Empate sin goles en Avellaneda: el Rojo no pudo quebrar el muro de Rivadavia en el regreso de Viera

Empate sin goles en Avellaneda: el Rojo no pudo quebrar el muro de Rivadavia en el regreso de Viera

En un partido trabado, de escasas emociones y con un final de infarto, Independiente y su homónimo mendocino igualaron sin tantos en el estadio Libertadores de América. El debut formal del entrenador uruguayo Jadson Viera quedó empañado por la falta de eficacia en ataque y la solidez defensiva de una visita que, pese al desgaste copero, supo manejar los tiempos y hasta pudo llevarse la victoria sobre la hora.

El fútbol, en su esencia más primitiva, suele deparar noches donde el esfuerzo y la táctica se imponen por sobre la chispa y el desequilibrio. Esa máxima se cumplió al pie de la letra en el estadio Libertadores de América-Ricardo Enrique Bochini, donde Independiente y Rivadavia, dos instituciones que comparten nombre pero no realidades, protagonizaron un empate sin goles que dejó más interrogantes que certezas en la continuidad de la sexta fecha del Torneo Clausura. El cero final en el marcador fue el reflejo más fidedigno de un encuentro que, si bien tuvo sus momentos de ebullición, careció de la puntería y la claridad necesarias para inclinar la balanza hacia alguno de los dos costados.

La velada presentaba un atractivo especial para la parcialidad local, ya que significaba el bautismo formal del estratega uruguayo Jadson Viera al frente del conjunto de Avellaneda. El charrúa, que asumió con la misión de enderezar el rumbo de un equipo que deambula entre la irregularidad y la promesa, dispuso un esquema inicial que despertó tantas esperanzas como resquemores. Durante los primeros cuarenta y cinco minutos, su once mostró una faceta cautelosa, casi especulativa, que privilegiaba la seguridad defensiva por sobre el atrevimiento ofensivo. Sin embargo, esa prudencia táctica vino acompañada de algunos desajustes en la zona media, donde la conexión entre los volantes y los delanteros se antojaba intermitente, como una señal de radio que se pierde en la distancia. El equipo parecía más preocupado por no desprotegerse que por lastimar al adversario, una postura que los hinchas, impacientes por naturaleza, recibieron con un murmullo creciente que amenazaba con convertirse en silbido.

Del otro lado del rectángulo de juego, Rivadavia, bajo la batuta experimentada de Alfredo Berti, arribaba a este compromiso con el lastre anímico de una reciente eliminación en la Copa Libertadores, un golpe duro para cualquier escuadra que sueña con la gloria continental. Sin embargo, lejos de evidenciar signos de debacle o desconcierto, el conjunto mendocino desplegó sobre el césped las virtudes que lo han caracterizado en las últimas temporadas: una retaguardia férrea, casi inexpugnable, que actúa como un bastión ante los embates rivales; una paciencia oriental para tejer jugadas desde un mediocampo aceitado por los años y la confianza; y una búsqueda prolija, casi quirúrgica, hacia sus puntas de lanza, esperando el momento justo para punzar. Esa identidad sólida fue la que les permitió no sólo contener las ansias del Rojo, sino también generar peligro en las contadas ocasiones en que lograron romper las líneas locales.

El trámite del primer tiempo tuvo su punto de mayor efervescencia pasados los veinte minutos, cuando un balón largo y profundo, de esos que parecen un despeje desesperado pero esconden una intención calculada, encontró la carrera de Maximiliano Salas. El atacante, veloz como un galgo, controló la esférica y, con una visión periférica envidiable, habilitó al delantero paraguayo Arce, quien había penetrado como un cuchillo caliente en la defensa local. Ante la salida precipitada del arquero Rey, el guaraní optó por la sutileza, elevando el balón con un toque de picardía que parecía destinado a alojarse en el fondo de la red. Pero el destino, caprichoso, tenía reservado un papel protagónico para el defensor Arrayago, quien, en una carrera de desesperación olímpica, alcanzó a deslizarse sobre la línea de sentencia para salvar las papas, como reza el argot futbolero, con una intervención que fue tanto oportuna como prodigiosa. El grito de gol se ahogó en las gargantas visitantes y se transformó en un suspiro de alivio para la multitud local.

