La administración libertaria redujo de 645 a 272 las unidades organizativas del organismo científico. Empleados alertan sobre el riesgo de perder el dominio de la tecnología nuclear estratégica, la paralización del reactor CAREM y un futuro incierto para la salud y la energía del país.
En una medida que sacude los cimientos de la ciencia y la tecnología argentina, el Gobierno nacional oficializó este lunes una profunda reestructuración en la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) que implica la reducción de casi el 58 por ciento de su organigrama. La noticia, publicada en el Boletín Oficial mediante un decreto firmado por el presidente Javier Milei y el ministro de Economía, Luis «Toto» Caputo, desató una ola de rechazo entre los trabajadores del sector, quienes no dudaron en calificar la iniciativa como un intento deliberado de vaciar una de las instituciones más emblemáticas del país.
«El objetivo es destruirnos», sentenció con contundencia Marianela Kramm, una veterana trabajadora de la CNEA con casi dos décadas de antigüedad en la institución. Su voz se suma al clamor de sus colegas, que ven con estupor cómo se desmantela pieza por pieza el entramado que durante 76 años colocó a la Argentina en la vanguardia de la energía nuclear. La normativa, que arguye la necesidad de «reducir el sobredimensionamiento de su estructura funcional», establece un plazo perentorio de 60 días para que las nuevas autoridades del organismo implementen los cambios, generando un clima de profunda incertidumbre y temor entre el personal.
El rigor de los números expone la magnitud del ajuste. Previamente al decreto, la CNEA contaba con un total de 645 unidades organizativas, que abarcaban desde dos autoridades políticas, once gerencias de área, 240 departamentos y 283 divisiones. Con la nueva disposición, ese número se desplomará a un máximo de 272 unidades. Las gerencias de área se fundirán de once a siete, concentrando áreas como Energía nuclear, Investigación y desarrollo de grandes proyectos, Aplicaciones nucleares a la salud, Producción de radioisótopos, Seguridad nuclear y ambiente, Articulación institucional, y Administración y gestión. Los límites en los escalafones inferiores son igualmente draconianos: los departamentos pasarán de 240 a un tope de 168, mientras que las divisiones sufrirán la mutilación más brutal, al reducirse de 283 a apenas siete.
Para los especialistas del organismo, esta poda no responde a ningún criterio técnico o de eficiencia, sino que es el paso previo a la liquidación de activos estratégicos. Ignacio Cortés, investigador del grupo de Física, Estadística e Interdisciplina, explicó en diálogo con Página/12 que el ajuste pone en jaque el dominio soberano que el país construyó alrededor de una tecnología que será cada vez más relevante en el escenario global. «Las autoridades declaran que con estas reestructuraciones y privatizaciones están favoreciendo el desarrollo de la energía atómica, pero la realidad es la antítesis de ese discurso. Quienes trabajamos dentro de la institución sabemos que es falso; nos están despojando del dominio de estas tecnologías para las que nos preparamos durante décadas», argumentó Cortés, subrayando que la nueva estructura parece diseñada para romper, no para construir.
La falta de comunicación agrava la crisis interna. Kramm denunció que la gerencia, ocupada por figuras afines al gobierno libertario, mantiene un silencio sepulcral. «Publicaron el decreto sin más, sin brindar información detallada, lo que genera una inestabilidad laboral tremenda, miedo a perder nuestros puestos de trabajo y nuestros salarios», afirmó. Además, destacó una omisión significativa: el decreto no hace ninguna mención al proyecto CAREM, el reactor nuclear de potencia de baja envergadura íntegramente diseñado y construido por la CNEA, que ya cuenta con una inversión de 690 millones de dólares y un avance del 65 por ciento en su obra total, pero que permanece en pausa desde hace meses.
El investigador Rodolfo Sánchez, del departamento de Materiales Magnéticos, fue más allá al señalar la contradicción flagrante del oficialismo. Mientras se anuncia un achique de personal, se ha nombrado a casi una treintena de individuos sin la calificación técnica necesaria para ocupar cargos en el sector, cuyo único «mérito» parece ser su cercanía al poder. «La administración no recibe a los trabajadores ni dialoga con los sindicatos. Esta reestructuración no es más que un capítulo más en la expulsión sistemática del personal formado y altamente capacitado. La intención manifiesta del gobierno de Milei es vaciar la CNEA y, por extensión, todo el sistema científico tecnológico nacional», sentenció Sánchez.
Este escenario de desmantelamiento ha encendido las alarmas en todo el arco científico y gremial. Este martes, a pesar de las inclemencias del tiempo y las nevadas que azotan la región, los gremios de la provincia de Bariloche se movilizarán a las 15.30 frente a la Fundación Intecnus para exigir la reincorporación de los despedidos y visibilizar el ataque a los proyectos estratégicos. La convocatoria, que cuenta con el respaldo del sindicato de trabajadores de la educación de Río Negro (UNTER), busca defender no solo una institución, sino el futuro energético y sanitario del país.
Los reactores nucleares de la CNEA no son un mero capricho de la ciencia ficción; sus aplicaciones son vitales para la población. Desde la producción de radioisótopos esenciales para quimioterapias y tratamientos oncológicos, hasta el control de plagas, la seguridad alimentaria y la generación de energía eléctrica. La pérdida de estas capacidades, advierten los trabajadores, condenaría a la Argentina a depender del exterior en áreas sensibles y a perder su sitial como exportador de tecnología.
Mientras tanto, el ministro de Desregulación, Federico Sturzenegger, celebró la medida en sus redes sociales, compartiendo un gráfico que contabiliza la pérdida de más de 71 mil empleos estatales y proclamando el «equilibrio fiscal innegociable». Sin embargo, puertas adentro de la CNEA, el sentimiento es de desolación. Kramm, que ha atravesado todas las crisis argentinas, asegura que ni siquiera en la década de los 90, durante el auge de las privatizaciones menemistas, se vivió un embate tan feroz. Para ella, no hay dudas de que este proceso se enmarca en una geopolítica más amplia, donde los intereses de potencias extranjeras buscan eliminar a la Argentina como competencia en el mercado nuclear. «Es una situación muy triste», concluyó, mientras el futuro de la Comisión Nacional de Energía Atómica pende de un hilo, y con él, el de toda una nación.
