Un operativo de entrenamiento para contener las llamas se convirtió en escena de dolor. Siete vidas se apagaron en el Parque Provincial Ischigualasto, donde el helicóptero en el que viajaban se estrelló en un paraje de abrupta geografía. El gobernador confirmó el deceso mientras los equipos de rescate luchaban contra el terreno y las inclemencias del tiempo para recuperar los restos.
El noroeste de la provincia de San Juan se tiñó de luto y conmoción tras conocerse la noticia más sombría de la temporada de incendios: un helicóptero que participaba en una jornada de adiestramiento para brigadistas forestales se precipitó a tierra en el corazón del Parque Provincial Ischigualasto, un enclave de belleza árida y orografía implacable. El siniestro, que tuvo lugar mientras la aeronave se dirigía hacia la vecina provincia de La Rioja para sumarse al combate contra un voraz frente ígneo, culminó con el fallecimiento de los siete ocupantes que viajaban a bordo, sumiendo a la comunidad aeronáutica y a las autoridades en un profundo pesar.
La confirmación oficial del desenlace fatal llegó de labios del mandatario provincial, Marcelo Orrego, quien, visiblemente afectado, transmitió sus condolencias a los familiares de las víctimas y puso de manifiesto la crudeza de lo ocurrido. Según los primeros informes oficiales, la misión de la nave consistía en un entrenamiento especializado orientado a fortalecer las capacidades de respuesta ante el devastador incendio forestal que, hasta el momento, ya ha devorado cerca de novecientas hectáreas de vegetación autóctona en la región. Este operativo se enmarcaba en un cronograma de acciones mancomunadas entre jurisdicciones para intentar doblegar el avance imparable de las llamas, una tarea que, trágicamente, se cobró la existencia de quienes se preparaban para enfrentarla.
Maximiliano Leombruni, un experimentado comandante de aeronaves de ala rotatoria con una vasta trayectoria en operaciones de riesgo, aportó su perspectiva sobre la complejidad inherente a este tipo de despliegues. En declaraciones recogidas por Infobae en Vivo, el especialista subrayó que el peligro es un compañero constante en esta profesión, y que las maniobras de extinción en entornos agrestes multiplican exponencialmente el nivel de exposición. «Todos los que nos desenvolvemos en este ámbito somos conscientes de que el riesgo es consustancial a la labor y, en particular, a las incursiones para sofocar focos ígneos», sentenció el piloto, agregando que las geografías montañosas presentan los desafíos más formidables para cualquier tripulación.
El contexto del vuelo y las circunstancias que rodearon el accidente revelan un escenario de alta exigencia. La nave siniestrada, perteneciente a la firma Hasfly, empresa de reconocido prestigio en el rubro y con una dilatada hoja de servicios en misiones de esta naturaleza, había despegado con el propósito de culminar su travesía en territorio riojano, donde los brigadistas prestarían apoyo logístico y operativo. Leombruni destacó la solvencia técnica de la compañía, señalando que cuenta con una flota acondicionada específicamente para tales fines y con personal de vuelo altamente calificado, lo que torna el episodio aún más desconcertante. El rescate de los cuerpos y la localización de los restos de la aeronave demandaron una prolongada y penosa tarea de rastreo, obstaculizada por la escarpada topografía del parque y las adversas condiciones climáticas que imperaban en la zona, dificultando el acceso de los equipos de emergencia.
Uno de los puntos que concita mayor atención en la investigación preliminar es el entorno operativo. Leombruni enfatizó que maniobrar con helicópteros en la cordillera implica un grado de dificultad superlativa, donde cada movimiento exige una precisión milimétrica. «La única manera de atenuar el peligro en estos parajes radica en emplear aparatos sobredimensionados en cuanto a su capacidad de carga y potencia, y encomendar la tarea a pilotos con una solvencia y bagaje que solo otorgan los años de experiencia», manifestó el experto, describiendo un escenario donde el margen de error es prácticamente nulo.
En lo que respecta a las características técnicas de la aeronave involucrada, el modelo Bell 412 EP biturbina es considerado un estandarte en el ámbito global para la lucha contra el fuego. Leombruni lo definió como una máquina excepcionalmente robusta y fiable, con una potencia notable y una amplia capacidad para transportar efectivos y equipamiento. Pese a estar equipado con tecnología de punta, como un radar meteorológico, el especialista insistió en que la pericia del piloto sigue siendo el factor determinante en zonas montañosas. La labor de estos profesionales, agregó, se desarrolla en un entorno donde las decisiones deben tomarse en fracciones de segundo, a baja altura y en puntos de aterrizaje improvisados y sumamente intrincados. «Es muy probable que la tripulación afectada haya sufrido una pérdida súbita de referencias visuales con el terreno durante el tránsito entre picos, un instante de desorientación que, en cuestión de segundos, conduce a un desenlace fatal», reflexionó, aludiendo a la rapidez con que una situación controlada puede degenerar en tragedia.
Las condiciones meteorológicas, un factor siempre impredecible en la cordillera, jugaron un papel preponderante en el desarrollo de la jornada. La presencia de bancos de niebla y una visibilidad muy reducida en el área del percance fueron confirmadas por las autoridades, sumando un elemento de inestabilidad que pudo haber sido determinante. Leombruni explicó que, a diferencia de los traslados convencionales en áreas urbanas, las misiones de extinción obligan a los pilotos a operar en zonas que, en la mayoría de los casos, son desconocidas y carecen de ayudas a la navegación por radio. «Se puede despegar con condiciones que se consideran marginales pero viables, y en el trayecto el clima puede tornarse hostil de manera abrupta», detalló, sugiriendo que una alteración repentina en el estado del tiempo podría haber desencadenado la catástrofe. A esto se suma la altitud, ya que volar a tres o cuatro mil metros sobre el nivel del mar exige que los motores entreguen casi la totalidad de su potencia disponible para sostener el vuelo, reduciendo drásticamente los márgenes de maniobra.
El relato de Leombruni no se limitó al análisis técnico, sino que incluyó un recuento de sus propias vivencias en situaciones de emergencia, como el accidente que sufrió el año anterior en la Capital Federal durante un despegue, cuando una falla en el motor lo obligó a realizar un aterrizaje forzoso. Estas experiencias, según sus palabras, subrayan la exposición permanente a la que se someten los profesionales del sector. La prevención y la anticipación son, en este sentido, las herramientas más valiosas: la búsqueda constante de zonas de aterrizaje alternativas ante un eventual imprevisto es parte del adiestramiento básico, una práctica que busca mitigar lo impredecible. Mientras las pesquisas oficiales intentan desentrañar las causas exactas del desplome, el eco de esta tragedia resuena como un sombrío recordatorio de la vulnerabilidad humana frente a la furia de los elementos y la exigencia de una preparación permanente para quienes, desde el aire, arriesgan su vida para proteger la tierra.
