Grietas en el Palacio: el creciente aislamiento de Sturzenegger enciende alarmas en el Gabinete y pone a prueba la lealtad de Milei

Grietas en el Palacio: el creciente aislamiento de Sturzenegger enciende alarmas en el Gabinete y pone a prueba la lealtad de Milei

El artífice de la desregulación acumula frentes de conflicto con sus pares y gobernadores, mientras un sector del oficialismo presiona al Presidente para que acote su poder. La pulseada interna revela las tensiones de un gobierno que convive con la urgencia reformista y el costo político de sus propias batallas.

El clima en los pasillos de la Casa Rosada se ha tornado irrespirable para uno de los hombres que hasta hace poco era considerado el cerebro detrás del sueño liberal de Javier Milei. Federico Sturzenegger, el ministro que el propio Presidente bautizó como «El Coloso» en un arranque de admiración pública, transita hoy las horas más críticas de su gestión, envuelto en una tormenta de descontento que ya no se limita a los murmullos de pasillo. La incomodidad que su accionar genera entre los miembros del Gabinete ha escalado a tal punto que varios de sus colegas han comenzado a tejer una estrategia silenciosa pero firme para persuadir al jefe de Estado de que ha llegado la hora de poner límites—o, en el escenario más drástico, de prescindir definitivamente de sus servicios.

El malestar hacia Sturzenegger no es un fenómeno reciente, sino una acumulación de episodios que, como capas de sedimento, han ido endureciendo la paciencia del resto del equipo gobernante. Desde hace meses, en las reuniones de alto nivel se repite un diagnóstico sombrío: el ministro impulsa sus reformas con una mecánica casi automática, sin calibrar el terremoto político que cada anuncio desencadena, y deja que sean otros los que recojan los escombros de las controversias. El punto de inflexión, según fuentes cercanas al diálogo, llegó con la malograda Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, un proyecto que no solo encendió las alarmas entre los gobernadores aliados—quienes vieron en esa iniciativa una amenaza a sus propias arcas—, sino que forzó al Poder Ejecutivo a recular y desguazar partes esenciales de la norma en medio de una presión que pocos esperaban.

Pero el vendaval no amainó allí. Apenas cicatrizada aquella herida, Sturzenegger embistió con otro frente: la desregulación de la actividad de los prácticos, un gremio estratégico en la operatoria portuaria que respondió con una medida de fuerza fulminante. La reacción del sector fue tan contundente que el Gobierno, una vez más, debió tragarse el orgullo y retroceder, dejando en el aire la pregunta de si cada ofensiva del ministro terminará siendo una batalla perdida para la administración en su conjunto.

Para varios miembros del Gabinete, esa seguidilla de tropiezos ya no es tolerable. La sensación que se ha instalado en el despacho de más de un secretario de Estado es que Sturzenegger opera como un francotirador solitario: diseña sus planes en el silencio de su oficina, los lanza sin consultar el mapa de riesgos políticos y luego observa, desde una distancia estratégica, cómo el resto del equipo oficial se debate entre apagar incendios y justificar lo injustificable. «Él abre los frentes, y nosotros pagamos los platos rotos», resumió con amargura un alto funcionario que pidió reserva sobre su identidad.

Y entonces, como si su reloj interno estuviera programado para detonar en los momentos más inoportunos, «El Coloso» volvió a golpear la mesa. En pleno escándalo por una investigación periodística que reveló que el Estado mantiene estacionados más de un billón de pesos destinados a obras viales en inversiones financieras—mientras las rutas argentinas se desmoronan en un deterioro que ya es paisaje cotidiano—, Sturzenegger eligió esa coyuntura explosiva para presentar un proyecto que autoriza la circulación de camiones de mayor porte y peso. La coincidencia temporal fue un baldazo de agua fría para quienes ya venían cuestionando al ministro, porque el mensaje que transmitió fue, cuando menos, insensible: mientras el país debate por qué los fondos para arreglar los caminos no se ejecutan, el funcionario propone someter la infraestructura existente a una exigencia aún mayor.

