Bajo una consigna que atraviesa una década de lucha, organizaciones sindicales, sociales y políticas recorrieron quince kilómetros desde Liniers hasta el histórico escenario porteño, en un clima atravesado por la continuidad de las protestas y la represión del jueves frente al Congreso.
La emblemática Plaza de Mayo volvió a ser testigo de una de esas jornadas que quedan grabadas en la memoria colectiva, cuando las demandas populares encuentran su cauce en el torrente humano que desborda las calles porteñas. Esta vez, el motor de la convocatoria fue una consigna tan escueta como profunda: «Paz, Pan, Tierra, Techo y Trabajo». Cinco palabras que resumen aspiraciones elementales, pero que en el contexto actual adquieren una potencia demoledora frente a un gobierno que, según denunciaron los oradores, ha decidido transformar a los trabajadores en el blanco principal de sus agravios.
La marcha, que partió desde el barrio de Liniers para culminar en el corazón político del país, congregó a una marea humana que no cesó de crecer a lo largo de las quince kilómetros de recorrido. Fue precisamente después de las encendidas palabras del obispo García Cuerva y de la conmovedora manifestación en el santuario de San Cayetano—que año tras año expresa un sentir popular profundamente arraigado—cuando quedó en evidencia algo más que la habitual devoción: una continuidad palpable con la jornada de protesta y represión que apenas dos días antes había sacudido los alrededores del Congreso.
El documento leído por integrantes de la Unión de Trabajadores de la Economía Popular (UTEP) no dejó lugar a dudas sobre el diagnóstico que atraviesa al movimiento obrero organizado. «Este gobierno no solo ajusta, también necesita construir enemigos. Y ha elegido a los trabajadores y a sus organizaciones como las principales destinatarias de sus agravios», se escuchó con claridad en el escenario montado frente a la histórica pirámide. Bajo una bandera que reclamaba la unidad de las trabajadoras y los trabajadores para reconstruir la Argentina, y flanqueados por referentes sociales y sindicales de todo el espectro, los oradores trazaron un diagnóstico severo y, al mismo tiempo, un llamado apremiante a la acción colectiva.
«Nos quieren convencer de que los trabajadores somos el problema», advirtieron desde el estrado. «Pero el problema nunca fue quien trabaja; el problema es un modelo económico que concentra riqueza para unos pocos y condena a las grandes mayorías a la exclusión. El problema es un gobierno que remata nuestra soberanía y le pone el cartel de venta a nuestro territorio nacional». El tono se elevó cuando denunciaron que «están destruyendo derechos conquistados en décadas de lucha. Quieren imponer una sociedad donde el mercado decida quién merece vivir con dignidad y quién queda descartado. No vamos a aceptar esta Argentina para pocos».
La asistencia masiva y la organización impecable dieron cuenta de la tan declamada unidad entre las distintas centrales obreras. La CGT, las dos CTA y los sindicatos que las integran confluyeron en un mismo espacio junto a organizaciones sociales de la talla de La Poderosa, el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos —que agrupa a Curas en Opción por los Pobres y Curas Villeros—, Barrios de Pie, el Movimiento Evita y Cuba MTR, entre muchas otras agrupaciones que desplegaron sus banderas a lo largo y ancho de la avenida.
Pero si hubo un emblema que se multiplicó en momentos, asistentes, carteles, remeras, pañuelos y pines, ese fue sin duda el de «Las Malvinas son Argentinas», que quedó como un ícono imborrable tras el reciente partido entre Argentina e Inglaterra. Junto a esas letras fijadas en aerosol sobre una sábana de hotel, aparecieron aquí y allá los símbolos más auténticos de la economía popular: el carrito del cartonero, las ollas populares, los cucharones, los delantales de quienes cuidan y alimentan en los barrios más humildes. Ellas, las mujeres de los territorios, marcharon en primera fila y fueron de las primeras en ingresar a la plaza después de la larga y agotadora caminata, dando testimonio del protagonismo que han asumido en la resistencia cotidiana.
El escenario también albergó un momento de profunda emoción con el homenaje a Taty Almeida, a cargo de Adolfo Pérez Esquivel y María Adela Antokoletz, de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora. El Nobel de la Paz, con sus «recién casi 95 años», compartió con Página/12 sus impresiones sobre el clima social: «Estamos viendo resurgir la rebelión de las conciencias, la resistencia del pueblo que está harto de la entrega y el desprecio de un presidente que hizo 17 viajes a Estados Unidos y ni uno solo a una provincia, a hablar con un conciudadano». Pérez Esquivel relató además que el jueves intentó llegar a la manifestación en defensa de la tierra, pero la policía se lo impidió, como a tantos otros, debido al desproporcionado vallado y la represión que comenzó a «correr a la gente para afuera de la plaza», obligándolo a regresar sin poder alcanzar el Congreso. «Si el pueblo se une y resiste, este engendro se termina», sentenció con la autoridad que le confieren décadas de lucha por los derechos humanos.
