El peronismo, atrapado entre la grieta interna y el descontento social: la militancia transita un mar de incertidumbre mientras el oficialismo marca el pulso de la agenda

El peronismo, atrapado entre la grieta interna y el descontento social: la militancia transita un mar de incertidumbre mientras el oficialismo marca el pulso de la agenda

La confrontación pública entre Cristina Fernández de Kirchner y Axel Kicillof profundiza el desconcierto de las bases, mientras el ajuste libertario y la falta de una oposición consolidada generan un caldo de cultivo donde el hartazgo ciudadano no encuentra cauce electoral. La reciente victoria legislativa sobre la extranjerización de la tierra expuso las fisuras del Gobierno pero también las debilidades de un peronismo que transita su propia interna con la mira puesta en 2027.

Un sentimiento de agotamiento profundo corre por las venas de la militancia peronista. El desconcierto que provoca el enfrentamiento público entre Cristina Fernández de Kirchner y Axel Kicillof se acrecienta día a día, en paralelo al incesante deterioro de las condiciones económicas que golpea a los sectores más vulnerables. En ese escenario, la dirigencia justicialista observa con impotencia cómo el programa de ajuste impulsado por Javier Milei avanza sin encontrar en la oposición una respuesta contundente que logre capitalizar el extendido malestar social.

La reciente batalla legislativa en torno a la ley de Tierras marcó un punto de inflexión. El contundente rechazo a la iniciativa oficialista que buscaba facilitar la extranjerización de propiedades rurales evidenció no solo los límites del Gobierno nacional, sino también el vasto descontento que anida en amplios sectores de la población. Sin embargo, esa victoria parlamentaria, que debería haber sido un triunfo político para la oposición, terminó revelando las profundas fracturas internas del peronismo y su incapacidad para presentar un frente unificado.

Desde las filas del kirchnerismo reconocen abiertamente el creciente fastidio que atraviesa a la sociedad y admiten que se ha abierto una etapa signada por una menor beligerancia en las disputas internas. A la espera del pronunciamiento de la ONU sobre la condena que pesa sobre Cristina Fernández de Kirchner, los sectores más cercanos a la expresidenta muestran una creciente cercanía con Sergio Massa, el extitular del Palacio de Hacienda que comenzó a asomar con fuerza en el tablero electoral. El exintendente tigrense, que ya se perfila como uno de los principales actores de cara a los comicios venideros, busca atribuirse el éxito de la estrategia legislativa y exhibe encuestas que lo posicionan favorablemente para 2027, presentándose como el artífice de una eventual unidad del espacio.

En la gobernación bonaerense también advierten la creciente distancia entre el universo político y las demandas ciudadanas. El equipo de Kicillof insiste en la necesidad de «escuchar a la gente» y de desmarcarse de las prácticas tradicionales de construcción política. Bajo esa premisa, justifican la decisión del gobernador de esquivar fotografías junto a Máximo Kirchner y Ricardo Quintela en el reciente encuentro peronista de La Rioja, argumentando que ese tipo de gestos ya no contribuyen a la construcción de un proyecto colectivo con arraigo social.

El horizonte que vislumbran ambas facciones es el de ganar musculatura política de aquí al año próximo, con el objetivo de llegar en las mejores condiciones posibles para dirimir la conducción del espacio en unas eventuales elecciones primarias. Mientras tanto, el senador José Mayans expresó con crudeza lo que muchos militantes sienten: «¡Déjense de hinchar las pelotas!», un reclamo que sintetiza el desamparo de un electorado que observa con impotencia cómo sus referentes se enfrascan en disputas menores mientras el país se desmorona.

La precampaña ya está en marcha, y con ella, también el desencanto. Las encuestas revelan que aproximadamente el sesenta por ciento de los argentinos anhela un cambio profundo en el rumbo del país. Sin embargo, ese hartazgo por el deterioro económico y ese potencial volumen electoral aún no encuentran una representación política definida ni convincente. El peronismo, sumergido en su propia disputa por el liderazgo opositor, no logra ordenar sus prioridades ni transparentar una propuesta alternativa que interpele a esa ciudadanía cansada.

