El conjunto de Alexander Medina dominó las acciones durante gran parte del encuentro en el Jorge Luis Hirschi, pero la falta de contundencia y una decisión arbitral que detuvo el ritmo del partido terminaron jugándole una mala pasada. El 1-1 final ante la Universidad Católica no solo enfría la ilusión, sino que obliga a los platenses a jugarse la vida en el Monumental de Santiago, donde la presión será toda para el elenco argentino.
La noche en el bosque platense había empezado con un sueño. A los tres minutos exactos del cronómetro, el estadio se vistió de gala cuando Joaquín Tobio Burgos, el joven oriundo de Chascomús, aprovechó un rebote fortuito tras un remate desviado de Fabricio Pérez para inaugurar el marcador. Ese destello tempranero parecía ser el bálsamo perfecto para calmar la ansiedad del anfitrión, que necesitaba imperiosamente construir una ventaja sólida para afrontar la revancha en tierras trasandinas. Sin embargo, lo que prometía ser un trámite plácido se transformó en una odisea llena de remordimientos, donde la oportunidad de sentenciar la serie se diluyó como el humo entre los dedos, dejando tras de sí un reguero de bronca e incredulidad entre los aficionados albirrojos.
Durante los primeros cuarenta y cinco minutos, el conjunto dirigido por el «Cacique» Medina desplegó un funcionamiento que rayaba en lo excelso. La presión en campo rival fue asfixiante, con un Eros Mancuso y un Santiago Núñez imponentes en el juego aéreo, mientras que el experimentado Jorge Rodríguez, más conocido como el «Tucu», se erigía como el dueño absoluto del centro del campo, imponiendo su jerarquía y su capacidad para leer los tiempos del encuentro. La estrategia ofensiva se nutría de la velocidad de los extremos, quienes generaban constante peligro por las bandas, pero la contundencia brillaba por su ausencia. Un cabezazo de Núñez que se perdió por el segundo palo, una incursión profunda de Carrillo y un disparo de Tomás Palacios tras una jugada elaborada fueron apenas esbozos de lo que pudo ser una goleada. La visita, por su parte, parecía conformarse con la desventaja mínima, parapetada en su campo y esperando algún milagro que nunca llegó en esa etapa inicial.
No obstante, el fútbol tiene una particularidad cruel: la falta de definición suele pagarse caro, y el Pincha comenzó a transitar esa senda peligrosa en el complemento. La primera gran advertencia llegó a los cuatro minutos del segundo tiempo, cuando una recuperación magistral derivó en un ataque vertiginoso. Tiago Palacios habilitó a Tobio Burgos, quien desbordó por izquierda con una velocidad endiablada y, con el arco a su merced, centró rasante para Fabricio Pérez. El sanjuanino, completamente solo frente a la portería vacía, no logró conectar correctamente el esférico, enviándolo desviado en una acción que quedará grabada en la memoria de los presentes como la chance más clara e imperdonable de toda la velada. Fue el punto de inflexión, el momento exacto donde la certeza se convirtió en duda y la tranquilidad dio paso al desasosiego.
Con el correr de los minutos, el encuentro fue perdiendo fluidez. El ingreso de Joaquín Correa, quien regresaba a la acción tras una larga inactividad, inyectó una cuota de frescura y talento, asociándose rápidamente con Palacios y generando peligro en un par de ocasiones. Sin embargo, la dinámica del partido se quebró por completo cuando el árbitro, atendiendo al protocolo de la Conmebol, decidió detener el juego para una pausa por hidratación, a pesar de las bajas temperaturas reinantes. Esta interrupción, sumada a las constantes infracciones tácticas de los chilenos para cortar el ritmo, terminó por adormecer a un Estudiantes que ya no lograba encontrar los espacios ni la intensidad del primer tiempo.
La visita, que hasta entonces había ofrecido poco más que un guión defensivo, encontró su recompensa en la única oportunidad clara que generó en todo el partido. Un error defensivo en la salida local permitió a Cuevas penetrar por el sector derecho y, con un centro preciso al área chica, el delantero Zampedri se elevó por encima de la zaga para establecer el empate definitivo. El gol, como un balde de agua fría, heló el ánimo del público y evidenció la fragilidad de un equipo que, habiendo sido superior en el juego, pagó la falta de contundencia y la ingenuidad táctica en los momentos clave.
El final del encuentro encontró a un plantel albirrojo sumido en un profundo fastidio, consciente de que la clasificación a los cuartos de final, que parecía un trámite al alcance de la mano, ahora se torna en una misión titánica. El desafío del próximo martes en el Estadio Monumental de Santiago no solo exigirá un despliegue físico impecable, sino también una madurez mental que hoy, bajo la noche platense, pareció faltar. La sensación imperante es amarga: Estudiantes no supo matar el partido cuando tuvo al rival contra las cuerdas, y ahora deberá remar contra la historia y la localía para no quedarse en el camino. El técnico Medina tiene una semana por delante para sanar las heridas y buscar la fórmula que devuelva la eficacia a un equipo que, a ratos, jugó bien, pero que al final, como suele decirse en el argot futbolero, no supo ganarlo.
