Lo que comenzó como una moda tecnológica se convirtió en una herramienta de hostigamiento digital. Mujeres de distintos países denuncian ser filmadas sin permiso en gimnasios, fiestas y espacios públicos, mientras Noruega avanza con una regulación pionera y los especialistas alertan sobre el peligro de normalizar dispositivos que, bajo una apariencia inofensiva, ocultan un enorme potencial de abuso.
El vertiginoso avance de la tecnología portátil ha traído consigo no sólo promesas de comodidad y eficiencia, sino también una sombra inquietante que se cierne sobre la intimidad de las personas. En los últimos meses, las gafas inteligentes —ese prodigio de miniaturización que permite fotografiar, filmar, traducir, escuchar música o interactuar con asistentes de inteligencia artificial sin apartar la mirada del mundo real— se han convertido en el centro de una controversia global que trasciende lo meramente técnico para adentrarse en el terreno de la ética, la privacidad y el respeto en el espacio público. Lo que inicialmente fue celebrado como un avance inclusivo, capaz de asistir a personas con discapacidad visual, ha derivado en una práctica viral de matices perturbadores: varones que, amparados en el disimulo de estos lentes de diseño convencional, graban a mujeres sin su consentimiento y difunden las imágenes en redes sociales como parte de un juego de conquista tan humillante como invasivo.
El fenómeno, bautizado bajo la etiqueta “can I get your number?” —¿puedo tener tu número?—, encontró en TikTok su principal vitrina. La dinámica es siempre la misma: un hombre se acerca a una mujer, entabla una conversación aparentemente casual y, desde un ángulo subjetivo que simula ser la mirada del propio protagonista, le solicita su teléfono. Lo que parece un intercambio trivial se convierte, sin embargo, en un espectáculo público cuando el registro audiovisual es subido a la plataforma, muchas veces sin el más mínimo asentimiento de la persona retratada. Aunque la tendencia germinó en países de habla inglesa, ya cruzó el Atlántico y encontró eco en Argentina, donde influencers locales replican el formato en escenarios tan disímiles como celebraciones deportivas, exclusivos eventos sociales en el Campo Argentino de Polo o las concurridas playas de Buenos Aires.
El testimonio de Carolina Groba, joven que asistió a una fiesta en un conocido boliche de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, ilustra con crudeza esta realidad. En diálogo con Página/12, relató cómo un asistente al evento, provisto de unas gafas con una luz intermitente que delataba su funcionamiento, la filmó mientras conversaban. Al preguntarle si efectivamente estaba grabando, el hombre respondió con desparpajo que subiría el material a Instagram y la instó a buscarlo allí. Groba no fue la única: en Londres, Kate, una mujer que entrenaba en su gimnasio, sufrió una experiencia similar cuando un desconocido se aproximó para pedirle su número, recibió una negativa y, aún así, publicó el video en la red social. En apenas seis horas, la grabación acumuló 50 mil reproducciones y una catarata de comentarios ofensivos sobre su apariencia y conducta. “Estoy angustiada. La gente se burla de mí en internet, sin comprender que nada de esto fue consentido”, declaró la joven a comienzos de año, reflejando el profundo malestar que deja esta forma de exposición forzada.
A pesar de que TikTok eliminó las cuentas que difundían esos contenidos tras las denuncias, la práctica persiste, alimentada por la impunidad que otorga el anonimato digital y la facilidad con que estos dispositivos se camuflan en el paisaje cotidiano. Incluso hay registros de jóvenes estadounidenses que, utilizando identificaciones falsas para consumir alcohol, fueron interrogados por un influencer con gafas inteligentes sobre sus edades y preferencias románticas, en un claro ejemplo de cómo la tecnología se convierte en vehículo de vulneración de derechos.
