La doble aparición de un ángel extiende la agonía canalla en el Kempes

La doble aparición de un ángel extiende la agonía canalla en el Kempes

En una noche que prometía ser un suplicio, el rosarino Ángel Di María emergió como el salvador del conjunto auriazul. El experimentado volante anotó dos tantos en los minutos finales para rescatar un insípido empate ante Talleres, aunque el sabor que dejó el 2-2 en el marcador fue más amargo que dulce para una escuadra que sigue de luto por sus recientes desventuras internacionales.

El vasto y frío escenario del estadio Mario Alberto Kempes, esa inmensa mole de cemento que suele ser testigo de gestas memorables, se convirtió anoche en el escenario de una nueva pesadilla para el pueblo canalla. Sin embargo, en el instante más oscuro de la tormenta, la luz de un campeón del mundo atravesó la neblina cordobesa para evitar el colapso total. El encuentro, correspondiente a la sexta jornada del Torneo Clausura 2026 de la Liga Profesional, tenía todos los condicionantes para ser un viacrucis para el elenco dirigido por el técnico auriazul, y durante gran parte del desarrollo del juego, así lo fue.

La expedición rosarina a la provincia mediterránea comenzó con el pie izquierdo. El conjunto local, conducido por la «T» albiazul, golpeó con saña en los compases iniciales, desnudando las fragilidades defensivas de una visita que aún arrastraba el peso anímico de una reciente y dolorosa eliminación de la Copa Libertadores. La ventaja tempranera parecía sentenciar el destino del encuentro, pero cuando el reloj marcaba el ocaso de las esperanzas, la figura del «Fideo» emergió para reescribir, al menos en parte, el guion de la velada.

El despertar de un héroe en el horizonte albiceleste

La primera mitad del espectáculo fue un monólogo de la escuadra dueña de casa. La presión alta y la movilidad de sus atacantes desbordaron a una defensa visitante que se mostró desconcertada y lenta en la reacción. El primer tanto, una obra de arte colectiva, hizo presagiar una goleada inminente. No obstante, fue el segundo grito, concretado por Valentín Depietri, el que encendió todas las alarmas en el banco suplente visitante. La ampliación en la ventaja, conseguida mediante una jugada de precisión quirúrgica, sumió a los hinchas del «Canalla» en un silencio sepulcral, mientras los cordobeses ya saboreaban una victoria que los impulsaría en la tabla de posiciones.

Parecía que el partido estaba sentenciado, que la resistencia del conjunto rosarino se diluía como un espejismo en el calor de la noche. Pero el fútbol, ese deporte imprevisible y maravilloso, guardaba un as bajo la manga. Cuando el cronómetro marcaba la hora de la desesperación, el árbitro no dudó en señalar el punto penal tras una infracción dentro del área. La pelota, redonda y pesada como un plomo, aguardaba en el disco de doce pasos. Todo el peso de la responsabilidad recayó sobre los hombros del experimentado Ángel Di María.

Con la frialdad de un cirujano y la jerarquía que le otorgan sus años de gloria en el viejo continente y la Selección Argentina, el talentoso extremo no tembló. Tomó carrera, se detuvo un instante para leer la reacción del guardameta, y fusiló al arquero con un disparo cruzado, raso y potente, que se alojó en el fondo de la red. No fue un simple gol; fue un grito de vida, un chispazo de rebeldía que encendió la mecha de la remontada. Ese tanto, que inscribió su apellido en el marcador, sirvió como un bálsamo momentáneo para la afición viajera, que aún no podía creer que su máximo referente estuviera sacando las castañas del fuego una vez más.

La gesta incompleta de un equipo herido

El empuje anímico que generó la conquista desde los doce pasos fue palpable. Rosario Central, transformado por la urgencia y el ímpetu de su capitán, volcó todas sus líneas al ataque en busca del empate. La «Academia» rosarina, abocada por entero a la tarea de nivelar el marcador, comenzó a asediar el arco defendido por Ezequiel Unsaín con una voracidad inusitada.

Fue en ese vendaval ofensivo donde apareció la segunda obra de arte de la noche. Un centro magistral, ejecutado por Franco Ibarra desde el sector derecho, surcó el área con una precisión milimétrica. Allí, en el lugar exacto donde la defensa local ya no podía llegar, apareció Di María. El oriundo de la ciudad de Rosario se elevó en el área chica y, con una definición de sobrepique exquisita, engañó al portero y colocó el balón pegado al palo izquierdo. El grito de gol fue atronador, una explosión de júbilo contenida que desató la euforia en el reducido pero ruidoso grupo de seguidores del «Canalla».

La celebración del «Fideo» fue eufórica, casi catártica. Con el puño en alto y el rostro desencajado por la emoción, el mediocampista pareció dejar atrás, al menos por unos segundos, la pesada losa que significó la eliminación copera sufrida días atrás. Ese tanto, que ponía el marcador 2-2, dejaba a su equipo a tiro de la épica, a un paso de una victoria que habría borrado todas las penas. El ímpetu y la confianza se apoderaron de los visitantes, que vieron en la igualdad la plataforma perfecta para lanzarse a la búsqueda del triunfo.

Sin embargo, la película no tuvo el final feliz que los hinchas del «Canalla» hubieran deseado. A pesar de la monumental actuación del campeón del mundo y de las innumerables ocasiones de gol que generó la ofensiva rosarina en los compases finales, la resistencia del conjunto de Córdoba fue férrea. El guardameta Unsaín, que había sido superado en las dos ocasiones anteriores, se transformó en una muralla infranqueable, desviando remates y ahogando los gritos de gol de los atacantes rivales con estiradas que merecieron el reconocimiento del público presente.

El pitazo final del juez encontró a un jugador de Rosario Central tendido en el césped, con las manos en la cabeza, reflejando la frustración de un equipo que lo dio todo pero no pudo coronar su gran remontada. La igualdad en Córdoba dejó un regusto amargo en el paladar del plantel auriazul, una sensación de deber inconcluso tras haber desplegado un poderío ofensivo arrollador en los últimos veinte minutos que, sin embargo, no fue suficiente para doblegar la voluntad del adversario.

El peso de la historia y la deuda pendiente

Este empate, aunque evita una derrota que hubiera sido devastadora para la moral, no hace más que profundizar la crisis de identidad que atraviesa el «Canalla» en el torneo local. La incapacidad para mantener la concentración en los momentos clave, sumada a la fragilidad defensiva que ya es un mal endémico, contrasta con la chispa individual de un jugador que, a pesar de su edad y de los millones de kilómetros recorridos, sigue siendo el faro indiscutible de este equipo.

El técnico auriazul tendrá ahora la difícil tarea de recomponer el ánimo de una plantilla que sintió muy cerca la gloria del triunfo y que, sin embargo, tuvo que conformarse con un simple punto. Para los hinchas, la imagen de Di María peleando cada balón y celebrando con desesperación sus goles será el único consuelo de una noche en la que el equipo soñó con ser grande, pero no pudo dejar de ser, por unos minutos, un conjunto que coquetea peligrosamente con la mediocridad. La «T» de Talleres, por su parte, celebrará este empate como una victoria, sabiendo que supo contener a un gigante herido que, en su última embestida, tuvo al «Fideo» a punto de darle la vuelta al partido, aunque la fortuna decidió que el milagro no se completara.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *