El delantero argentino, pieza clave en la conquista del mundo en Catar, atraviesa un complejo estado anímico y físico que lo marginará del crucial choque ante el Sevilla. Mientras el Atlético de Madrid blinda su salida hacia el Barcelona y solo abre una rendija hacia el Arsenal por una cifra astronómica, la directiva rojiblanca desliza un velo de sospechas sobre una presunta confabulación externa que habría sembrado la confusión en el espíritu del artillero.
El silencio sepulcral que suele anteceder a las grandes tormentas se ha instalado en los aledaños del Centro Deportivo de Majadahonda. La jornada vespertina del viernes no trajo consigo la ansiada imagen del retorno, sino que prolongó una ausencia que ya comienza a teñir de dramatismo el inicio de la temporada colchonera. Julián Álvarez, el ariete de la Scaloneta que grabó su nombre con letras doradas en el firmamento del fútbol mundial en la última cita ecuménica de Catar, decidió no sumarse alineado con sus compañeros, rubricando así su tercera incomparecencia sucesiva a las órdenes del cuerpo técnico. Tras dos jornadas previas de vacío en el césped, la expectativa depositada en su reaparición se desvaneció por completo, y la única concesión a la rutina profesional fue un presunto trabajo de carácter aislado, lejos del bullicio táctico del plantel principal, mientras el reloj corre implacable de cara al compromiso sabatino.
Este comportamiento errático ha encendido todas las alarmas en el seno de la entidad madrileña, que contempla con creciente preocupación el derrumbe anímico de uno de sus activos más preciados. La versión oficial que esgrime el club para justificar la reiterada falta de su pupilo apunta a una vaga “indisposición” de índole física; sin embargo, las filtraciones provenientes del entorno más cercano al jugador desnudan una realidad mucho más espinosa y profunda. Fuentes solventes han confirmado que el propio deportista habría reconocido abiertamente atravesar un periodo de profunda desazón espiritual, un bajón en su moral que le impide rendir al máximo nivel y que ha terminado por consumir su capacidad de concentración en el trabajo colectivo. Esta crisis de identidad dentro del vestuario tendrá una consecuencia inmediata e inapelable: su nombre no figurará en la convocatoria que enfrentará mañana al Sevilla en el Ramón Sánchez-Pizjuán, correspondiente a la tercera fecha del campeonato doméstico, un duelo de alta exigencia donde su olfato goleador se echará irremediablemente de menos.
Pero el trasfondo de este culebrón veraniego trasciende lo meramente deportivo para adentrarse en el terreno pantanoso de las negociaciones millonarias y las lealtades rotas. El Atlético de Madrid, lejos de mostrarse flexible ante las pretensiones del futbolista, ha erigido un muro infranqueable ante el acoso del Barcelona. La cúpula directiva del Metropolitano ha sido taxativa, tanto en el fuero interno como en los micrófonos, al sentenciar que bajo ningún supuesto se abrirá la puerta de salida hacia la Ciudad Condal, a pesar de que ese destino encarnaba el anhelo manifiesto del exdelantero del Manchester City. Consciente del poder de fuego de su estrella, el conjunto rojiblanco solo contempla una rendija de esperanza para el cambio de aires: una eventual transferencia al Arsenal, siempre y cuando la tesorería de los Gunners se avenga a desembolsar una suma estratosférica que ronde los 150 millones de euros, una cifra diseñada para espantar a cualquier pretendiente y que sitúa al argentino en el epicentro de la operación más cara de la historia del fútbol inglés.
En medio de este torbellino de especulaciones y desencuentros, la voz más autorizada del club ha roto su silencio para arrojar un jarro de agua fría sobre la versión del deseo del jugador. Miguel Ángel Gil Marín, consejero delegado de la institución, se ha mostrado especialmente duro y dolido al referirse al estado actual del delantero. Con un tono que oscilaba entre la compasión y la denuncia velada, el directivo manifestó que el jugador se encuentra “realmente mal”, víctima de una supuesta trama orquestada por terceras personas que habrían logrado “engañarlo y confundirlo” en su toma de decisiones. Gil Marín no ocultó su pesar al recordar la trayectoria compartida con el atacante, a quien calificó como una “gran persona” y un “profesional ejemplar”, para acto seguido describir la delicada coyuntura que lo aqueja: “está completamente confundido y ahora mismo pasando una situación muy, muy difícil, a nivel personal y profesional”. Estas declaraciones, cargadas de una retórica casi paternalista, no hacen sino avivar la sospecha de que el desenlace de esta novela estival está lejos de escribirse, y que la estabilidad del proyecto deportivo del Atlético pende de un hilo muy fino mientras el jugador busca recomponer los pedazos de su carrera y su autoestima.
