Un mosaico sin brújula: el intermedio mundialista naufragó entre estrellas y desconcierto

Un mosaico sin brújula: el intermedio mundialista naufragó entre estrellas y desconcierto

La esperada actuación inaugural en una final del certamen ecuménico del fútbol, concebida a imagen y semejanza del célebre espectáculo del Super Bowl, derivó en un caleidoscopio de destellos inconexos. Lo que debía ser una gesta cultural se transformó en un desfile de figuras sin hilo narrativo, donde la fugaz presencia de Madonna, la solidez académica de Dudamel y la chispa de Shakira no lograron ocultar la ausencia de un relato común. El propio Liam Gallagher, desde la ironía de su cuenta oficial, sentenció el sentir general al calificar la vivencia como un «mal viaje».

La atmósfera previa al pitido inicial del encuentro decisivo del planeta balón se teñía de una expectativa inusitada. Por vez primera en los anales de la justa máxima del balompié, la pausa entre los dos tiempos reglamentarios sería ocupada por un despliegue artístico de magnitudes colosales, emulando la tradición estadounidense que convierte cada intermedio de su fiesta deportiva en un acontecimiento mediático por derecho propio. Sin embargo, lo que se vislumbraba como una gesta sin precedentes concluyó convertido en un batiburrillo de instantes brillantes pero huérfanos de coherencia, una sucesión de fogonazos que apenas lograron encenderse antes de apagarse en la inmensidad del MetLife Stadium de Nueva Jersey. La impresión general, destilada con acidez por la pluma del líder de Oasis, Liam Gallagher, al término de la transmisión, sintetizó el desconcierto colectivo al equiparar la vivencia con un «viaje lisérgico adverso». Sus palabras no hicieron más que confirmar la perplejidad que flotaba en el ambiente, la sensación de haber asistido a un acontecimiento que prometía epopeya y entregó, en cambio, un collage deslavazado.

El artífice intelectual de esta empresa, Chris Martin, voz visible de Coldplay, había apostado todas sus fichas a una fórmula de fusión radical: entrecruzar estrellas del pop de primerísimo orden, una orquesta sinfónica de talla mundial, personajes de la ficción televisiva más exitosa y hasta los entrañables teleñecos de los Muppets, en una suerte de combinado que, sobre el papel, sonaba a celebración global de la cultura popular. No obstante, la praxis desmintió la teoría con crudeza. Cada uno de esos elementos, pese a su valor individual, pareció orbitar en una galaxia propia, sin que mediara fuerza gravitacional alguna que los ensamblara en un todo armónico. La propuesta, más que un crisol, se asemejó a un escaparate donde las piezas más codiciadas lucían su esplendor solitario, ajenas a cualquier diálogo entre ellas, desdibujando así la identidad de un espectáculo que se presumía redondo.

El plato fuerte de la velada, aquel que concentraba la mayor porción del interés mediático y popular, era sin discusión la comparecencia de Madonna. La soberana indiscutida del pop, inmersa en un periodo de consolidación de su leyenda gracias al flamante lanzamiento de Confessions II, fue designada para levantar el telón de la gala. Y su ingreso, hay que concederlo, estuvo a la altura de su estatus mitológico. Apareció erguida sobre un buggy, manejado por dos colosos del fútbol como Ronaldo Nazário y Ronaldinho Gaúcho, mientras entonaba «Music Inferno», una sugestiva mixtura que aúna su himno bailable «Music» (del año 2001) con el clásico disco de The Trammps, «Disco Inferno». Esta fusión, que hasta la fecha solo había sido atesorada por los seguidores de su gira Confessions Tour entre 2006 y 2007, supuso un fogonazo de nostalgia y modernidad. La diva también regaló un brevísimo fragmento de «Danceteria», corte muy celebrado de su nueva placa, que había adquirido un matiz especial en el territorio argentino a raíz de un vídeo manipulado con herramientas de inteligencia artificial que la propia artista difundió en sus plataformas, engarzando sus imágenes con las de la escuadra albiceleste. Pero, para desazón de los millones que aguardaban su hipnótico influjo, su participación se diluyó en apenas unos compases, un suspiro demasiado exiguo para quien se perfilaba como el imán principal de la convocatoria. Ese instante, acaso el único que logró tejer un puente genuino con la esfera deportiva, mostró a la cantante acompañada en el vehículo por dos emblemas del balompié, que luego salieron al césped a recibir la ovación del público presente, en un gesto que sí capturó la grandeza del evento que albergaba el estadio.