El consultor Gustavo Córdoba sintetiza la paradoja que atraviesa al justicialismo: «El mensaje que le envía a la población es contradictorio: señala la necesidad de salir juntos, pero al mismo tiempo está peleando». A pesar de todo, el director de Zuban-Córdoba subraya que el peronismo mantiene un piso electoral del treinta y cinco por ciento y pronostica que el resultado de la próxima elección dependerá mucho más de la evolución del programa económico de Luis Caputo que de las internas del peronismo. «No la va a ganar la oposición. La gana o la pierde el oficialismo. El peronismo lo único que tiene que hacer es tratar de no pelear y emprolijarse un poco», remata.

En el kirchnerismo no suscriben a esa teoría de la decantación natural. Consideran que no cosecharán un triunfo electoral por el solo efecto espejo de Milei. «No nos van a votar solo por putear», indican en referencia a la necesidad de construir un discurso propositivo y no meramente reactivo. Reconocen que es momento de bajar las tensiones internas, tal como lo expresó Máximo Kirchner cuando afirmó: «Estoy convencido de que no estamos en veredas opuestas», un intento por minimizar las diferencias con el gobernador bonaerense. En el entorno del líder de La Cámpora destacan la vocación de construir puentes y rescatan el valor de la cumbre peronista en La Rioja, aunque lamentan la ausencia de Kicillof, cuya presencia consideraban importante para avanzar en la recomposición del espacio.

Sobre el clima que atraviesa la militancia, desde el kirchnerismo remarcan que «la gente tiene todo el derecho a estar enojada» y admiten que las idas y vueltas en torno al voto de Anabel Fernández Sagasti en el Senado profundizaron la bronca de las bases. El pedido de la senadora mendocina de votar de manera virtual las modificaciones a la ley de Tierras generó una doble reacción: enfureció a un sector del votante peronista que interpretó la solicitud como una muestra de desapego, mientras que enardeció a otro que defendió su postura argumentando que atraviesa un embarazo de riesgo. El desconcierto creció cuando, llegado el momento de discutir el tema en el recinto, el propio peronismo evitó impulsar su habilitación, argumentando que el capítulo de tierras ya había quedado sepultado y que no querían sentar un precedente que pudiera ser utilizado en el futuro.

Más allá de la polémica, los legisladores destacaron la articulación de los distintos sectores del peronismo para frenar la ley, y en ese trabajo en equipo emergió con fuerza el nombre de Sergio Massa. El exministro de Economía dejó trascender que su vínculo con los gobernadores había sido determinante para torcer la votación en el Congreso, una versión que fue impulsada desde las redes sociales de la senadora Juliana Di Tullio. Sin embargo, esa apropiación de los logros legislativos generó resquemores entre algunos compañeros de bancada, que cuestionaron que el exintendente intentara colgarse una medalla que, aseguran, fue producto de un trabajo colectivo de meses. «Aparece como el salvador, pero nosotros veníamos trabajando hace tiempo. Y solo consiguió dos votos cuando el capítulo del Fuego ya estaba caído», se quejan, aunque reconocen que el líder del Frente Renovador comenzó a asomar la cabeza con renovadas aspiraciones.

Massa ostenta sus vínculos con el amplio espectro peronista y pretende erigirse, una vez más, como el candidato de la unidad. La publicación de Di Tullio alimentó especulaciones sobre una posible venia de Cristina Fernández de Kirchner para que enfrente a Kicillof en las primarias. El exintendente exhibe números que lo respaldan: según un informe de Alaska y Tres Punto Zero, si hoy se repitiera el balotaje, el líder del Frente Renovador se impondría sobre Milei con el 53,7 por ciento de los votos frente a un 46,3 por ciento, un dato que alimenta sus aspiraciones y que busca instalar en el debate interno del peronismo.

