El tablero electoral se resquebraja: entre el declive de la imagen presidencial y la incógnita del balotaje, el Gobierno analiza los costos políticos de un año agitado.

El tablero electoral se resquebraja: entre el declive de la imagen presidencial y la incógnita del balotaje, el Gobierno analiza los costos políticos de un año agitado.

A poco más de un año de los comicios generales, las mediciones de opinión pública revelan una erosión significativa del consenso que alguna vez apuntaló al oficialismo. Mientras la administración libertaria negocia su supervivencia política en un escenario de fragilidad económica y reveses simbólicos, los estrategas de la Casa Rosada evalúan una estrategia arriesgada: la eliminación de las PASO como herramienta para desarticular a la oposición, en un contexto donde el rechazo al Gobierno ronda el sesenta por ciento y la promesa de cambio se ha convertido en un clamor mayoritario.

En las vísperas de los recientes reveses diplomáticos en el continente, y mucho antes de que el escándalo por la iniciativa de tierras o la tensa cumbre con los organismos multilaterales de crédito acapararan los titulares, el universo de los analistas políticos y demoscópicos ya se debatía entre dos grandes incógnitas. La primera de ellas, de carácter coyuntural pero de profundo calado, indagaba sobre la capacidad del Gobierno para seguir desgastándose en su valoración ciudadana y en su techo electoral por motivos que trascienden lo puramente económico. La segunda, de una envergadura estratégica mayúscula, se preguntaba si, llegado el momento de una eventual segunda vuelta, el actual mandatario conservaría realmente opciones de revalidar su mandato, habida cuenta de que más de la mitad del padrón reclama un rumbo alternativo. Sin embargo, y como contrapeso a este diagnóstico pesimista, en los despachos oficiales se aferran a una certeza matemática: la posibilidad de un triunfo en el primer asalto comicial no resulta en absoluto quimérica, puesto que el piso del cuarenta por ciento de los sufragios se vislumbra alcanzable, especialmente si el peronismo concurre fragmentado a la cita con las urnas, escenario en el cual la fuerza gobernante podría imponer una brecha de dos dígitos sobre el segundo competidor, tal como lo estipula el marco constitucional para evitar el desempate.

Los muros de la sede gubernamental resguardan celosamente sus secretos, pero los movimientos tácticos de los hermanos que encabezan el proyecto oficialista delatan un diagnóstico compartido. La decisión de jugarse el todo por el todo para impedir la realización de las Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) no es un capricho administrativo, sino un cálculo político de alto riesgo: despojar al justicialismo de la herramienta que tradicionalmente le ha servido para dirimir internas y, en consecuencia, evitar que ese espacio heterogéneo pueda convalidar una candidatura unificada que concentre el voto opositor. Esta lectura de la coyuntura fue el eje del diálogo que este diario mantuvo con diversos consultores y artífices de campañas, quienes desmenuzaron las claves que definirán la contienda venidera.

Durante un largo período, el consenso entre los sondeadores de opinión era monolítico en un aspecto: el único termómetro válido para medir la temperatura del respaldo oficial era la evolución de los indicadores macroeconómicos, la capacidad de ahorro de las familias y el nivel de endeudamiento. Si bien la gestión actual ha soportado embates significativos, desde la polémica en torno al organismo de inteligencia hasta el cuestionado incremento patrimonial de un alto funcionario, la premisa de que «la economía es el centro de la gravedad política» parecía inquebrantable. No obstante, ese principio de hierro está siendo sometido a una prueba de fuego ante la acumulación de eventos adversos que resuenan en la fibra nacionalista y en la percepción de identidad.

El analista Roberto Bacman, del Centro de Estudios de Opinión Pública (CEOP), fue contundente al describir el fenómeno reciente como un «golpe inesperado» para el oficialismo. Según su perspectiva, la administración especuló con que el fervor deportivo internacional proporcionaría un respiro en el clima social, pero la realidad le deparó una sorpresa mayúscula cuando el símbolo de la bandera de las Islas Malvinas irrumpió en el debate público, movilizando un sentimiento patriótico profundo que dejó al descubierto las fisuras del relato oficial. En ese terreno, el Presidente naufraga. Los datos que esgrime el consultor son elocuentes: el sesenta y seis por ciento de la ciudadanía considera que el mandatario carece de atributos patrióticos, mientras que un sesenta por ciento asocia al Fondo Monetario Internacional con la figura del usurero. La reciente confrontación en el Congreso por la normativa agraria, que finalmente fue despojada de sus artículos medulares, ha añadido leña al fuego. Ante la adversidad económica, se puede reclamar paciencia; pero frente a la percepción de desapego a la soberanía, no existe relato que lo justifique. En un país donde lo nacional opera como un piso de legitimidad ineludible, la caída en la estima parece no tener piso.

