La espiral del poder: entre insultos, sordera social y la sombra de un gobierno que se resquebraja

La espiral del poder: entre insultos, sordera social y la sombra de un gobierno que se resquebraja

El presidente Javier Milei profundiza su aislamiento político y emocional con un discurso cargado de descalificaciones, mientras la realidad económica golpea a los sectores más vulnerables y las encuestas marcan una preocupante caída entre sus propios bastiones juveniles. La falta de empatía y la obsesión por destruir al PRO encienden alarmas en el oficialismo y entre los gobernadores.

En el vértigo cotidiano de la gestión nacional, emerge una vez más la figura de un mandatario que, a juicio de analistas y observadores políticos, parece haber instalado su residencia en un universo paralelo, impermeable a toda crítica y ajeno a los signos de agotamiento que atraviesa la sociedad. Javier Milei, cuya personalidad ha sido motivo de interminables debates, vuelve a ocupar el centro de la escena no por sus propuestas económicas o sus logros institucionales, sino por la recurrencia de un comportamiento que roza lo patológico: la descalificación sistemática como herramienta discursiva y la desconexión absoluta con el sufrimiento cotidiano de millones de argentinos.

Quienes tuvieron la oportunidad de presenciar su reciente alocución ante los miembros de la Cámara de Comercio de los Estados Unidos en Argentina (AmCham) no ocultaron su estupor. No era para menos. El primer ministro volvió a desempolvar el repertorio de improperios contra los “empresarios prebendarios”, categoría en la que, sin nombrarlos, todos ubicaron de inmediato a los habituales referentes del poder corporativo, como Paolo Rocca y Javier Madanes Quintanilla. Tampoco faltaron los dardos envenenados para economistas críticos y periodistas, a quienes el Presidente parece considerar enemigos jurados antes que actores legítimos de la vida democrática. Pero lo más inquietante, según confiaron testigos del encuentro, no fue el arsenal de agravios, sino la ausencia total de empatía hacia la vasta franja de la población que atraviesa penurias económicas agravadas por las propias políticas de ajuste.

La historia, como un espejo implacable, ofrece lecciones que el jefe de Estado desdeña con soberbia. Aquella sentencia atribuida a Diógenes el cínico, según la cual el insulto denigra más a quien lo profiere que a quien lo recibe, cobra vigencia renovada en cada intervención presidencial. Y si se rastrea la tradición literaria, Lope de Vega ya advertía que la mayor venganza del sabio consiste en olvidar la ofensa, mientras que Séneca, en su tratado De la ira, aconsejaba que muchas veces es preferible disimular un agravio antes que sucumbir al afán vengativo. Sin embargo, el actual inquilino de la Casa Rosada parece haber hecho de la confrontación su única brújula, en un gesto que, lejos de fortalecer su investidura, la desgasta y la envilece ante los ojos de una ciudadanía que espera liderazgo, no escaramuzas verbales.

La frase que Milei esgrimió como bandera —“La foto sigue siendo horrible, pero la película es la mejor de la historia”— no hizo más que evocar fantasmas del pasado, aquellos tiempos del menemismo que prometían un futuro radiante mientras se cavaba la fosa de la crisis que estallaría después. Un empresario del interior del país, con la crudeza que da la distancia de los centros de poder, sentenció que el Presidente “está viendo otra película, o se la están contando”. Y es que, más allá de los discursos triunfalistas, los indicadores de la vida real pintan un cuadro desolador. En provincias tradicionalmente prósperas como Mendoza, el comercio callejero exhibe números en rojo que ni la afluencia turística logra revertir. En el conurbano bonaerense, los habitantes de los cordones más postergados luchan a diario para que la precariedad no se convierta en un estado naturalizado. Mientras tanto, la senadora Patricia Bullrich, con su estilo directo y punzante, irrumpió en las redes sociales para recordar una verdad incómoda: la urgencia de acelerar los resultados, de modo que el cambio prometido se haga tangible en la cotidianidad de la gente. Esa advertencia, lanzada sin ambages, contiene el nudo gordiano que definirá el destino del Gobierno: si la recuperación no se percibe en los bolsillos y en las expectativas de aquí a los próximos comicios, la reelección se convertirá en una quimera. La única ventaja competitiva del oficialismo, por ahora, es la debilidad extrema de sus opositores, pero esa circunstancia puede mutar con velocidad si el descontento se profundiza.

En ese contexto, las encuestas comienzan a dibujar un panorama inquietante para el oficialismo. Los sondeos más recientes coinciden en un declive sostenido de la imagen presidencial y de la valoración positiva de la gestión. Un dato particularmente alarmante es la erosión del apoyo entre los jóvenes, ese sector que había sido el combustible más fervoroso de la maquinaria mileísta y que ahora parece distanciarse con silencios que resuenan más que cualquier grito. No es un detalle menor: la juventud, que veía en el líder libertario una promesa de renovación, comienza a percibir el desencanto cuando las promesas chocan contra la realidad del desempleo, la inflación y la falta de horizontes.

En el plano interno, las tensiones no son menores. Uno de los principales damnificados por los modos intempestivos del Presidente es Diego Santilli, actual jefe de Gabinete, quien ha debido desplegar una diplomacia subterránea para destrabar los contactos entre Karina Milei y Mauricio Macri. Aunque la versión oficial habla de una comunicación telefónica, fuentes cercanas al expresidente sostienen que hubo un encuentro cara a cara. Lo que trasciende, sin embargo, es que el ánimo de Macri es de franca desconfianza. En el círculo íntimo del poder persiste, como un objetivo casi obsesivo, la intención de aniquilar al PRO, una estrategia que muchos califican de insensata y que tiene como principal artífice a la propia hermana del mandatario. Esa pulsión destructiva, que contradice toda lógica política, genera incomodidad en sectores del oficialismo que entienden que sin alianzas sólidas será imposible sostener gobernabilidad a mediano plazo. Santilli, consciente de su propia permanencia y de sus ambiciones futuras, no oculta su malestar ante una actitud que considera contraproducente y ajena a los intereses estratégicos de la coalición gobernante.

Pero el frente de conflicto no se agota en las rencillas porteñas. Esta semana, el jefe de Gabinete mantuvo una reunión con gobernadores del norte del país, quienes elevaron un reclamo que ya se vuelve insistente: el cumplimiento de las promesas presidenciales en materia de obra pública. La infraestructura, postergada en el marco del ajuste fiscal, se ha convertido en una urgencia de primer orden para provincias que ven cómo sus proyectos de desarrollo quedan congelados. Los mandatarios provinciales, aunque pacientes, tienen un límite que se estira pero no se rompe; y si la Nación no afloja el cinturón, el descontento podría expandirse como mancha de aceite, sumando voces críticas incluso entre aquellos que alguna vez fueron aliados incondicionales.

La conclusión que se impone, a esta altura del mandato, es que el Presidente enfrenta un dilema existencial: o aprende a escuchar, o la cuerda que sostiene el frágil equilibrio de su gestión terminará por quebrarse. La historia argentina está plagada de gobiernos que naufragaron por la soberbia y la sordera. Milei, por ahora, parece empeñado en inscribir su nombre en esa lista, mientras el país observa, expectante y cansado, el derrotero de un líder que, en su afán de imponer su verdad, olvida que la política es, ante todo, el arte de la escucha y el consenso. El tiempo, ese juez implacable, ya está corriendo. Y los relojes, tanto los de la economía como los del ánimo social, no marcan la misma hora que el reloj presidencial.

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