“Alta fidelidad”: el abrazo eterno entre Mercedes Sosa y Charly García resurge en la calidez analógica del vinilo

“Alta fidelidad”: el abrazo eterno entre Mercedes Sosa y Charly García resurge en la calidez analógica del vinilo

El emblemático álbum que en 1997 fusionó la épica rockera de Charly García con la voz telúrica de Mercedes Sosa se editará por primera vez en formato long play. Una escucha íntima en la antigua sala de ensayo del músico revela las aristas de un encuentro tan genial como desafiante, donde el tiempo y la admiración mutua tejen una nueva narrativa sonora.

En el vasto y a menudo fragmentado universo de la música popular argentina, existen pocos hitos tan inclasificables y, a la vez, tan profundamente emotivos como el disco que vio la luz originalmente en un compacto durante el año 1997. Aquella obra, bautizada con el sugerente título de “Alta fidelidad”, no solo documentó el inesperado matrimonio artístico entre dos de las figuras más colosales del continente —la inmemorial Mercedes Sosa y el proteico Charly García— sino que, además, se erigió como un emblema de la desarticulación de los rígidos géneros que caracterizó la dinámica musical de la década del noventa. Hoy, esa grabación que supo desafiar las barreras entre el folklore de raíz y el rock de vanguardia se apresta a renacer en un formato que, por su propia naturaleza, añade una capa de calidez imprecisa y evocadora: el larga duración de vinilo. El sello Universal ha confirmado la llegada de esta edición especial para el próximo 9 de julio, una fecha que no parece elegida al azar, dado que coincide con el aniversario patrio argentino y, en un guiño que desafía las casualidades, con el natalicio de la entrañable cantora tucumana.

La convocatoria para la escucha preliminar de esta relanzamiento tuvo como escenario un espacio de fuerte carga simbólica: la casona de la calle Fitz Roy que antaño funcionara como sala de ensayo del propio García. Allí, entre paredes que aún parecen vibrar con los acordes del pasado, un selecto grupo de periodistas y allegados pudo sumergirse en la escucha de las doce canciones que componen el álbum, manteniendo el orden original de su tracklist. El ambiente, imbuido de una solemnidad contenida, se vio electrizado por la presencia de los herederos de la cantora, sus nietos Agustín y Araceli Matus, quienes no ocultaron su conmoción. Agustín, con la pasión a flor de piel, deslizó un deseo que resonó en el recinto: hubiese anhelado que su abuela perpetrara más obras de esta naturaleza, subrayando la complicidad única que se desprende de cada surco. De manera más protocolar, la Fundación Mercedes Sosa, a través de sus representantes, expresó un agradecimiento sentido hacia la discográfica por cristalizar el anhelo de la propia Mercedes: la materialización de esta obra en el cálido y orgánico soporte del vinilo, al tiempo que extendieron su gratitud al homenajeado Charly García y a su familia por auspiciar la revalorización de este patrimonio musical argentino.

Cuando el silencio se impuso finalmente en la sala y la aguja comenzó su recorrido sobre el disco de acetato, la experiencia de escucha devino en un viaje en el tiempo y la percepción. Los temas que transitaron desde la etapa más primigenia de Sui Generis hasta las complejidades sinfónicas de La Máquina de Hacer Pájaros y Serú Giran se sometieron a una profunda reinvención en el crisol de la voz de Mercedes. Su registro, grave y poderoso, surcó los intricados paisajes instrumentales que García había elaborado con una meticulosidad casi obsesiva, transformando melodías conocidas en experiencias nuevas que se dilataban en el espacio sonoro.

La escucha en perspectiva y el diálogo de los opuestos

Abordar un disco con la distancia que otorgan casi tres décadas es un ejercicio fascinante que revela pliegues insospechados, a menudo invisibles en el momento de su gestación. La memoria, en su incesante cocción, modifica la apreciación de las obras, desplazándolas de sus coordenadas originales. El oído del presente no es el mismo que el de 1997; los relatos, las modas y las sensibilidades se han transformado, y esa evolución incide directamente en la manera en que se percibe esta alianza entre Mercedes y Charly. Ambos artistas profesaban una devoción mutua que, sin embargo, parecía anclada más en el terreno de lo afectivo que en una sintonía puramente musical, una dinámica que se hace palpable en la escucha y que quizá explique por qué el álbum nunca tuvo una presentación en vivo. Esta condición intrínseca condiciona y enriquece a la vez la recepción del trabajo.

