El mandatario argentino, en su paso por Bogotá para asistir a la transmisión de mando de Abelardo de la Espriella, protagonizó un efusivo saludo al monarca español que fue tildado de sumiso en las plataformas digitales, mientras en el plano doméstico crece la tensión interna por el traspié legislativo del oficialismo.
La gira internacional del presidente Javier Milei adquirió este miércoles un matiz inesperado tras su fugaz pero intenso cruce con el rey de España, Felipe VI, en el marco de la ceremonia de asunción del nuevo procurador colombiano, Abelardo de la Espriella. Lo que en principio era una escala protocolar para afianzar lazos con la derecha sudamericana se transformó en un termómetro de la percepción pública sobre la conducta diplomática del libertario, luego de que un video captara el momento exacto en que el jefe de Estado argentino se aproximaba al monarca con una actitud que muchos interpretaron como una genuflexión impropia de un presidente republicano.
Con la voz entrecortada por lo que parecía una emoción desbordante, Milei se dirigió al Borbón con un efusivo «Su majestad, qué placer verlo, qué gusto verlo», mientras estrechaba su mano y mantenía una postura inclinada que denotaba una reverencia inusual en el ámbito diplomático contemporáneo. A su costado, la secretaria general de la Presidencia, Karina Milei, y el canciller Pablo Quirno completaban la comitiva que acompañó aquel instante, el cual no tardó en viralizarse y generar un torrente de reacciones encontradas en las redes sociales, donde los usuarios no escatimaron en calificar el gesto como una muestra de subordinación monárquica que contrasta con el discurso altivo que el líder suele esgrimir en sus apariciones públicas.
Este episodio ocurre en medio de una agenda que el mandatario intenta consolidar como el máximo referente de la derecha en Latinoamérica, un rol que viene cultivando desde su arribo a la Casa Rosada y que busca fortalecer mediante encuentros bilaterales con figuras afines en el continente. Sin embargo, su paso por Bogotá, que incluyó una reunión previa con el presidente ecuatoriano Daniel Noboa, quedó eclipsado por la polémica del saludo real, que desató comparaciones con otras apariciones internacionales del argentino y avivó el debate sobre la coherencia entre su discurso antimonárquico y su comportamiento práctico ante la realeza europea.
Mientras la imagen daba la vuelta al mundo, en el plano interno del Gobierno argentino la preocupación se multiplicaba por un frente completamente diferente. La tensión se palpaba en los pasillos de la Casa Rosada tras el desaire legislativo que sufrió el oficialismo en el Senado, donde un proyecto clave para la administración libertaria naufragó por errores de cálculo político. En ese contexto, la figura de la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, emergió con fuerza al filtrarse su airado reclamo contra el diputado José Luis Espert y el economista Fernando Benegas Lynch, a quienes habría espetado un contundente «Nos hiciste perder los votos», reflejando la fractura interna y el malestar del ala dura del Ejecutivo por la impericia parlamentaria que puso en jaque una iniciativa considerada prioritaria.
La combinación de estos dos sucesos—la reverencia ante Felipe VI y el papelón en la Cámara alta—pinta un panorama complejo para un presidente que buscaba proyectar fortaleza en el exterior pero que, en cambio, regresa a Argentina con su imagen erosionada tanto por los gestos diplomáticos como por las grietas en su propio espacio político. Los analistas coinciden en que el saludo al monarca español, más allá de la anécdota, podría tener repercusiones simbólicas de largo alcance, especialmente en un país donde el sentimiento republicano y la memoria histórica respecto a la colonia siguen siendo fibras sensibles del imaginario colectivo.
Por su parte, fuentes cercanas a la delegación argentina intentaron restar trascendencia al episodio, argumentando que el trato dispensado al rey responde meramente a las normas de cortesía exigidas en el protocolo de la Casa Real, y que la supuesta sumisión no sería más que una exageración de la oposición mediática. No obstante, la explicación oficial no logró contener el aluvión de memes y comentarios sarcásticos que inundaron la esfera digital, donde se multiplicaban las comparaciones con otros líderes latinoamericanos que han sabido mantener un equilibrio entre el respeto institucional y la dignidad presidencial sin incurrir en excesos de afectación.
La gira colombiana de Milei, que en principio estaba destinada a ser un escaparate de su modelo de gestión y un punto de apoyo para su proyección internacional, quedó así teñida por un gesto que, para sus críticos, delata una fascinación acrítica hacia las monarquías europeas, mientras que para sus defensores no es más que un acto de educación sin mayor relevancia política. Lo cierto es que, en el tablero doméstico, el oficialismo deberá lidiar con las consecuencias de un fin de semana donde las imágenes desde Bogotá y los traspiés en el Congreso se conjugaron para recordarle a la opinión pública que la distancia entre el relato grandilocuente y la práctica cotidiana del poder puede ser, a veces, abismal.
Mientras el avión presidencial surca los cielos de regreso a Buenos Aires, el equipo de comunicación intenta contener los daños y reorientar el foco hacia los logros concretos de la administración. Sin embargo, la estampa de aquel saludo con la voz quebrada y el cuerpo inclinado permanece grabada en la retina de los argentinos, alimentando un debate que trasciende lo anecdótico para instalarse en el corazón de la identidad política y diplomática de un país que, desde hace décadas, observa con recelo cualquier asomo de pleitesía hacia las antiguas potencias coloniales.
