El crédito que se cobra en carne propia: la usura digital que asfixia a las mujeres más vulnerables

El crédito que se cobra en carne propia: la usura digital que asfixia a las mujeres más vulnerables

Detrás del brillo de la inclusión financiera, el gigante del comercio electrónico y las billeteras virtuales despliega un sistema de préstamos exprés que, según denuncian decenas de afectadas, se convierte en una trampa mortal para quienes menos tienen. En su mayoría, mujeres solas, informales y sostén de hogares enteros, que vieron cómo un simple clic transformó sus vidas en un infierno de punitorios, acosos y amenazas.

En las inmediaciones de las oficinas que la corporación fundada por Marcos Galperín posee en el barrio porteño de Parque Saavedra, el estruendo de los bombos y los cánticos que claman “olé, olé, olá, Mercado Libre la vergüenza nacional” no es solo un reclamo gremial. Es el eco desgarrador de una crisis silenciosa que afecta a miles de trabajadoras informales, atrapadas en un engranaje financiero que promete salvarlas y termina devorándolas. Allí, entre pancartas y consignas, Buenos Aires/12 pudo registrar los testimonios de mujeres que, sin proponérselo, se convirtieron en rehenes de una maquinaria de intereses que crece sin control.

La fotografía social es tan diversa como desoladora. Las protagonistas de esta historia comparten un rasgo común: son mujeres que trabajan en los márgenes de la economía regulada, ya sea limpiando hogares ajenos, vendiendo comida caliente en andenes ferroviarios o instalando sus puestos en ferias populares. En casi todos los casos, representan el único ingreso estable de familias numerosas. Y todas ellas, en un momento de desesperación, aceptaron un préstamo ofrecido por Mercado Crédito, la plataforma financiera asociada a la billetera digital más popular del país.

Una de esas voces es la de Noelia, residente del conurbano bonaerense, madre soltera de cinco hijos y empleada doméstica. Su vida ya era un equilibrio precario, pero el punto de quiebre llegó cuando uno de sus pequeños, que padece una discapacidad, requirió traslados permanentes al Hospital Garrahan. Los pasajes de la tarjeta SUBE comenzaron a consumir una porción cada vez mayor de sus escasos recursos. Fue entonces cuando, tentada por la inmediatez, aceptó un desembolso inicial de cuarenta mil pesos que la aplicación le ofrecía con apenas un par de toques en la pantalla. Lo que vino después fue una pesadilla sin fin.

“Al comienzo podía hacer frente a las cuotas, pero cada demora sumaba recargos que me hundían más. Llegó un punto en que, desbordada, borré la aplicación de mi teléfono”, confiesa Noelia, cuya mirada aún refleja el desconcierto de quien no encuentra salida. Pero desinstalar el software no borra la deuda. Meses después, y pese a haber abonado varias entregas, el monto adeudado triplicaba el capital recibido originalmente. Entonces comenzó el asedio telefónico: llamadas desde números privados, en horarios insólitos, cada vez más frecuentes. Luego, el hostigamiento se extendió a sus contactos más cercanos, un movimiento calculado para presionar desde el entorno íntimo. El temor mayor de Noelia —que se quiebra al relatarlo— es que los acosadores se comuniquen con alguna de las casas donde trabaja por horas, poniendo en riesgo su único sustento. Hoy, las amenazas incluyen la posibilidad de iniciar acciones judiciales en su contra, un ardid que busca que ella misma o alguien de su red termine saldando la deuda para evitar mayores males.

En otro extremo geográfico y vital, Bibi, oriunda de Jujuy, se gana la vida vendiendo empanadas en las estaciones del tren Roca. Hace casi un año, viajó a su provincia para visitar a sus padres y los halló en una situación angustiante: la heladera inservible, sin dinero para repararla ni reemplazarla. Sin dudarlo, recurrió a la misma herramienta digital que tantos otros. Por un préstamo de doscientos mil pesos, aceptó devolverlo en seis cuotas de ochenta mil, una ecuación que ya de entrada resultaba usuraria, pero que en ese momento no admitía cuestionamientos. “Me atrasé un solo día y la cuota saltó de ochenta a noventa mil pesos”, relata con impotencia. La merma en las ventas, producto de la recesión, agravó su situación: hasta hace unos meses sus hijos la auxiliaban, pero ellos también perdieron sus empleos. “Deben estar haciendo un negocio fabuloso”, dice Bibi, con una mezcla de ironía y amargura, y agrega que conoce mujeres en situaciones todavía más críticas que la suya.

El relato de Carmen agrega un matiz aún más cruel: el de la trampa involuntaria. Nacida en Argentina pero hija de inmigrantes bolivianos, Carmen tiene un puesto en la feria de Villa Celina. En medio de una compra de telas realizada a través de su teléfono, aceptó el crédito casi sin querer, porque la opción aparecía en primer plano y no había botón de arrepentimiento. “Yo tenía plata en ese momento, pero apreté sin leer. Ahora trabajo para esta gente”, se lamenta. Su afiliación reciente al Sindicato de Feriantes, que le brinda asistencia legal y ha creado una billetera propia para competir con las grandes plataformas, representa un atisbo de organización frente a lo que consideran una estafa institucionalizada.

El caso de Ayelén es quizás el más simbólico de la ilusión quebrada. Durante años, compaginó su trabajo como cajera de supermercado con cursos de peluquería, depilación y estética. Cuando el local donde trabajaba cerró, decidió dar el salto: pidió un préstamo para comprar equipos y comenzar a atender a domicilio, con el sueño de abrir su propio local. Sin embargo, la realidad de su barrio en Lanús es desalentadora: nadie tiene dinero para gastar en esos servicios. “Las máquinas están casi sin estrenar y la deuda crece como una bola de nieve. Trabajaría en lo que sea para salir de esto, pero no consigo nada. Y esta gente me enloquece; ya ni duermo”, confiesa con la voz quebrada.

Estas historias, que se multiplican en silencio, revelan el rostro más oscuro de la inclusión financiera prometida por las aplicaciones. Lo que se presenta como una solución rápida y democrática se convierte, para quienes carecen de educación financiera y redes de contención, en una espiral de usura que combina intereses estratosféricos, cláusulas abusivas y un sistema de cobranzas que roza el acoso psicológico. Las mujeres, en particular, quedan expuestas a una doble vulnerabilidad: su precariedad laboral y su rol de cuidadoras principales, lo que las convierte en blancos fáciles para un modelo de negocios que lucra con la necesidad ajena.

Mientras los tambores de la protesta siguen sonando en la vereda del gigante tecnológico, las deudoras que lograron visibilizar su calvario piden algo tan simple como urgente: regulaciones claras que pongan un techo a los intereses, mecanismos de arrepentimiento efectivos y un freno a las prácticas de acoso. Pero detrás de cada reclamo hay una vida entera que ya no es la misma, una confianza quebrada y una certeza amarga: el crédito fácil, cuando no viene acompañado de justicia, se cobra en carne propia.

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