No tardó demasiado en responder el conjunto de Avellaneda, buscando sacudirse la modorra y demostrar que también tenía espinas. Un ataque que parecía prometedor se diluyó en las inmediaciones del área rival, pero de esa acción fallida nació un contragolpe relámpago comandado nuevamente por el inquieto Salas, quien, con la inteligencia del jugador experimentado, cedió el esférico a Matías Fernández. El volante, sin embargo, pecó de soberbia individualista: se engolosonó con el regate, quiso hacerlo todo por sí mismo y, cuando finalmente se decidió a rematar, su disparo careció de la fuerza y la colocación necesarias, siendo desviado sin mayores contratiempos por el arquero local, que se agigantó en el mano a mano. Fue una advertencia clara de que la visita no se conformaba con el cero y que cada pérdida del Rojo podía transformarse en una sentencia.

Antes de que el juez decretara el final de la primera mitad, hubo tiempo para una última emoción. Una buena combinación por el sector izquierdo, gestada por la dinámica de Zabala y la claridad de Palais, terminó con el balón en los dominios de Millán. El atacante, rodeado de una maraña de defensores que le cerraban todos los ángulos, se las ingenió para sacar un disparo que se fue desviado por centímetros, besando el poste exterior en su trayectoria. El silbatazo del descanso dejó una sensación agridulce: el Rojo había mostrado destellos, pero la visita había sido más vertical y peligrosa.

La etapa complementaria trajo consigo un cambio de actitud en el anfitrión. Empujado por el aliento de su gente y consciente de que el tiempo se agotaba, Independiente volcó su juego sobre el campo rival y comenzó a asediar el arco defendido por Bolcato. La ocasión más clara pareció llegar a través de Zabala, cuyo remate envenenado provocó una maniobra desesperada de Florentín para despejar el peligro. Sin embargo, en su intento por rechazar el balón, el defensor casi introduce la pelota en su propia portería, aunque la fortuna y el banderín del asistente le hicieron justicia: la jugada fue correctamente anulada por un fuera de juego previo, un suspiro de alivio para la zaga mendocina.

Parecía, entonces, que el esfuerzo acumulado por Rivadavia en su participación entresemana en la Copa Libertadores comenzaba a pasar factura. El desgaste físico se notaba en sus piernas, y el equipo de Berti cedió voluntariamente el protagonismo y la posesión del balón a su homónimo, replegándose en su propio terreno y esperando el momento para lanzar un zarpazo letal. El público local, fiel a su costumbre, alentaba sin pausa, tratando de empujar a sus jugadores hacia el gol que desnivelara la balanza. Pero enfrente se erigía la figura de Bolcato, un muro de contención que se negaba a claudicar. El arquero visitante se convirtió en el héroe de la noche, deteniendo con seguridad un potente disparo del joven Arrayago, de apenas diecisiete años, cuya osadía y potencia en el remate ilusionaron a la hinchada.

La entrada de Gutiérrez, un futbolista fresco y hambriento de gloria, pareció inyectar nuevas energías al ataque local. Recibió un pase genial, de esos que sólo los creadores de fútbol como Avalos pueden fabricar, y quedó solo frente al arquero. Pero Bolcato, una vez más, adivinó la intención y achicó el ángulo con una salida felina. El meta se interpuso también ante Millán, Cabral y Lomónaco, en una seguidilla de intervenciones que despertaron la admiración hasta de los rivales. Cada remate, cada centro, cada intento del Rojo estrellaba su inercia en la solidez de la visita. El tiempo se esfumaba como el agua entre los dedos, y con él, las ilusiones de un triunfo que parecía al alcance de la mano.

El pitazo final desató la bronca contenida de la hinchada local, que no pudo ocultar su decepción. El equipo había dado la cara, había empujado, había tenido oportunidades, pero la falta de fineza en los últimos metros y la actuación magistral del arquero rival condenaron a Independiente a un empate que sabe a poco. Viera, en su estreno, se llevó más dudas que certezas, y el desafío de ajustar las piezas para que el funcionamiento colectivo se traduzca en goles se vuelve una urgencia impostergable. Rivadavia, por su parte, demostró una vez más que su ADN competitivo no entiende de cansancios ni de escenarios adversos, y se retiró de Avellaneda con un punto que, por las circunstancias y las ocasiones generadas, vale casi como una victoria moral. El fútbol, en su infinita crueldad, les negó el gol a ambos, pero les regaló una lección de lucha, sacrificio y entrega que, sin duda, les servirá en el camino que aún resta por recorrer.

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