Más allá del resultado adverso ante España, la figura de Lionel Messi y el devenir de esta Selección Argentina trascendieron lo meramente deportivo. En un país fracturado por el desencanto y la desidia oficial, el capitán y sus compañeros, oriundos de los humildes clubes de barrio, se erigieron como un espejo de resistencia y pertenencia, desafiando al poder establecido y recolocando en la escena global una demanda histórica que late en lo más profundo del ser argentino.
El desenlace de la final, que se consumó con una justa derrota frente al combinado español, no hizo más que confirmar lo que ya se vislumbraba en el horizonte mucho antes de que el árbitro decretara el final del encuentro. No se trataba, ni remotamente, de desgranar tácticas o señalar falencias en el campo de juego; la cuestión residía en la dimensión extraordinaria de un hombre que, con su magia y entrega, supo sintetizar las ansias de un pueblo entero. Lionel Messi, ese pibe al que los argentinos creemos conocer desde siempre, se presentó en esta contienda como el espejo de una argentinidad profunda, esa que sobrevive a pesar de los embates de un gobierno que ha sumido a los barrios en el despojo y la indiferencia, y de una dirigencia que, en su mayoría, ha traicionado los anhelos más elementales de la ciudadanía.
En este contexto de orfandad institucional, donde el desprecio y la desidia parecen ser la moneda corriente, la irrupción de este seleccionado, nutrido de jugadores que forjaron su oficio en las canchas de tierra de los clubes de vecindario, adquirió una relevancia que excedió con creces la mera competencia deportiva. Estos jóvenes, formados en el seno de las instituciones que el poder intentó sistemáticamente mercantilizar, se convirtieron en emisarios de una esperanza que muchos daban por perdida. No venían a ofrecer títulos vacíos, sino a reinstalar un sentimiento de pertenencia que el sistema se había encargado de erosionar, a recordarle a una sociedad golpeada que aún existe una fibra colectiva que late con fuerza, aunque el contexto sea adverso.
Con una mezcla de espanto y revelación pueril, la sociedad argentina comenzó a percibir que la mirada del mundo sobre nosotros había mutado de manera radical. Aquella máxima que un prócer de la ignominia intentó instalar, aquello de que “en el mundo no se nos cagan de risa”, quedó definitivamente sepultada ante la evidencia de una realidad mucho más cruda y compleja. Hoy, el planeta nos observa y señala a un país cuyo primer mandatario es concebido como un integrante activo del eje del mal de la existencia real, una categoría que nada tiene que ver con los celebrados relatos ficticios que el fascismo contemporáneo se empeña en confundir con la historia verdadera. En este escenario de desprestigio internacional, la gesta de la Selección se erigió como un bálsamo, una oportunidad para reivindicar una identidad que el poder político parecía haber dilapidado.
Es menester recordar que Messi, blanco durante años de las críticas más feroces por parte de aquellos mismos actores que hoy se rasgan las vestiduras, fue el blanco preferido de los mismos cerdos que, desde sus atalayas de poder, apoyaron sin pudor la privatización de los clubes formativos. Aquellos que vilipendiaron su figura y su carácter, que dudaron de su compromiso con la celeste y blanca, son los mismos que ahora pretenden abanderar su éxito. Sin embargo, el astro rosarino, con la sabiduría de quien ha recorrido un largo y espinoso camino, se mantuvo ajeno a estas mezquindades y se convirtió en el héroe que la nación necesitaba. A sus 39 años, bailó su último tango en el escenario de los mundiales, desplegando una capacidad de sacrificio y una entrega que trascendió cualquier estadística, dejando una estela de admiración que pervivirá más allá de los marcadores.
En los días previos a la definición, los sectores de la ultraderecha y sus habituales voceros ensayaron una operación de desprestigio que, aunque no logró anclar en el sentir popular, dejó al desnudo sus intenciones más torpes y mezquinas. El artilugio pretendía instalar la idea de que “el kirchnerismo odia a Messi”, contraponiéndolo absurdamente con la figura de Diego Maradona, a quien se tildaba de “zurdo” para generar una falsa dicotomía política. Esta maniobra incluyó desde la manipulación de viejas declaraciones mías en el diario La Nación, extraídas de su contexto, hasta la difusión de una entrevista apócrifa en la que se atribuían a Máximo Kirchner expresiones denigrantes hacia el plantel. Ante semejante despliegue de toxicidad y perversión, cabe preguntarse cómo no reconocer en Messi a un ser de buena voluntad, a un tipo que, con su liderazgo heterodoxo y su intenso arraigo a la tierra que lo vio nacer, supo sortear todas las trampas del faccionalismo estéril.
El liderazgo de Messi, sin embargo, no fue el único catalizador de la epopeya. El hecho más conmovedor, insólito y potente que nos legó esta selección en el certamen fue sin discusión el triunfo ante Inglaterra y, con él, el despliegue de aquel trapo que portaba la leyenda de la soberanía sobre las Malvinas. Ese lienzo, que se convirtió en un emblema, nos partió el alma y nos reconectó con una herida que permanece abierta en el tejido social. Estos muchachos, a quienes cierta intelligentsia apresuradamente etiquetó como apolíticos, demostraron una lucidez asombrosa al colocar en el centro de la cultura de masas global una demanda que palpita en lo más hondo de la argentinidad que representan. No lo hicieron con arengas grandilocuentes ni con discursos prefabricados, sino con un acto de afirmación identitaria que trasciende cualquier ideología: la enunciación de que “Las Malvinas son argentinas” es, ante todo, una verdad irrefutable, un hecho geopolítico e histórico que el poder alienígena, ese que nos mira desde fuera, no puede soportar.
Este trapo, que tejió un puente incontenible entre los hinchas en las gradas y los jugadores en el campo, se encuentra ahora en una encrucijada fundamental. Su destino parece bifurcarse en dos caminos posibles: puede quedar reducido a una anécdota, a un recuerdo emotivo pero pasajero que se desvanece con el paso de los días, o puede ser enarbolado como un estandarte por un pueblo roto, un pueblo que ha sido desposeído de sus certezas y que anhela, con desesperación, volver a sentirse el legítimo dueño de su propia morada, de su historia y de su porvenir. La elección de ese destino no depende de los jugadores, ni de los dirigentes, ni siquiera de los políticos; reside en la capacidad de la sociedad argentina para rescatar ese símbolo de la efímera anécdota y convertirlo en un motor de reconstrucción nacional.
El ciclo de Messi en los mundiales llegó a su fin, pero su legado, y el de esta camada de jugadores que supieron honrar la camiseta, apenas comienza a escribirse. Nos dejaron una enseñanza invaluable: que la grandeza no se mide únicamente por los trofeos obtenidos, sino por la capacidad de unir a un país desgarrado, por la valentía de reivindicar la verdad ante el cinismo imperante y por la osadía de soñar con una nación más justa y soberana, a pesar de todos los pesares. En la derrota, como en la victoria, estos jóvenes nos recordaron que la argentinidad se forja en la adversidad y que, mientras exista un pibe con una pelota en los pies y un pueblo que lo aliente, la esperanza nunca estará perdida.
