Boca Juniors desata una tormenta auriazul en Asunción y sella su pase a cuartos con una exhibición de poderío

Boca Juniors desata una tormenta auriazul en Asunción y sella su pase a cuartos con una exhibición de poderío

Bajo un diluvio implacable, el conjunto de Rodolfo Arruabarrena no dio tregua al Recoleta paraguayo. Con una aplastante victoria por 4-0 (7-1 en el global), el Xeneize no solo aseguró su boleto a la siguiente fase de la Copa Sudamericana, sino que además brindó una cátedra de eficacia, despliegue y profundidad de plantel, permitiendo el debut de su flamante refuerzo estrella y dosificando fuerzas de cara al exigente calendario local.

La noche paraguaya se vistió de gala con un manto auriazul que tiñó cada rincón del emblemático Estadio Defensores del Chaco. Más de veinte mil almas, fieles a la causa boquense, convirtieron el coloso asunceno en un hervidero de pasión y cánticos, siendo testigos privilegiados de una de esas veladas que el hincha xeneize atesora en su memoria. Porque lo que aconteció sobre el césped, empapado por una cortina de agua que parecía bendecir la faena, fue una sinfonía perfecta de fútbol ofensivo, donde cada nota musicalizada por el once de Rodolfo Arruabarrena encontró la armonía exacta para desatar una goleada que supo a clasificación anticipada y a declaración de principios.

El desarrollo del compromiso se convirtió en un monólogo casi absoluto desde el silbato inicial. Bastaron tan solo cincuenta minutos de juego —los cuarenta y cinco reglamentarios del primer tiempo y los seis iniciales del complemento— para que el conjunto argentino desactivara cualquier atisbo de duda y sepultara las ilusiones del anfitrión. La serie, que ya llegaba con una ventaja considerable, se transformó en un trámite rapidísimo, una demostración de autoridad en la que Boca no especuló ni un instante. Lejos de resguardar el resultado, el equipo se plantó con una vocación ofensiva arrolladora, soltando por los costados a sus carrileros, quienes encontraron en la verticalidad y el desborde constante el recurso ideal para desarticular la endeble retaguardia paraguaya.

El mediocampo, lejos de ser una zona de contención, se erigió en el verdadero laboratorio de juego. La libertad táctica otorgada a Milton Delgado, quien transitó la cancha como un octavo clásico, y la omnipresencia de Santiago Ascacibar, que sumó su quinto tanto en la era Arruabarrena, dotaron al equipo de una fluidez y una llegada inesperadas. Pero si hubo un artífice del desborde y la creatividad, ese fue Tomás Aranda. El joven volante, partiendo desde el sector diestro y cortando hacia el centro con una diagonal letal, se erigió en el faro del ataque. Su capacidad para el toque corto, su audacia para encarar, su inteligencia para desmarcarse y su generosidad para asistir a los puntas convirtieron su actuación en una de las más destacadas, abasteciendo a un dúo de ataque, el conformado por Villa y Merentiel, cuya velocidad y movilidad resultaron un suplicio inmanejable para los zagueros locales.

La apertura del marcador, justo en el ecuador del primer acto, fue el premio a una persistente presión. Un centro preciso desde el flanco zurdo encontró una respuesta defectuosa del guardameta Ferreira, cuyo rebote alto fue oportunamente capitalizado por Ascacibar, quien con un cabezazo certero inauguró la fiesta. La celebración no se hizo esperar, pero el vendaval ofensivo no cesó. Sobre el ocaso de la primera etapa, el propio Villa, tras una jugada de rebote en el área, selló su conquista personal. Su primer intento con la diestra fue repelido por el arquero, pero la inmediata réplica con su pierna menos hábil, la zurda, resultó imparable para el cancerbero, ampliando la diferencia y encaminando el partido hacia un desenlace favorable a los intereses argentinos.

Con la tarea casi consumada en el entretiempo, Arruabarrena movió el tablero con una visión estratégica clara. El ingreso de Velasco por Aranda en el complemento no mermó el ímpetu ofensivo; por el contrario, le sumó una cuota extra de frescura. La reacción del entrenador local, José González, que buscó desesperadamente un gol de consuelo sacando defensores y poblando el ataque, resultó contraproducente. En una transición veloz y letal, Milton Delgado habilitó en soledad a Miguel Merentiel, quien con una pisada arrolladora eliminó a dos marcadores para luego, con una sutileza exquisita, picar el balón por encima de la salida desesperada del portero, decretando el tercer tanto y sentenciando definitivamente la eliminatoria.

A partir de ese momento, el cotejo se transformó en un escenario propicio para el lucimiento y la experimentación. El entrenador auriazul, con la lucidez que otorga la ventaja abultada, decidió administrar los recursos humanos de cara al inminente compromiso dominical ante Racing Club en Avellaneda. Fue entonces cuando el público paraguayo, y el mundo del fútbol, pudo presenciar el ansiado estreno del flamante refuerzo ecuatoriano, Enner Valencia, quien saltó al verde en reemplazo de Merentiel. El centrodelantero, con su imponente presencia física, disputó sus primeros treinta minutos con la camiseta xeneize, demostrando movilidad y deseos de sumarse a la fiesta. La rotación continuó con el ingreso de Zenón por Ascacibar y el debut absoluto del joven Facundo “Jagger” Herrera, quien reemplazó a Ayrton Costa, sellando una noche de estrenos y oportunidades para el semillero.

El broche de oro lo puso el propio Velasco, quien, tras desperdiciar un par de contragolpes por una decisión individualista, encontró la redención a los treinta y un minutos. Dejando a su marcador en el camino con un quiebre magistral, el atacante sacó un derechazo violento y colocado que se alojó en el ángulo superior, imposible para la estirada del meta local. El grito de gol fue el epílogo perfecto para una noche en la que Boca se dio todos los gustos: ganó, goleó, gustó y, además, cuidó a sus piezas clave. Con el pulgar en alto y la confianza renovada, el equipo de Arruabarrena sigue apuntando con firmeza a la conquista de la Copa Sudamericana, esperando ahora rival para los cuartos de final, que saldrá del duelo entre San Pablo y Bolívar, programado para el cierre de esta edición en el Morumbí. La cita será entre el 8 y el 16 de septiembre, y el Xeneize, anclado en este presente de autoridad, promete seguir escribiendo páginas doradas en su rica historia continental.

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