Tras el efímero paso de la reina del pop, el testigo recayó sobre el maestro venezolano Gustavo Dudamel, quien orquestó una colaboración inaudita entre la Filarmónica de Nueva York y músicos de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, para desplegar una versión sinfónica de «Seven Nation Army», el icónico himno de The White Stripes. La intención del segmento, sin duda loable, buscaba insuflar un mensaje de hermandad y tenacidad aludiendo a la realidad venezolana. No obstante, su factura solemne y su discurso, aunque emotivo, quedaron suspendidos en una burbuja estética, sin lograr conectar con la vorágine popular y festiva que se suponía debía impregnar cada minuto del intermedio. Fue un oasis de refinamiento académico que, a la postre, se sintió como un paréntesis desconectado del resto de la trama.

El pulso del show viró entonces hacia el universo del pop asiático, con la irrupción del septeto surcoreano BTS, que desplegó su coreografía y pegadiza melodía de «Dynamite», inyectando una dosis de energía juvenil y producción impecable. Sin embargo, la efervescencia duró lo que un suspiro, para dar paso a un esbozo de comedia escénica protagonizado por Jason Sudeikis y Brendan Hunt, quienes recuperaron sus archiconocidos personajes de Ted Lasso y el entrenador Beard, en un movimiento que funcionó como reclamo para los seguidores de la ficción de Apple TV+ y como avanzadilla del regreso de la serie, pero que, en el contexto del espectáculo, resultó un paréntesis narrativo de difícil justificación.

La sucesión de contrastes se acentuó con la aparición de Justin Bieber, quien, con su guitarra como único acompañamiento, interpretó «Everything Hallelujah», uno de los cortes de su reciente trabajo Swag II. Su actuación, correcta en lo técnico y de corte acústico, careció de la contundencia necesaria para galvanizar el ánimo de una audiencia que esperaba fuegos de artificio. El espectáculo parecía avanzar a trompicones, como un barco a la deriva que cambiaba de rumbo con cada nuevo artista, hasta que finalmente encontró un breve pero intenso temporal de ritmo y color con la llegada de Shakira. La artista colombiana, dueña y señora del imaginario mundialista tras sus inolvidables intervenciones en citas anteriores, irrumpió con la colaboración de Burna Boy para ejecutar «Dai Dai», el tema oficial del torneo que la crítica especializada, en boca de publicaciones como Billboard, ya señalaba como uno de los éxitos más resonantes de la temporada. Fue, quizás, el único pasaje donde la conjunción de música, danza, puesta en escena y carisma logró articularse de manera orgánica y vibrante, ofreciendo un destello de lo que pudo haber sido y no fue. Su presencia reinstauró por un instante la dinámica festiva y tribal que se esperaba de un acto global de tal envergadura.

Pero el broche final, lejos de redondear la experiencia, regresó al terreno del desconcierto. Chris Martin reapareció en escena, flanqueado nada menos que por los Muppets, entonando una canción inédita junto a un coro de niños y adolescentes del PS22 y con la participación estelar de varios de los artistas que habían desfilado previamente. La estampa, de una ingenuidad que pretendía ser conmovedora, derivó en un cierre tan ecléctico como desconcertante, un remate que, en lugar de atar cabos y ofrecer una catarsis colectiva, dejó un regusto a oportunidad desperdiciada y a mensaje inconcluso, reforzando la sensación de orfandad narrativa que había teñido cada minuto de la función.

Cabe subrayar, en aras de la ecuanimidad, que la velada no estuvo exenta de un propósito benéfico, al respaldar el Fondo de Educación FIFA Global Citizen, una iniciativa orientada a recaudar la cifra simbólica de cien millones de dólares para garantizar el acceso de la infancia mundial a una enseñanza de calidad y a la práctica deportiva. Un gesto loable que, sin embargo, quedó diluido en el ruido mediático y en la percepción de un show que no logró estar a la altura de su propia ambición.

En el brevísimo lapso de once minutos, la pasarela del MetLife vio desfilar a algunas de las personalidades más relevantes de la industria musical contemporánea, pero el resultado final nunca consiguió transmutarse en una experiencia perdurable en la memoria colectiva. Hubo cartel, hubo presupuesto sideral y hubo una tecnología escénica al servicio de la pirotecnia visual, pero faltó el alma, la idea rectora que hilvanara los destellos individuales en un relato compartido. El primer intermedio musical en la historia de una final mundialista, concebido como un órdago a la tradición y un salto hacia el entretenimiento de masas de nuevo cuño, quedó finalmente más próximo a un escaparate de celebridades que al verdadero hito cultural que se había anunciado con tanto bombo y platillo. Un mejunje, un cocoliche de difícil digestión que, a tenor de las reacciones, nadie había reclamado y, una vez visto, nadie consideraba necesario. La apuesta, sin duda audaz, se saldó con un saldo de perplejidad, dejando la sensación de que, en el intento por abarcarlo todo, se terminó por no abrazar nada con la suficiente fuerza como para trascender.

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