La jornada en Plaza de Mayo arrancó temprano, a las once de la mañana, con una iniciativa que combinó solidaridad y visibilización: un «verdurazo» organizado por cooperativas frutihortícolas de La Plata y la cooperativa láctea Colonia Ferrari, que distribuyeron generosamente 500 litros de leche y 500 kilos de verduras, principalmente de hoja verde. «Acá nadie se salva solo», resaltaban los feriantes de la UTEP, que montaron sus puestos a lo largo de la calle, frente a la Catedral y sus alrededores, demostrando que la economía popular no solo reclama, sino que también produce y sustenta a las comunidades.
Otras formas de visibilización se desplegaron en el espacio público. Una muestra fotográfica en las rejas de la pirámide puso en valor los distintos trabajos de la economía popular y exhibió datos escalofriantes: desde fines de 2023 a abril de 2026 cayeron 141 mil puestos de trabajo registrados, mientras se incorporaron más de 400 mil monotributistas y más de 9 millones de personas trabajan en la informalidad. Argentina se consolidó como el país con el peor salario de la región: 250 dólares, frente a los 600 o 700 de Costa Rica, México o Uruguay, una brecha que evidencia la profundidad de la crisis estructural que atraviesa el mundo del trabajo.
En un puesto informativo se denunciaron las obras en barrios populares paralizadas por el gobierno nacional, con el reclamo explícito de «no frenar lo que funciona». «Si el Estado retrocede, avanza el narcotráfico», advertía el cartel que exigía la restitución del FISU, el Fondo de Integración Socio Urbana, que durante su vigencia financió más de 1.200 obras en mil barrios, transformando la vida de cientos de miles de familias.
Pasadas las dos de la tarde, las columnas con el enorme cartel de la UTEP y las insignias de las distintas organizaciones ingresaron a la plaza por Avenida de Mayo. Los organizadores calcularon que al momento del acto las 50 mil personas habían colmado el espacio, en una demostración de fuerza que superó las expectativas más optimistas. A las figuras religiosas tradicionales—la Virgen de Luján, San Cayetano, las espigas con la estampita—se sumaron otras más contemporáneas, como un Papa Francisco «cartonero» confeccionado artesanalmente, que recorrió la marcha entre sonrisas y emociones.
«Reconocimiento salarial para las cuidadoras comunitarias», pedía el colorido cartel que portaban las mujeres de las primeras filas. Romina y Lorena, de la organización 25 de Mayo, una responsable de una panificadora y la otra docente a cargo de un espacio de primera infancia, compartieron con este diario sus sensaciones: «Fue muy cansadora la caminata, pero hermosa. Es cansador pero da mucha fuerza a la vez», dijeron, reflejando el espíritu de una jornada que combinó el esfuerzo físico con la renovación de energías políticas.
El documento consensuado que se leyó desde el escenario tuvo un momento especialmente significativo cuando los oradores recordaron que se cumplen diez años de esta marcha, con la misma consigna de «Paz, Pan, Tierra, Techo y Trabajo», renovada cada vez con nuevos matices pero manteniendo su esencia transformadora. «Son diez años de este camino colectivo, inspirado en aquella histórica movilización de Paz, Pan y Trabajo de 1982, cuando el movimiento obrero enfrentó a la dictadura cívico-militar marchando desde esta Catedral hasta Liniers», evocaron. «Esa lucha sigue siendo un faro para quienes creemos que la dignidad del pueblo se defiende con organización y solidaridad».
Entre las consignas leídas en el escenario, se repitió con fuerza el pedido de libertad para Cristina Kirchner y para Milagro Sala, dos figuras emblemáticas de la resistencia política que hoy se encuentran bajo el peso del lawfare y la persecución judicial.
El secretario general de la UTEP, Alejandro Gramajo, destacó el amplio acompañamiento social a la marcha, incluido el del movimiento estudiantil, y agradeció las contundentes palabras del obispo García Cuerva, «su bendición y su acompañamiento, la bendición a las herramientas de trabajo que expresan todo lo que hacen cotidianamente los trabajadores de la economía popular, produciendo y cuidando en las comunidades».
En la desconcentración, mientras sonaba el Indio Solari—otro ícono dibujado en las banderas—, el barro de la plaza mostraba todo lo que había pasado allí el día anterior. No solo la lluvia intensa, sino también algunos papeles y carteles que quedaron recordando una continuidad en la calle. «Si malo es el gringo que nos compra, peor es el criollo que nos vende. Fijate de qué lado de la mecha te encontrás», decía un cartel que tenía pintados un hornero y una bandera argentina, y que alguien se había ocupado de resguardar cuidadosamente entre las rejas de la pirámide, sumándose así a la memoria de esta jornada histórica.
La marcha por «Paz, Pan, Tierra, Techo y Trabajo» no fue un hecho aislado, sino una pieza más de un engranaje de resistencia que se viene construyendo desde hace una década, y que encuentra en la unidad del movimiento obrero y popular su principal fortaleza. Frente a un gobierno que, según denunciaron, «remata la soberanía y pone cartel de venta al territorio nacional», la respuesta organizada de las mayorías se expresó con claridad en las calles de Buenos Aires, demostrando que el reclamo por una Argentina para todos sigue más vigente que nunca.