Si se aborda el material como un capítulo más en la vasta discografía de Mercedes Sosa, anclada en el imaginario del folklore acústico (aunque ella lo trascendiera con creces), el álbum revela una naturaleza fragmentaria, un tejido de momentos brillantes que conviven con ciertos extravíos estilísticos. Sin embargo, si el oyente opta por comprenderlo como una obra de Charly García donde la tucumana oficia de invitada de lujo, la perspectiva se invierte por completo: “Alta fidelidad” se erige entonces como una pieza extraordinaria, un campo de batalla estético donde la tensión entre dos cosmovisiones expresivas se administra con una inteligencia poco común. Frente al arsenal sonoro propuesto por García, Mercedes se convierte en una extranjera, una ciudadana del mundo que, desde esa misma condición de forastera, encuentra su mayor fortaleza. Como un “torazo en rodeo ajeno”, parafraseando al Martín Fierro, la cantora despliega todo el teatro de su voz para adentrarse en territorios insospechados, habitando las canciones con una autoridad que trasciende cualquier etiqueta.

El barroquismo sonoro y el peso de la historia

El clima sonoro del disco es, por momentos, abrumador en su densidad. García se manifiesta en su faceta más barroca y prolífica, un interventor incansable de sonidos que construye sólidos bastidores acústicos para luego imprimir filigranas de detalle sobre los fondos, comentando incesantemente la línea melódica. No obstante, el disco encuentra su punto más alto de combustión en aquellos instantes donde el afecto y la vulnerabilidad se imponen a la parafernalia del estudio. Temas como “Rezo por vos”, que cuenta con la participación estelar de Luis Alberto Spinetta, o la irreverente “Promesas sobre el bidet”, comienzan a trazar un puente sólido entre ambos mundos. Pero es en el clima gozoso de “Cómo mata el viento norte” y en la interpretación monumental de “Cuando ya me empiece a quedar solo” —casi un himno adoptado por Mercedes— donde la comunión se vuelve verdaderamente íntima y poderosa.

A lo largo del repertorio, la cantora se muestra comodísima en la sencillez de “El tuerto y los ciegos”, se ajusta a las exigencias melódicas de “De mí” y “Cerca de la revolución”, y hasta resulta grato escucharla lidiar con las afinaciones fluctuantes para ceñirse a la tremenda melodía de “Plateado sobre plateado”, el corte que cierra un trabajo que oscila entre la depresión y la exaltación, producto más de golpes de genio que de una organización preconcebida.

Títulos como “Hablando a tu corazón” y “Los sobrevivientes” —este último casi una pieza teatral con la participación del recordado Alfredo Alcón— dan cuenta de un imaginario sonoro inagotable donde Mercedes funda sus propios espacios. Sin embargo, el ojo crítico también detecta resquicios, como en el tema inaugural “Cuchillos”, donde más allá del cambio de palabras (la emblemática sustitución de “agonía” por “alegría”) la ansiada chispa de la combustión artística no termina de encenderse por completo.

Al final de la jornada, lo que queda es la certeza de que “Alta fidelidad” es el testimonio de una historia hecha de caos y control, un documento sonoro que captura el choque entre una voz grabada a sangre y fuego en el inconsciente colectivo argentino y uno de los talentos más deslumbrantes del siglo pasado, un sobreviviente de sí mismo que sigue maravillando. En su segunda vida, sobre el soporte redondo y negro, el disco suena con una claridad inmediata y una nostalgia precisa, y todavía le queda resto para seguir sorprendiendo a oyentes viejos y nuevos, demostrando que la música, cuando es grande, siempre encuentra la manera de reinventar su propia fidelidad.

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