El poder económico respalda a Milei, pero el temor a la crisis social siembra fisuras en el establishment

El poder económico respalda a Milei, pero el temor a la crisis social siembra fisuras en el establishment

El mandatario insiste en que “la macro ordena la micro”, mientras los referentes industriales y agroexportadores advierten por la recesión, la mora familiar y un escenario que rememora el desenlace del gobierno de Mauricio Macri. El apoyo al plan libertario persiste, aunque empiezan a quebrarse consensos y crece el miedo a que la implosión social termine por licuar la continuidad del proyecto oficial.

En la antesala de un nuevo mes que se presume álgido para la economía doméstica, el presidente Javier Milei se aferra con vehemencia a una máxima que ya resuena como un estribillo desgastado: “la macro ordena la micro”. Sin embargo, lo que otrora era un dogma compartido por las cúpulas del poder económico, hoy se ha transformado en un motivo de inquietud profunda. El ajuste perpetuo, concebido como herramienta para equilibrar las cuentas fiscales y financieras, ha desatado una crisis social que, en los últimos días, se manifiesta con crudeza en el crecimiento de la morosidad entre los hogares argentinos. Pero lo que realmente pone en vilo al establishment no es el sufrimiento cotidiano de las mayorías, sino la posibilidad de que la recesión y la inestabilidad anímica terminen por sepultar el anhelo más preciado de los sectores concentrados: la pervivencia de un plan económico que resguarda sus privilegios.

La arqueología política ofrece un espejo inquietante. Lo que hoy ocurre encuentra un paralelismo casi exacto con el segundo año del gobierno de Mauricio Macri, cuando el ajuste impulsado por los mismos actores que ahora respaldan a Milei comenzó a resquebrajar el tejido social. Aquel entonces, el agotamiento del modelo neoliberal derivó en una crisis de legitimidad que precipitó el desenlace electoral de 2019. Ahora, el déjà vu se instala en el ánimo de los poderosos, que observan con creciente nerviosismo los signos de descomposición.

La semana pasada dejó varias escenas que ilustran este quiebre incipiente. Una de ellas tuvo como protagonista a Roberto Urquía, titular de Aceitera General Deheza (AGD) y uno de los referentes más influyentes de la agroindustria argentina, a quien suele compararse con Paolo Rocca en términos de peso específico. Tras asistir a misa en la localidad cordobesa de General Deheza, Urquía fue abordado por un periodista local que, tras algunas preguntas intrascendentes, se animó a consultarle sobre la coyuntura. La respuesta del empresario fue terminante: “La gente no llega a fin de mes, la plata no alcanza. Lo macro está bien, pero la situación es compleja”. Esas palabras, que evocan el célebre diagnóstico que Lionel Messi vertiera durante el Mundial de Qatar, cayeron como un balde de agua fría en la Casa Rosada. Desde el Ejecutivo no tardaron en reaccionar: llamaron a tres interlocutores clave del sector para indagar los motivos de semejante declaración. Una presión directa, aunque con un tono que denotaba más agotamiento que firmeza.

El segundo síntoma de fractura se manifestó en el seno de la Unión Industrial Argentina (UIA). El martes, durante una reunión de la mesa chica de la entidad, los principales referentes industriales alcanzaron un consenso inédito: salir a criticar al gobierno en un nuevo eje comunicacional. Techint, uno de los conglomerados más poderosos del país, envió a su responsable de comunicación para dejar constancia de su postura. El presidente de la UIA, Martín Rappallini, confirmó que el próximo 2 de septiembre, en el marco del Día de la Industria que se celebrará en la planta de laboratorios ELEA, pronunciará un discurso de fuerte tenor crítico. En esa mesa, donde confluyen Arcor, Stellantis, los metalúrgicos, los textiles y los popes de Ledesma, se acordó evitar el cruce directo con el Gobierno, pero se delineó un mensaje claro: la industria está en compás de espera, y sin desarrollo productivo no hay futuro posible. Rappallini, que hasta hace poco se mostraba cercano a Milei, ha comenzado a modificar su tono y a reunirse con sectores golpeados, como la Federación Textil FITA, para transmitirles que el cambio de discurso es inminente.

El Council de las Américas, celebrado también esta semana en el Hotel Alvear, fue otro escenario que reflejó la erosión del apoyo empresarial. Allí, Milei se dirigió a los asistentes con una pregunta que sonó más a desafío que a convicción: “¿No es lo que querían?”, al referirse a la destrucción de salarios y empleo público. Los aplausos que recibió fueron tibios, muy lejos del entusiasmo que despertó en la edición anterior. Esa frialdad revela que, incluso entre los que aún respaldan su gestión, ya nadie considera positivo que el mandatario se jacte de un ajuste que genera un creciente repudio social. De hecho, crece el enojo hacia Natalio Mario Grinman, presidente de la Cámara de Comercio (CAC), por sus declaraciones en las que instó a la sociedad a “sufrir aún más” en pos de una tierra prometida que no termina de vislumbrarse. Sus palabras, consideradas extemporáneas y hasta innecesarias, han generado malestar en una parte de la cúpula empresaria que prefiere no alimentar el descontento popular.

A pesar de estas grietas, el poder económico sigue sosteniendo a Milei, aunque con matices. No se trata de un respaldo incondicional al líder libertario, sino a la continuidad de un plan que consideran vital para sus intereses. En esa línea, el mensaje viralizado en X por uno de los hijos de Alejandro Bulgheroni, referente petrolero de peso, sintetiza el pensamiento predominante: “Argentina ya cambió. Una transformación difícil de igualar. Pero para consolidar todo esto hace falta continuidad. Un país no puede volver a empezar cada cuatro años. La batalla es moral y cultural. Si conseguimos seguir el rumbo iniciado por Milei en 2023, esta será la gran oportunidad para que la Argentina finalmente convierta todo su potencial en desarrollo”. Esa consigna, que aboga por la persistencia del modelo más allá de las personas, es el hilo conductor que aún une a los sectores concentrados con el oficialismo.

Sin embargo, el temor se ha instalado en las entrañas del establishment. Lo que hoy preocupa no es tanto la crisis en sí misma, sino que esa crisis termine por arrastrar al Gobierno y, con él, a toda la experiencia de cambio paradigmático. “Nosotros tenemos que evitar que vuelva el péndulo. Con esta micro, con la deuda de las familias y la crisis, Milei va a perder las elecciones”, confesó un CEO que asistió al Council. El razonamiento es circular y perverso: los mismos actores que exigieron el ajuste ahora consideran que no es suficiente porque genera una crisis, y trasladan la responsabilidad de esa inestabilidad a los opositores. En los pasillos del Círculo Rojo, el nombre que se impone como eventual antagonista es el de Axel Kicillof, gobernador bonaerense, aunque también circula el fantasma de un retorno peronista con ribetes expropiatorios, alimentado por declaraciones como las del riojano Ricardo Quintela.

Pero los empresarios más lúcidos saben que esas especulaciones no hacen más que sumar confusión. Kicillof, según fuentes del sector, ha transmitido tranquilidad al recordar que durante su gestión la provincia mantuvo superávit fiscal y que nunca hubo expropiaciones masivas. Lo que realmente aterra a los poderosos es que el riesgo político termine por quebrar la confianza de los mercados, un escenario que sería letal para el programa económico y para la propia supervivencia de Milei. En ese tobogán de incertidumbre, el establishment se aferra con uñas y dientes al privilegio de un Gobierno que no titubea en conceder poder a favor de los sectores concentrados. Pero el peligro, lo saben bien, es que esa apuesta pueda volverse en su contra. El riesgo, en definitiva, es el propio Milei.

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