Por su parte, Federico Aurelio, de la consultora ARESCO, matizó la discusión al recordar que la variable económica sigue siendo el principal regulador del humor social. La dificultad para cerrar el mes, la contracción de la actividad y el fantasma del desempleo pesan más que la inflación en el ánimo colectivo. Sin embargo, el consultor advirtió que el año 2026 ha acumulado una sucesión de hechos con saldo más negativo que positivo para el Gobierno. Este cúmulo de sucesos está generando dudas incluso entre los votantes que conforman el núcleo de apoyo al proyecto libertario. Si bien aquellos que ya se posicionan en la vereda de la oposición son irredimibles, la batalla se libra en la franja de los indecisos que supeditan su voto a la mejora de sus condiciones materiales. Hasta ahora, la balanza no se ha inclinado definitivamente, pero la advertencia es clara: la acumulación de episodios adversos podría, eventualmente, hacerla oscilar.

La visión de Santiago Giorgetta, de la firma Proyección, introduce un dato alarmante para el oficialismo: el núcleo duro de respaldo, que hace apenas tres meses representaba el treinta por ciento del electorado, se ha contraído hasta el veinticinco por ciento. El especialista señala que los contratiempos diplomáticos con Brasil, y especialmente el desenlace de la Ley de Tierras, tienen el potencial de erosionar aún más ese piso. El respaldo general ha pasado del cuarenta y cinco al cuarenta por ciento, y la pérdida se concentra precisamente en aquellos que todavía desean la continuidad del proyecto. ¿Es posible una remontada? Giorgetta sostiene que para revertir esta tendencia, el Gobierno debe ofrecer señales tangibles de recuperación económica, pero advierte que las declaraciones presidenciales deslindándose de la microeconomía y de los problemas de endeudamiento cotidiano no contribuyen a generar esa expectativa. La ciudadanía, añade, ya no se conforma con la mera estabilidad; exige mejoras palpables.

Un análisis demográfico profundo, impulsado por el politólogo Mario Riorda, revela que el retroceso del apoyo al Gobierno es particularmente agudo entre los jóvenes y las mujeres. Tomando como base cuatro sondeos de diferentes casas (Haime y Asociados, Zuban Córdoba, Management & Fit y AtlasIntel), Riorda documenta una «caída impactante» del respaldo juvenil, que se ha revertido hasta alcanzar una relación de dos a uno en contra. La brecha de género también se ha estrechado, dejando de ser un fenómeno exclusivamente femenino para extenderse al electorado masculino. En los estratos de menores recursos, la desaprobación alcanza el setenta por ciento, y entre las mujeres, el sesenta y siete. Este vuelco en la juventud es particularmente trascendente, dado que ese segmento constituía uno de los bastiones más sólidos del mandatario en los albores de su gestión.

En cuanto a la perspectiva de los comicios, las opiniones se dividen pero coinciden en la complejidad del escenario. Hugo Haime considera que el tablero aún no está definido y que la presencia o ausencia de candidatos concretos modificará sustancialmente el panorama. Su simulación indica que si el peronismo logra una candidatura unificada, o si emerge una figura de centro-derecha con peso (como la vicepresidenta o el expresidente Mauricio Macri), la contienda se dirimirá inevitablemente en un balotaje, el cual, por ahora, se vislumbra como un empate técnico. Existe un porcentaje cercano al veinte por ciento del electorado que rechaza tanto al oficialismo como a la oposición tradicional, y serán esos votantes los que, en última instancia, inclinen la balanza.

El diagnóstico de Raúl Timerman, del Grupo de Opinión, es aún más crudo al afirmar que casi el sesenta por ciento de los ciudadanos asegura que jamás votaría al actual Presidente. En el voto espontáneo, el mandatario alcanza un veintisiete por ciento de respaldo, una cifra que, aunque relevante, resulta insuficiente para asegurar la reelección. El dato más revelador, sin embargo, es que un tercio de los votantes que apoyaron al libertario en 2023 (cuando obtuvo el cincuenta y seis por ciento) se manifiesta hoy arrepentido. Esta pérdida de capital político explica, en opinión de Timerman, la obsesión oficialista por eliminar las PASO, buscando truncar la posibilidad de unidad peronista. Si el justicialismo concurre dividido, Milei podría alcanzar el cuarenta por ciento y alzarse con el triunfo en primera vuelta; pero si logra unificarse, el piso del treinta por ciento que históricamente posee ese espacio político pondría en jaque la victoria oficialista, proyectando una derrota en el balotaje.

Finalmente, Gustavo Córdoba, de Zuban Córdoba, pone el acento en el denominado «voto-cambio», una categoría que agrupa a quienes anhelan una ruptura con el status quo. Los sondeos indican que los partidarios de la continuidad oscilan entre el veinticinco y el treinta y cinco por ciento, mientras que los que demandan un giro radical representan entre el cincuenta y cinco y el sesenta y cinco por ciento. Para que el Gobierno pueda forzar un triunfo en primera vuelta, deberá mantener controlados cuatro ejes neurálgicos: el tipo de cambio, la inflación, la recuperación del poder adquisitivo y la fragmentación de la oposición. Córdoba concluye con una máxima recurrente en el análisis político: en los años pares, la oposición se enfrasca en disputas internas; en los impares, tiende a encontrar caminos de unidad. Con este panorama, el consultor augura dificultades mayúsculas para la reelección, tanto en primera como en segunda vuelta, dejando la incógnita abierta sobre si el oficialismo podrá revertir esta tendencia adversa antes de que el calendario electoral marque el inicio definitivo de la campaña.

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