Esa decisión, la última de una serie que ya parece interminable, ha terminado de quebrar cualquier resquicio de tolerancia. Los cuestionamientos, que antes se ventilaban en privado entre afectos y desconfianzas, han saltado ahora a la escena pública de las internas palaciegas. El escenario abrió un debate que hasta hace pocas semanas resultaba impensable: ¿quién será el próximo funcionario de peso en abandonar el barco? Y el nombre de Sturzenegger comenzó a rondar las conversaciones como un fantasma que nadie invoca pero todos perciben.

La ofensiva para desplazarlo, sin embargo, no se limita a la añoranza de un gabinete sin conflictos. Un grupo de ministros ha empezado a trazar un plan meticuloso para convencer a Milei de que su aliado ideológico ha perdido el margen de maniobra necesario para seguir actuando con la autonomía que hasta ahora ejerció. No pretenden únicamente frenar la iniciativa de los camiones pesados, sino instalar un precedente: que Sturzenegger debe ser domesticado, que sus atribuciones deben ser recortadas y que la agenda de desregulación no puede seguir siendo un feudo personal donde el único árbitro es él mismo. Buscan, en definitiva, que el Presidente imponga un cerco a las ocurrencias de su ministro y que la voz del resto del Gabinete tenga, al menos, el mismo peso que la de ese estratega solitario.

Pero aquí aparece el principal obstáculo, y no es menor: Javier Milei. El Presidente no solo mantiene con Sturzenegger una relación que trasciende lo institucional—forjada en años de afinidad doctrinaria y admiración mutua—, sino que comparte hasta el último suspiro de su ideario la visión transformadora que el ministro encarna. Para el mandatario, Sturzenegger no es un funcionario reemplazable; es el intérprete más afinado de su proyecto económico, el principal artífice de esa desregulación que él considera el timón de su gestión. Convencer a Milei de que se desprenda de su «Coloso» requiere, por tanto, una argumentación que trascienda los costos políticos inmediatos y penetre en el terreno de la lealtad personal y la identidad de proyecto. Y ese es, justamente, el talón de Aquiles de quienes sueñan con una Casa Rosada sin el ministro estrella.

Los antecedentes recientes juegan, además, a favor de Sturzenegger. La salida de Manuel Adorni—otro de los hombres de máxima confianza del Presidente—dejó una huella dolorosa en el entorno presidencial, no solo por el vacío operativo sino por el desgaste afectivo que implicó desprenderse de un colaborador cercano. Esa experiencia funciona como un recordatorio: Milei no es un líder que se deshaga de sus leales con ligereza, y cualquier intento de apartar a Sturzenegger deberá demostrar que el perjuicio de mantenerlo en el cargo excede con creces el trauma de una nueva despedida.

Así, la pulseada interna se ha convertido en un ajedrez de alta tensión. Por un lado, un grupo de ministros que ya no disimula su exasperación y que cosecha argumentos—cada nuevo conflicto es una pieza en su tablero—para llevar a Milei a la reflexión definitiva. Por el otro, un Sturzenegger que, por ahora, se mantiene firme en su trinchera reformista, convencido de que el Presidente no cederá ante las presiones de un Gabinete al que, en el fondo, considera anclado en el pasado. Y en el centro, la figura de Milei, que deberá decidir si el costo político de sostener a su ideólogo es un precio que está dispuesto a pagar o si, por el contrario, prefiere sacrificar a uno de los suyos para calmar las aguas de un Poder Ejecutivo que amenaza con fracturarse.

Lo que está en juego, en definitiva, no es solo el destino de un ministro, sino la coherencia misma de un gobierno que se define por su vocación transformadora pero que tropieza una y otra vez con la realidad de la gobernabilidad. Sturzenegger sabe que su permanencia pende de un hilo, pero también conoce la debilidad de sus críticos: ninguno de ellos ha logrado aún ofrecer una alternativa convincente a su agenda, ni demostrar que el costo de su salida sea menor que el de su continuidad. En ese empate estratégico reside, por ahora, su mayor fortaleza. Mientras tanto, en los despachos de Balcarce 50, la pregunta que todos se hacen en voz baja es si «El Coloso» terminará siendo víctima de su propio ímpetu o si, por el contrario, logrará convertir cada embate en una nueva demostración de que, en el universo mileísta, la lealtad a las ideas pesa más que las incomodidades del día a día.

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