaloni encontró en el caos y la humanidad virtuosa la llave de un triunfo que trasciende el deporte y se instala en el alma popular, generando una pregunta que perdurará por generaciones: ¿dónde estabas cuando el tiempo se detuvo?

El clamor ancestral resuena desde las gradas del estadio, atravesando continentes y husos horarios, como un eco que se niega a extinguirse. Oíd, Faraones, el grito sagrado, que acá está el campeón, y que ese alarido no encuentre fronteras en el resto del planeta que vibra al compás del balón. Los cánones académicos del periodismo repudian con vehemencia el uso de la primera persona en la crónica deportiva, mas ¿cómo permanecer impasible ante esta pandilla de muchachos que desafían toda lógica narrativa? ¿Qué utilidad pueden tener ahora las líneas redactadas en la desazón tras el 0-2, aquellas que evocaban las diez plagas bíblicas sobre el territorio egipcio? La única salida plausible consiste en desmenuzar los tres portentos argentinos, aunque en rigor de verdad, más que milagros celestiales, estos fueron destellos de una humanidad desbordante, tan imperfecta en sus formas como excelsa en sus virtudes. Dentro de varias décadas, cuando el polvo del tiempo se asiente sobre este acontecimiento, la interrogante recurrente entre los aficionados será sin duda: “¿en qué rincón del mundo te sorprendió el 3-2 de Argentina ante Egipto?”. Las respuestas, tan disímiles como los escenarios —ya sea en la oficina, a bordo de un automóvil, en la bulliciosa estación ferroviaria, en el aula escolar o en la intimidad del hogar— conformarán un mosaico de vivencias que, por inverosímiles que parezcan, compartirán la certeza de haber presenciado otra jornada imborrable de este combinado nacional.

Tras los eventos acaecidos en esta semana, emerge una conclusión que se antoja inevitable: la influencia estadounidense resulta nociva para el devenir argentino. Nos dejamos seducir por un espejismo fugaz y clausuramos los volúmenes de la historia política y económica, porque este plantel ha proporcionado evidencias sobradas de que la hazaña es posible. Sin embargo, todos los presagios apuntaban a que, a treinta y dos años del traumático Mundial de 1994, la vieja cicatriz se reabriría con una morfología inédita y un metraje mucho más extenso, aunque repitiendo el fatídico escenario de los octavos de final. La estadística, en su fría desnudez, no yerraba en demasía; solo omitía el guion intermedio: 3-2 frente a Cabo Verde, 3-2 frente a Egipto. La recurrencia numérica se convertía en un presagio ominoso.

El vendaval de la adversidad y la resurrección desde el abismo

Todo cuanto podía desbaratarse durante esos 78 minutos infernales se desmoronó con una precisión quirúrgica. El infortunio quiso que Lisandro Martínez, en su heroica pero desmedida cobertura, se midiera con los 1,85 metros de estatura de Ibrahim, mientras el penal fallido por Messi se sumaba a la noche aciaga. Se sumó además el espectro de Vozinha, cuyo espíritu pareció poseer al arquero egipcio, y el cabezazo de Mac Allister que se estrelló en el punto más vulnerable de la defensa. La posesión del esférico por parte del número 12 egipcio, Haissem Hassan, invocaba a alguna deidad del Nilo para sortear con facilidad a la defensa albiceleste, tanto en el tanto anulado como en el que subió al marcador. Mientras tanto, la figura del 10 argentino permanecía oculta, atrapada entre las piernas de los defensores africanos que se multiplicaban como esfinges en la cancha.

Era el momento de hacer el equipaje y elevar una plegaria de agradecimiento por los instantes vividos. No obstante, la aparición de Cuti Romero —una vez más, como un nueve improvisado— sacudió los cimientos del coloso africano. Las hasta entonces imperturbables momias sintieron un temblor ancestral. Solo faltaba que el esférico le llegara a él en una coyuntura de riesgo para que lo insospechado se materializara. Una pirueta de rescate de Lautaro Martínez, un centro de Montiel que fue lo que pudo ser, y la pelota, como obedeciendo a un designio superior, quedó servida para el 10. Resulta increíble. Ni las manos extendidas de Shoubir pudieron resistir semejante guiño del destino, tan caprichoso como justiciero.

El vértigo del caos y la consagración de la épica

En el parpadeo de un ojo, la sensación era que el tercer tanto se avecinaba con la inminencia de un rayo. Pero la incertidumbre se apoderó del banquillo y de las gradas: ¿recomponer las líneas tras los cambios desesperados y especular con el tiempo suplementario, o jugar el todo por el todo en los minutos que restaban? Lionel Scaloni, con la osadía que lo caracteriza, optó por abrazar el caos como aliado, y el azar le sonrió. Egipto tuvo en sus pies la sentencia en una contra letal, ahogada por una recuperación memorable de Leandro Paredes que encendió la mecha del contraataque albiceleste. La conexión entre Julián Álvarez y Lautaro Martínez, ambos en deuda con el gol pero en comunión con la gesta heroica, se convirtió en el catalizador de la hazaña. Una recuperación formidable de La Araña en el área, arrebatándole el balón a nada menos que Salah, y una cesión larga para el Toro. El pase no era diáfano, pero el bahiense, con la confianza de los elegidos, mandó el centro igual y Enzo Fernández, con los brazos abiertos como implorando indulgencia por tanta emoción desbordada, cabeceó con precisión milimétrica para consumar la remontada más colosal en los anales de la historia albiceleste.

Lo que sobrevino fue una plegaria colectiva, pero dirigida a la figura de Emiliano Martínez, el Dibu. Para que despejara centros con autoridad y administrara los segundos como un orfebre del tiempo. Luego, la misión fue poner el balón en los pies de Lautaro, quien fabricó una falta y se la llevó a la esquina con un derroche de talento y picardía. Hasta se permitió el lujo de arrancar algunos oles de una hinchada todavía conmocionada por la gesta. El bahiense se alejó del arco rival para negociar con el cronómetro, emulando la estrategia de otro coterráneo suyo, cierto Manu que también supo manejar los hilos del tiempo y el espacio. Y aunque la insistencia pueda resultar tediosa, qué paralelismos tan inquietantes se dibujan entre estas Generaciones Doradas que, desde distintas trincheras, han devuelto la fe a un pueblo que se niega a claudicar.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *