El oído entrenado anticipa el movimiento: los músicos aprenden secuencias motoras con mayor velocidad y precisión, según un estudio australiano

El oído entrenado anticipa el movimiento: los músicos aprenden secuencias motoras con mayor velocidad y precisión, según un estudio australiano

Una investigación conjunta de tres universidades revela que la formación musical no solo acelera la adquisición de patrones de movimiento, sino que otorga una capacidad superior para prever el siguiente paso. Sin embargo, la memoria motora recién adquirida resulta frágil ante estímulos visuales distintos, lo que abre nuevas preguntas sobre cómo planificar el entrenamiento y la rehabilitación.

En el cruce entre la música, el cerebro y el movimiento, un nuevo estudio aporta evidencia contundente sobre una ventaja que los intérpretes musicales poseen frente a quienes no han recibido entrenamiento formal: su habilidad para aprender secuencias de acciones es más veloz y, sobre todo, van un paso adelante en la predicción de lo que ocurrirá a continuación. Así lo concluye una investigación publicada en la revista Psychological Research, firmada por especialistas de la Universidad Edith Cowan (ECU), la Universidad Curtin y la Universidad Deakin, en Australia.

El trabajo no solo confirma hallazgos previos que ya señalaban una superioridad de los músicos en el aprendizaje motor, sino que se adentra en los mecanismos que explican esa diferencia. Según explicaron Li-Ann Leow, primera autora del artículo y profesora de psicología en la ECU, y Welber Marinovic, profesor asociado en la Universidad Curtin y último firmante, los músicos parecen poseer una especie de radar interno que les permite anticipar el eslabón siguiente dentro de una cadena de movimientos. Esa capacidad predictiva, subrayaron, no debe confundirse con una memoria más resistente a los olvidos o a las interferencias externas; se trata, más bien, de una destreza para leer el tiempo y el orden con una fluidez que los no iniciados no logran igualar.

Para llegar a estas conclusiones, el equipo diseñó un experimento que involucró a 151 participantes, de los cuales aproximadamente la mitad contaba con formación musical formal. A todos ellos se les pidió que aprendieran una secuencia de diez pasos, guiados por señales visuales proyectadas en una pantalla y acompañadas por sonidos asociados a cada movimiento. Tras un breve intervalo, los investigadores introdujeron una secuencia diferente —ya fuera mediante estímulos visuales o auditivos— para luego volver a evaluar el recuerdo de la secuencia original.

Los resultados arrojaron una pauta clara y reveladora: tanto músicos como no músicos vieron afectado su rendimiento cuando la nueva secuencia presentaba información visual distinta. En cambio, la mera exposición a una secuencia sonora diferente apenas generó interferencias. Este hallazgo, según destacó Leow, demuestra que la memoria motora es vulnerable a la influencia de lo que se observa, no tanto de lo que se escucha. “La memoria motora puede verse alterada con solo mirar una secuencia visual diferente”, afirmó la investigadora, y añadió que esta constatación resulta crucial para repensar las estrategias de práctica en ámbitos tan diversos como el aprendizaje de habilidades, la rehabilitación física o el entrenamiento deportivo.

La investigación, sin embargo, no se detiene en la descripción del fenómeno, sino que extrae implicaciones prácticas de alto valor. Leow señaló que, si las nuevas memorias motoras son vulnerables únicamente a interferencias en la misma modalidad sensorial en la que se basa la tarea —en este caso, la visual—, entonces proteger ese aprendizaje reciente pasa por gestionar con cuidado el canal sensorial pertinente. Pero aclaró que esto no equivale a imponer silencio o inmovilidad absoluta en todo momento, sino a ser conscientes de qué estímulos pueden competir con la información que se intenta fijar.

Un matiz fundamental que los autores quisieron remarcar es que la experiencia musical no otorga una memoria indestructible, sino una mejor capacidad de anticipación. “Los resultados sugieren que la experiencia proporciona una mejor capacidad de predicción, no una memoria más indestructible; son cosas distintas”, enfatizó Leow, en una distinción que invita a repensar los programas de entrenamiento y rehabilitación, que suelen asumir que la repetición constante es la clave del éxito.

El estudio también deja abierta una pregunta que ya está siendo explorada por el mismo equipo: ¿esa ventaja de los músicos se mantiene en la fase de consolidación, cuando una habilidad recién aprendida se estabiliza y se vuelve más resistente a las interferencias? Los autores reconocen que aún no hay una respuesta definitiva, y por eso han puesto en marcha una nueva línea de investigación que utiliza mediciones cerebrales, como la electroencefalografía (EEG), para observar en tiempo real cómo la formación musical modifica la actividad neuronal durante la anticipación de movimientos.

En palabras de los propios investigadores, “los músicos demuestran ventajas en la adquisición de secuencias motoras, mostrando un aprendizaje más rápido y un mejor conocimiento explícito de la secuencia que los no músicos”. Pero, advierten, resta dilucidar si esa superioridad persiste una vez que la memoria ha pasado por el filtro del tiempo y la práctica.

El estudio, además, dialoga con una visión más amplia sobre lo que ocurre en el cerebro cuando escuchamos o ejecutamos música. David Silbersweig, neurólogo y psiquiatra de la Facultad de Medicina de Harvard, que no participó en esta investigación, ha descrito cómo la música activa un entramado de regiones cerebrales: el lóbulo temporal, encargado de procesar el tono y la altura del sonido; el cerebelo, asociado al ritmo, la sincronización y el control del movimiento; la amígdala y el hipocampo, vinculados con las emociones y los recuerdos; y diversas zonas del sistema de recompensa. “Todas estas áreas deben trabajar en conjunto para integrar las diversas capas de sonido a través del espacio y el tiempo, de modo que podamos percibir una serie de sonidos como una composición musical”, explicó Silbersweig en un artículo de divulgación.

Esa integración multisensorial que describe el neurólogo de Harvard es, precisamente, la que los músicos entrenan durante años, y la que ahora este estudio australiano vincula con una capacidad de predicción motora que trasciende el ámbito artístico. Los hallazgos no solo iluminan la neurociencia del aprendizaje, sino que ofrecen pistas concretas para diseñar rutinas de práctica más eficientes, ya sea en una sala de ensayo, en un gimnasio o en una sesión de rehabilitación. La música, una vez más, se revela como un laboratorio natural para entender cómo el cerebro construye el futuro a partir del ritmo y el orden.

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