La “xeneize” revirtió con autoridad un marcador adverso, apoyándose en una ráfaga de fútbol ofensivo en el complemento, para edificar una ventaja sólida que lo acerca a los cuartos de final del certamen sudamericano.
El eco del empate vibrante ante Vélez no fue una mera ilusión pasajera. La identidad combativa y el atractivo futbolístico que el equipo de Rodolfo Arruabarrena había esbozado en el certamen doméstico encontraron una réplica contundente en el escenario internacional. Durante la noche del miércoles, en el reducto de Huracán que ofició como sede, el conjunto auriazul desplegó una versión superior de sí mismo para doblegar a Recoleta de Paraguay, en el duelo de ida correspondiente a los octavos de final de la Copa Sudamericana. Con una diferencia de dos tantos en el bolsillo y una superioridad numérica que supo explotar con inteligencia, la escuadra local encarriló su pase a la siguiente ronda, dejando a su adversario con escasas esperanzas de cara al encuentro de vuelta.
El arranque del compromiso, sin embargo, deparó una sorpresa que heló la sangre de los hinchas presentes. Apenas transcurridos seis minutos del primer acto, la visita golpeó con precisión quirúrgica. Pedro Ríos, apareciendo como un espectro por el sector zurdo, se internó en el área y definió con un remate cruzado al palo más cercano, vulnerando la valla defendida por Agustín Montero. Una vez más, el guardameta local evidenció una reacción tardía en su desplazamiento, un gesto que permitió que el esférico se colara entre su cuerpo y el vertical, desatando el estupor en las gradas y la euforia en el reducido contingente paraguayo.
Lejos de venirse abajo, Boca asumió el control absoluto de la tenencia y la circulación, erigiéndose como el indiscutible protagonista del juego. Sin embargo, el equipo se estrellaba una y otra vez contra el muro de la imprecisión en el último tramo de la cancha. Las aproximaciones eran continuas y las situaciones de peligro germinaban con frecuencia, pero los delanteros fallaban en la definición, ya sea por un exceso de apresuramiento o por la falta de claridad en el pase definitivo. Esa tosquedad ofensiva comenzó a generar un clima de impaciencia entre los espectadores, que veían cómo el dominio territorial no se traducía en el marcador. Apenas una fugaz contraofensiva del conjunto guaraní, bien resuelta por Montero, recordó que la ventaja podía ampliarse, pero la tendencia era inequívoca: el cerco sobre el arco rival era incesante, aunque infructuoso en esos primeros cuarenta y cinco minutos.
El destino del partido dio un giro radical en el ocaso de la etapa inicial, cuando el árbitro expulsó a Wilfrido Báez tras un codazo violento sobre el atacante Leonel Flores. Esa acción, que dejó a Recoleta con diez hombres para el resto del encuentro, resultó ser el catalizador que transformaría la noche. Con un jugador de más en el campo, Boca saltó al segundo tiempo con una mentalidad renovada y, sobre todo, con un cambio táctico que resultaría determinante. Arruabarrena movió el tablero y envió al colombiano Villa en reemplazo de Blanco, una modificación que inyectó velocidad, desborde y verticalidad por las bandas.
El efecto del ingreso del cafetalero fue inmediato y demoledor. Su irrupción por el costado derecho desarticuló la endeble defensa visitante, generando dos jugadas consecutivas en un lapso de apenas tres minutos que terminaron con la red inflada. Primero, Santiago Ascacibar, en una notable racha goleadora que ya acumula cuatro tantos consecutivos, conectó un centro preciso para establecer la paridad. La euforia aún no se había desvanecido en la tribuna cuando, en un abrir y cerrar de ojos, Nicolás Delgado aprovechó otro envío del colombiano para rematar sin oposición y dar vuelta el marcador. De la frustración a la exaltación, el estadio se convirtió en un hervidero, mientras el Recoleta, aturdido y sin respuestas, veía desmoronarse su esquema defensivo.
La goleada se redondeó cuando Flores, el mismo que había sufrido la infracción en el primer tiempo, se despachó con una volea espectacular desde el borde del área para establecer el tercer tanto. El golpe fue tan certero que sentenció anímicamente al conjunto paraguayo, que ya no pudo reponerse del vendaval futbolístico desatado por el local. La tarde se tornó aún más negra para la visita cuando, en medio de la desesperación, Mosquera fue expulsado por una infracción brusca, dejando a sus compañeros con nueve elementos sobre el terreno de juego. La superioridad numérica y el ímpetu del conjunto de Arruabarrena se hicieron insalvables.
Más allá del marcador favorable, lo que subyace en este triunfo es una confirmación de la senda ascendente que ha tomado el equipo en las últimas semanas. No solo se recuperó la eficacia perdida en el arranque, sino que se ha agregado una dosis de contundencia que permite vislumbrar el futuro con un optimismo renovado. La capacidad para sobreponerse a un inicio adverso, la inteligencia para explotar las ventajas coyunturales y la explosividad de sus variantes ofensivas son argumentos de peso que el conjunto “xeneize” esgrime en su firme candidatura en el torneo continental. Con esta ventaja de dos dianas, el plantel viajará a Asunción con la tranquilidad que otorga el trabajo bien hecho, aunque consciente de que la llave aún exige un último esfuerzo para sellar su pasaporte a los cuartos de final.
