El conjunto de Núñez desperdició una ventaja de dos goles en el Monumental, desdibujó su mejor versión futbolística y terminó cediendo un empate que desató críticas, bronca institucional y un clima de tensión con el arbitraje y la AFA.
En la antesala del encuentro, todo parecía indicar que River Plate había encontrado por fin la brújula perdida en el torneo Clausura. La victoria ante Argentinos en la fecha anterior había encendido una luz de esperanza en Núñez, y el arranque arrollador frente a Vélez Sarsfield en el Monumental no hizo más que alimentar esa ilusión. Sin embargo, lo que prometía ser la consolidación de una levantada terminó transformándose en una noche de frustración, dudas y reproches, cuando el equipo dirigido por Eduardo Coudet dejó escapar una ventaja de dos tantos y resignó puntos valiosos en el tramo final del partido.
El encuentro tuvo un comienzo soñado para el local. Apenas transcurridos diez minutos, la apertura del marcador llegó por intermedio de Correa, quien demostró toda su categoría al definir con un certero remate de derecha, aprovechando un descuido mayúsculo en la retaguardia visitante. Lo curioso de esa jugada fue el origen: un rechazo violento de Martínez Quarta que, en lugar de despejar el peligro, terminó convertido en un pase involuntario y generoso para el delantero millonario. Ese gol, sin embargo, no fue un espejismo, sino el reflejo de una postura clara que River había ensayado desde el silbatazo inicial: cuidado con la pelota, circulación paciente y construcción desde el fondo, trasladando el esférico con precisión quirúrgica desde su propia área hasta el campo contrario.
Las piezas empezaban a encajar en el esquema táctico de Coudet. Aníbal Moreno se erigía como el bastión en la recuperación del balón en la zona medular, mientras que la línea ofensiva compuesta por Freitas, Andrada y Almada tejía el entramado creativo para alimentar a los delanteros Correa y Lucas Beltrán, aunque los tres volantes también se sumaban con frecuencia a las acciones de peligro. La posesión era abrumadoramente millonaria, y Vélez, un equipo poblado de juveniles pero con experiencia en sus filas —como Magallán, Elías Gómez, Aliendro y Lanzini—, veía cómo su intención de dominar el juego se desvanecía ante el control absoluto del rival. Los de Liniers, entonces, se vieron forzados a recurrir al contragolpe como única vía para inquietar a Santiago Beltrán, el arquero local.
La sensación de triunfo pleno pareció consolidarse antes del descanso, cuando Freitas ejecutó una jugada individual memorable por el sector derecho, recortó, se perfiló y sacó un remate que, tras desviarse levemente en Silvero, se coló entre el palo y la humanidad de Marchiori. El 2-0 era un reflejo justo de lo visto en el césped, y el público celebró con euforia la ventaja, confiado en que el segundo éxito consecutivo estaba al caer.
Pero el fútbol, caprichoso y traicionero, tenía reservado un guion muy distinto para el complemento. El arranque de la segunda mitad encontró a River aún envalentonado, con el respaldo de una hinchada que coreaba y empujaba, y los jugadores respondían con dominio y ambición de aumentar la diferencia. Sin embargo, el técnico visitante, Barros Schelotto, movió el banco y modificó el ataque con dos cambios ofensivos que, apenas cuatro minutos después, dieron su fruto: un error garrafal de Almada al ceder el balón hacia atrás fue aprovechado por Matías Pellegrini para descontar y encender todas las alarmas.
Ese instante fue el punto de inflexión. El escenario cambió radicalmente. La incertidumbre se apoderó del Monumental, los murmullos reemplazaron a los cánticos, y el miedo a perder la ventaja se instaló en cada rincón. Para colmo de males, River quedó momentáneamente con diez hombres por una demora de Correa en el momento de ser sustituido, ya que la nueva reglamentación exige que el jugador saliente abandone el campo en un plazo máximo de diez segundos. Esa demora obligó a Borré a esperar en la banda, y el enojo popular estalló. Los silbidos se convirtieron en insultos dirigidos al presidente de la Asociación del Fútbol Argentino, Claudio Tapia, y el estadio entero coreó su descontento contra las autoridades del fútbol.
Esa tensión no es nueva. River había retirado a sus representantes de la AFA en marzo pasado, y desde entonces cada decisión arbitral considerada desfavorable enciende la mecha de la bronca popular. La noche, lejos de calmarse, se oscureció definitivamente cuando, a pocos minutos del final, Lanzini conectó con su cabeza un centro preciso enviado desde la izquierda por Gómez y estableció el 2-2 definitivo. El empate, que Vélez festejó como un triunfo moral tras haber estado dos goles abajo, fue un baldazo de agua fría para River, que vio esfumarse su reacción y su fútbol vistoso de los primeros cuarenta y cinco minutos.
El final del partido encontró a un conjunto millonario desdibujado, sin respuestas, y con la sensación amarga de haber dejado escapar una oportunidad dorada para encadenar victorias y afianzarse en la lucha por el campeonato local. Ahora, la pregunta que flota en el ambiente es si este equipo podrá recomponerse anímicamente de cara al compromiso internacional del miércoles, donde se juega su permanencia en otra competencia. De no lograrlo, el adiós a un nuevo torneo será una realidad que golpeará con fuerza en Núñez, donde la paciencia empieza a agotarse y los fantasmas de la irregularidad vuelven a pasearse por el césped del Monumental.
