El Presidente profundiza su estrategia de confrontación contra el kirchnerismo y el “establishment”, mientras en su entorno crecen las dudas sobre los costos políticos de la polarización extrema. Entre insultos, arengas bélicas y un libro de cabecera, el mandatario se prepara para la batalla electoral con la misma furia que lo llevó al poder.
En el vértigo de la Casa Rosada, Javier Milei regresa a su versión más primigenia, aquella que lo consagró como el azote de un sistema en descomposición. El jefe de Estado ha decidido que su camino hacia la reelección será recorrido con las mismas armas que tres años atrás lo erigieron en verdugo de la política tradicional: el grito, el insulto compulsivo y una retórica de trinchera que no admite fisuras. Si el clima social destila enojo, su respuesta será más encono.
Durante esta semana, el mandatario dedicó casi cinco horas a clausurar, ante sus ministros y legisladores, un debate interno que amenazaba con dividir a su espacio. El eje de la controversia giraba en torno a la conveniencia de mostrar un rostro más sensible ante el evidente deterioro de la confianza ciudadana en el rumbo económico, un fenómeno que ya se refleja en la mayoría de los sondeos de opinión. La conclusión del Presidente fue taxativa: la empatía es un señuelo tendido por el adversario.
En la reunión de Gabinete del lunes, Milei habilitó un ejercicio inusual: discutir abiertamente la morosidad bancaria y el estancamiento de la actividad. Pero su análisis partió de una premisa inflexible: cualquier gesto de comprensión hacia quienes padecen el ajuste equivaldría a “entregar la trinchera de los resultados económicos”. Para él, no existe el matiz entre reconocer un problema y admitir una crisis. “Esto es la guerra. Enfrente están los orcos. El kirchnerismo, si te ve débil, te pasa por arriba”, arengó a sus colaboradores, según reconstruyen dos de los presentes.
Esa misma lógica guerrera fue trasladada a los diputados y senadores libertarios, en una cumbre previa a la sesión que le deparó al oficialismo una cadena de victorias legislativas en proyectos económicos caros al alma del espacio. “Los tenemos que hacer mierda; es el único lenguaje que entienden”, repitió ante sus huestes, según rememora un asistente.
Pero detrás de esa fogosidad calculada se oculta un temor inconfesable que ronda las conversaciones de su círculo más íntimo. ¿Qué ocurrirá si la apuesta por la polarización, tan redituable en el balotaje de 2023 y en las legislativas de 2025, termina por agotarse? “Contra el kirchnerismo no podemos perder. Si aparece un candidato de fuera de la política, el riesgo es mayor”, admite un funcionario de total sintonía con el Presidente. Y es que figuras como Jorge Brito, Dante Gebel, Daniel Hadad o Carlos Melconian ya merodean ese territorio fértil de desencantados con Milei que, a su vez, rechazan un retorno del peronismo.
“La avenida del medio siempre es ancha el año anterior. Después se hace un callejón finito y terminamos en un Boca-River”, grafica uno de los principales estrategas libertarios. Milei aspira a que ese escenario de definición binaria se cumpla. Por eso, insiste en que no deben dejarse “psicopatear” por el relato opositor y que la economía, con crecimiento, inflación a la baja y récord de reservas y exportaciones, es su mejor blindaje.
El jueves, ante alumnos de la Escuela ORT, reforzó su discurso al denunciar “presiones para modificar el rumbo y ser más laxos” y prometió no ceder “a los cantos de sirena”. Incluso alentó a los jóvenes a abuchear a periodistas, con la promesa de festejarlo. Un gesto pedagógico que revela hasta dónde llega su cruzada contra los medios.
La dualidad entre el discurso blindado del Presidente y la acción pragmática de sus ministros quedó retratada esta semana con el anuncio de Luis Caputo sobre un proyecto para reactivar el crédito hipotecario mediante el Fondo de Garantía de Sustentabilidad de la Anses. Caputo, vacunado contra la ira presidencial, llegó a invocar la “justicia social” y el “efecto multiplicador” keynesiano, herejías imperdonables para el liberalismo más ortodoxo. Sin embargo, el ministro se había cubierto las espaldas horas antes al pedir a los jueces que actúen contra periodistas que difundan informaciones consideradas falsas por el Estado.
El plan hipotecario, de alcance acotado (unas 15.000 familias), persigue un fin simbólico: seducir a los jóvenes, el segmento etario donde el mileísmo cosechó sus mayores apoyos y que ahora, según los sondeos, navega en el desencanto. La urgencia por buenas noticias se hizo evidente cuando Milei y su equipo celebraron con estridencia un repunte del 6% en el Índice de Confianza en el Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella, aunque el Índice de Confianza en el Consumidor, de la misma fuente, había caído en el mismo mes. Entonces, el silencio oficial fue la norma.
Más efusiva fue la reacción presidencial ante los triunfos legislativos, que exhibieron nuevamente la solidez de la alianza antikirchnerista en Diputados. Un trofeo para los mercados, aunque el peronismo alcanzó a amagar con una mayoría para discutir proyectos vinculados a deudores morosos. Es un pulso cotidiano.
Mientras tanto, el Gobierno autoriza el pragmatismo mientras no se lo proclame. El jefe de Gabinete, Diego Santilli, dosifica concesiones a gobernadores aliados y gestiona los tiempos de las desregulaciones que tanto deleitan a Milei. Como símbolo de su fe inquebrantable, el Presidente obsequió esta semana a sus visitantes el libro La economía en una lección, de Henry Hazlitt, un manifiesto purista contra la intervención estatal. Su eje central, la falacia de la ventana rota, plantea que los efectos inmediatos de una medida ocultan costos invisibles para la colectividad.
Pero la pregunta que flota en el aire es dónde encajan, en esa cosmovisión, los créditos impulsados con dinero de los jubilados. Milei responderá que el poder tiene restricciones. Quizás esa misma lógica lo lleve, en semanas venideras, a presentar alivios para los deudores en problemas, a quienes hoy ridiculiza como compradores impulsivos de televisores gigantes. Por ahora, el grito y la arenga siguen siendo su brújula. Y su única certeza es que, en la batalla final, no habrá Plan B.