Para los próximos meses, en el kirchnerismo avizoran un panorama interno menos conflictivo y proyectan recorridas por el territorio con el objetivo de recomponer el vínculo con las bases. «Necesitamos el contacto cara a cara con la gente», sostienen, y para eso Máximo Kirchner tiene agendado visitar entre cuatro y cinco provincias antes de fin de año, sumándose a la gira que comenzó en abril e incluyó Santa Fe, Entre Ríos, Carmen de Areco y el reciente paso por La Rioja. La mayor exposición del diputado encendió rumores sobre una posible postulación en la provincia de Buenos Aires, algo que él desmiente categóricamente.

Mientras tanto, el hijo de la expresidenta insiste en presionar para «romper la proscripción» de Cristina Fernández de Kirchner, un tema que mantiene en vilo al espacio. Los abogados de la exmandataria esperan que la presentación ante la ONU sea tratada en la próxima sesión del Comité en octubre, y un fallo favorable, sea o no acatado por la justicia argentina, impactaría de lleno en el tablero electoral. Hay quienes ya fantasean con una fórmula compartida entre la expresidenta y Massa, un escenario que reconfiguraría por completo el mapa de la oposición.

En La Plata, por su parte, desconfían de los movimientos balsámicos de Máximo Kirchner. Sostienen que el diputado cambió de estrategia y ahora «finge demencia» respecto de sus cuestionamientos al gobernador. «Hace un mes, usó todo el acto en Parque Lezama para putear a Axel y no hablar de Milei. No sé por qué cambió la estrategia. Es inentendible su juego», responden desde el entorno del gobernador, en referencia al mensaje indirecto que el diputado le había enviado en aquella oportunidad, cuando le recriminó «hablar de la unidad» y «no ser capaz de ir a visitar a Cristina para ver cómo está». Días después, el legislador Facundo Tignanelli fue aún más lejos al comparar a Kicillof con el exsindicalista Augusto Vandor, símbolo de la traición para el imaginario peronista. La disputa, así, no solo opera en el plano de la táctica política, sino también en una dimensión emocional signada por heridas, agravios y reproches cruzados.

Tomando como referencia el componente anticasta que expresaron las urnas en 2023, el cálculo de Kicillof es que con las prácticas de la política tradicional se pierde. Asume que existe una distancia creciente entre la sociedad y la dirigencia, y que el desafío es armar un proyecto con olor a nuevo. «La foto no suma. No es la forma de construir. Quedó viejo», expresan en alusión a la ausencia del gobernador en La Rioja, una decisión que justifican en la necesidad de construir de manera diferente. Además, ponen como ejemplo que Milei ganó las elecciones sin los aparatos provinciales, una lección que no ignoran. Para Kicillof, el vínculo que hay que recomponer no es el de los dirigentes peronistas entre sí, sino el de la sociedad con la política en su conjunto.

El objetivo es ganar músculo en el territorio. Proponen que cada sector se fortalezca para dar la discusión el año que viene, con la convicción de que hay tiempo hasta marzo para definir estrategias. En el oficialismo platense confían en que las PASO serían la mejor instancia para ordenar el liderazgo opositor, aunque sobre ese escenario penden dos incógnitas que pueden cambiarlo todo: que la Casa Rosada logre suspender las Primarias, como ha anunciado, y que Cristina Fernández de Kirchner sea habilitada para competir. Sin las PASO, no descartan ir en espacios separados, una eventualidad que profundizaría la fragmentación. Y si Cristina vuelve a ser candidata, están dispuestos a la competencia: «Hace años que estamos esperando que sea candidata. Si ahora es el momento, que lo sea», sentencian desde La Plata, dejando claro que el escenario de una interna abierta no les genera temor.

En definitiva, el peronismo se debate entre la necesidad de unidad y la pulsión de sus diferencias, entre el imperativo de escuchar a una sociedad que reclama respuestas y la tentación de mirarse el ombligo en medio de disputas sectoriales. El reloj corre y la militancia espera, mientras el oficialismo avanza con su programa de ajuste y la oposición sigue sin encontrar el rumbo que le permita capitalizar el creciente descontento social. La historia, una vez más, pone al peronismo frente a sus propias contradicciones.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *