Un revelador estudio de la Universidad de Buenos Aires disecciona la realidad de casi la mitad de los jóvenes argentinos de entre 18 y 29 años. Sumidos en la vulnerabilidad, sus días transcurren entre el desempleo crónico, la falta de horizontes, un profundo malestar psicológico y una creciente adhesión a discursos conservadores y punitivos, en un contexto donde el trabajo formal parece una quimera y la esperanza se refugia en la fe o en figuras políticas disruptivas.
La fotografía del futuro inmediato para una porción significativa de la juventud argentina se revela con tintes sombríos y complejos, muy alejados de las promesas de progreso que antaño definieron el contrato social del país. Una investigación exhaustiva del Ciclo Básico Común de la Universidad de Buenos Aires, que llevó a cabo un sondeo presencial entre más de mil jóvenes en los principales centros urbanos, ha desnudado la cruda existencia de aquel segmento etario que sobrevive al borde del abismo económico y emocional. Este colectivo, definido por su carencia de recursos básicos y su bajo capital educativo, no solo enfrenta la falta de ingresos, sino que ha visto cómo la desesperanza se instala en sus hogares, permeando cada aspecto de su vida cotidiana.
El informe titulado “Jóvenes vulnerables en la Argentina” pinta un panorama donde la estabilidad es un concepto ajeno. Dentro de este universo, la ausencia de ocupación laboral afecta a casi un tercio de los individuos, y lo más alarmante es que, entre ellos, solo una minoría escasa mantiene una búsqueda activa de empleo. Este fenómeno no es atribuible a la pereza o la desidia, sino a un profundo escepticismo, una suerte de desaliento aprendido. Como explica Juan Cruz Esquivel, sociólogo y artífice del estudio, los jóvenes han interiorizado que ni siquiera la obtención de un puesto de trabajo representa una llave maestra para escalar posiciones sociales o cumplir sus anhelos más básicos. La estadística oficial del INDEC corrobora esta percepción, al evidenciar que el desempleo en este rango etario duplica el promedio nacional, afectando con mucha mayor crudeza a las mujeres, donde la desocupación se dispara hasta niveles preocupantes, casi duplicando a la de sus pares varones.
Sin embargo, la precariedad no es un privilegio exclusivo de los desocupados. Quienes han logrado insertarse en el mercado laboral se enfrentan a un ecosistema de alta informalidad y magros ingresos, concentrados en sectores de baja calificación como el comercio o la construcción. El empleo registrado con todos los beneficios de ley es una excepción que apenas cobija a una décima parte de estos trabajadores, mientras que el denominado «emprendedurismo», que a menudo es un eufemismo para la venta ambulante o la economía de plataformas digitales, crece como única alternativa viable. Esta realidad se traduce en una lucha diaria por la supervivencia, donde más de la mitad de los hogares involucrados confiesan que sus ingresos se evaporan antes de que termine el mes, obligándolos a sortear una perpetua escasez. Esta crisis del empleo formal no es un fenómeno reciente; arrastra una década de estancamiento que ha visto cómo la población se incrementa en millones de personas sin que el mercado laboral genere los puestos necesarios para absorberlos, lo que ha precipitado una alarmante dependencia del sistema público de salud, ya que tres de cada cuatro jóvenes carecen de cobertura médica privada o social.
En el plano educativo, la situación revela una temprana y forzosa deserción del sistema formal. La mayoría de estos jóvenes no ha logrado completar la escuela secundaria, y solo una reducida fracción ha podido acceder a estudios superiores. A pesar de que la gran mayoría sigue considerando la instrucción académica como un vehículo potencial para mejorar su calidad de vida, la realidad de la falta de recursos económicos y la ausencia de oportunidades concretas actúa como un muro infranqueable que desvanece dichas aspiraciones. Existe, no obstante, un atisbo de verdad en su fe en la educación: los datos indican que aquellos con un mayor nivel de instrucción logran esquivar, aunque sea parcialmente, la incapacidad de llegar a fin de mes.
Pero quizás el aspecto más desgarrador del estudio es el que aborda la salud mental y los hábitos de esta población. El malestar psicológico se ha normalizado hasta convertirse en una vivencia diaria para la inmensa mayoría. La ansiedad, el nerviosismo persistente y un profundo desgano que roza la depresión son moneda corriente, acompañados de un extendido problema para conciliar el sueño y una sensación de fatiga perpetua. A este cóctel emocional se suma el preocupante consumo problemático de alcohol, tabaco y otras sustancias, que afecta a una porción considerable del grupo. Los expertos señalan con énfasis al uso patológico de los teléfonos celulares y las redes sociales como un catalizador de estos males. La conectividad es casi universal, pero el tiempo excesivo frente a la pantalla, alimentado por la lógica vertiginosa del algoritmo, fragmenta la atención y fomenta la ansiedad, erosionando la necesidad humana fundamental de contacto comunitario genuino y reemplazándola con una interacción superficial y segmentada.
En medio de este vacío institucional y emocional, las creencias y el comportamiento político de estos jóvenes dibujan un perfil sorprendente y, para muchos analistas, contra intuitivo. Se evidencia un colapso del catolicismo como referente espiritual, siendo reemplazado en los sectores más desfavorecidos por un fervoroso crecimiento de las iglesias evangélicas. Estas congregaciones, con una presencia más capilar y un vínculo menos institucional y más afectivo, se han convertido en el principal espacio de pertenencia colectiva, ofreciendo contención a cambio de una estricta rigidez moral y comportamental que moldea un perfil decididamente conservador entre los jóvenes.
Esta cosmovisión se refleja de manera elocuente en el terreno político. El tradicional bastión peronista se resquebrajó notablemente en este segmento, que en las últimas elecciones presidenciales otorgó un amplio respaldo a Javier Milei, un candidato de discurso disruptivo y liberal. Este apoyo, que creció a medida que aumentaba el nivel educativo dentro del grupo, contrasta con una alta abstención entre los menos instruidos. Las prioridades de este electorado son reveladoras: la inseguridad se erige como la problemática principal, eclipsando demandas históricas como la educación o la salud. Esta obsesión por el orden y la seguridad se traduce en posturas radicales, como el apoyo mayoritario a la pena de muerte para delitos graves y la defensa de un control migratorio más férreo, posturas que se acentúan entre los jóvenes con menor formación académica. Así, el diagnóstico final de la investigación dibuja una generación atrapada en la precariedad, que busca respuestas y certidumbres en el refugio de la fe evangélica y en promesas políticas de mano dura, mientras lidia con la angustia del presente y la esfumada promesa de un porvenir mejor.