El filósofo Sebastián Agustín Torrez, doctor por la Universidad Nacional de Córdoba y magíster en Tecnología, Políticas y Culturas, observa con atención la evolución de estos artefactos. Recuerda que, a principios de 2024, el uso de las Apple Vision Pro en el metro de Nueva York generó asombro por su aparatosa estructura, que aislaba al usuario de su entorno. Sin embargo, en apenas dos años, las Ray-Ban Meta Smart Glasses han logrado lo que parecía imposible: integrar capacidades computacionales y sensores de captura de datos en tiempo real bajo la apariencia estilizada de unos anteojos de sol convencionales. “Hay un esfuerzo muy marcado de las grandes corporaciones tecnológicas por hacer que estos dispositivos de percepción técnica pasen cada vez más desapercibidos”, subraya Torrez, quien advierte que la hibridez entre lo analógico y lo digital no es inherentemente positiva, por más que represente un progreso técnico. “Es imperativo incorporar criterios éticos, sociales y políticos. Muchas veces, detrás de los discursos bondadosos de las corporaciones se esconden sus verdaderos objetivos: captar datos que luego monetizan dentro de la economía de la atención”, sentencia.
El especialista enfatiza que estas tecnologías disruptivas demuestran que no puede dejarse la regulación de los avances técnicos exclusivamente en manos de las leyes del mercado. Grabar sin autorización a personas o apropiarse de bienes informacionales resulta ahora una posibilidad al alcance de cualquiera, y ello modifica sustancialmente el tejido de las relaciones sociales. “Es crucial desarrollar una actitud crítica que nos permita relacionarnos con la tecnología de manera complementaria, sin que afecte negativamente nuestro buen vivir y convivir humano”, afirma Torrez, quien considera este debate como un espacio de resistencia y militancia frente a la naturalización de interfaces que, a fuerza de uso cotidiano, terminan por volverse invisibles.
En este escenario, el rol del Estado adquiere una relevancia capital. Noruega, país pionero en la defensa de la privacidad, ya planea endurecer la normativa sobre gafas inteligentes y dispositivos afines, con el objetivo de resguardar la intimidad de sus ciudadanos. La propuesta, impulsada por el Ministerio de Digitalización, incluye la prohibición expresa de funciones de identificación facial en espacios públicos, dado que el rostro constituye un dato biométrico sensible amparado por las leyes de privacidad. Cualquier escaneo o reconocimiento automático requeriría, en adelante, un consentimiento explícito y claro; de lo contrario, se transformaría en una forma encubierta de vigilancia masiva. La ministra Karianne Tung ha sido enfática al señalar que “la vida privada y la intimidad de las personas se ven sometidas a presión por las nuevas tecnologías”, y por ello aboga por una regulación más estricta que la existente.
Sin embargo, las advertencias no se detienen allí. Finn Lutzow-Holm Myrstad, responsable de política digital del Consejo Noruego del Consumidor, ha remarcado que Meta ya cuenta con la tecnología lista para ser incorporada a sus gafas, y que es sólo cuestión de tiempo antes de que eso ocurra. Su preocupación se extiende a la inutilidad de prohibir ciertas funciones si los dispositivos siguen permitiendo grabar de manera oculta. Aunque la compañía asegura que sus gafas poseen un LED que se ilumina durante la captura de contenido, existen numerosos tutoriales en internet que explican cómo desactivar o tapar esa luz, y otras empresas ni siquiera incluyen ese mecanismo de advertencia. “El potencial de abuso es enorme”, sentencia Myrstad, en una frase que resume el temor generalizado.
En la Argentina, por el momento, no hay proyectos legislativos específicos que aborden el uso de estas gafas, aunque sí iniciativas más amplias sobre inteligencia artificial y protección de datos que podrían indirectamente alcanzarlas. No obstante, la postura del gobierno nacional parece inclinarse por ofrecer a la industria tecnológica un territorio libre de regulaciones, bajo la premisa de que cualquier restricción frena la innovación. Esta perspectiva, sin embargo, choca con la evidencia de que el progreso técnico, cuando carece de controles éticos y jurídicos, puede derivar en instrumentos de opresión y humillación, tal como lo demuestran los casos ya documentados.
La discusión, entonces, no es menor. Las gafas inteligentes, en su doble condición de ayuda y amenaza, plantean un desafío profundo a las nociones de consentimiento, espacio público y dignidad. Mientras las corporaciones perfeccionan su camuflaje y los influencers multiplican las tendencias virales, las víctimas claman por protección y los expertos exigen una mirada crítica que desnaturalice lo que, por su cotidianidad, corre el riesgo de volverse aceptable. La pregunta que queda flotando en el aire es si la sociedad será capaz de poner límites a tiempo, antes de que la tecnología, en su carrera imparable, termine por erosionar los cimientos de la convivencia democrática.
