Entre el ajuste fiscal, la caída del ingreso en el Conurbano y la interna feroz entre Sturzenegger y Caputo, el gobierno de Javier Milei enfrenta su primera gran prueba de fuego. Mientras los empresarios advierten sobre un escenario de “frugalidad estoica” en los hogares, la sombra de 2027 comienza a proyectarse sobre la Rosada.
El diagnóstico ya no admite dilaciones. La administración libertaria ha dejado atrás la fase de exploración y se enfrenta al núcleo duro de su gestión: la economía real, el bolsillo de las familias y una sociedad que, según los consultores de mayor llegada al poder empresarial, se divide en dos mundos cada vez más distantes. “La etapa diagnóstica terminó”, sentenció Guillermo Oliveto, el analista de consumo masivo más escuchado por los líderes del Círculo Rojo, en su último informe confidencial. Y lo ilustró con una imagen tan elocuente como inquietante: El Pensador de Rodin, un hombre desnudo, sumido en la meditación, enfrentado a la nada. Como si la Argentina entera estuviera atravesando un conflicto existencial.
Oliveto, lejos de ser un crítico de las estructuras liberales, se limita a reflejar lo que sus números le muestran. Y lo que revelan es alarmante: el consumo hogareño ha entrado en una era de austeridad militante, basada en los preceptos de Séneca, Marco Aurelio y Epícteto. Autocontrol, moderación, frugalidad, disciplina, razón y virtud son los nuevos mandamientos de una sociedad que, ante la falta de horizontes, se ve obligada a replegarse sobre lo mínimo. Pero esa estoicidad no es pareja. El informe de la consultora W traza una pirámide donde la cúpula, apenas un 5 por ciento de la población, concentra ingresos familiares que arrancan en los 7,5 millones de pesos mensuales. En el extremo opuesto, la clase baja —que en el país representa el 21 por ciento de los hogares— se eleva al 25 por ciento en el Conurbano bonaerense, donde la mitad de la población vive con ingresos que oscilan entre 900 mil y 1,9 millones de pesos.
Esa brecha geográfica y social es, quizás, el dato más inquietante para el oficialismo. Porque el Conurbano no solo concentra el 40 por ciento de los votos nacionales, sino que además es el termómetro más sensible de la crisis. Allí, la caída del ingreso es más profunda que en el resto del país, y los sondeos que maneja la Casa Rosada indican que la ciudadanía culpa directamente al Presidente, y no al gobernador Axel Kicillof, como el gobierno esperaba. El economista Ricardo Arriazu, uno de los referentes técnicos que Milei escucha con atención, no cesa de repetir a sus clientes que el Conurbano “es una bomba”. Una advertencia que resuena con fuerza entre los operadores políticos, porque en ese territorio se incuba, tal vez, el germen de una posible derrota en las elecciones de 2027.
Pero el escenario no se limita a la foto social. El texto de Oliveto también destapa una fisura que atraviesa al propio oficialismo y que amenaza con convertirse en una grieta interna de proporciones mayúsculas. La disputa entre Federico Sturzenegger y Luis “Toto” Caputo, dos de los hombres de mayor influencia sobre el Presidente, ha resurgido con una virulencia que recuerda los días más oscuros del gobierno de Mauricio Macri. El primero, académico de Harvard, fundamentalista y sin empleo real conocido, encarna la facción más ultra del proyecto libertario. El segundo, gestor de mesas de dinero con una carrera exitosa en la banca internacional, desprecia a los teóricos y se juramentó ante Milei para seguir hasta diciembre de 2027. Ambos se odian desde aquel junio de 2018, cuando Marcos Peña echó a Sturzenegger del Banco Central y sostuvo a Caputo en la secretaría de Finanzas. El Fondo Monetario Internacional, por entonces, respaldó a Caputo y relegó al “Coloso”, como se conoce a Sturzenegger, que desde entonces cultiva una vendetta que hoy, en medio de la crisis, encuentra el terreno fértil para su embestida.
Mientras la interna se recrudece, el poder económico parece inclinarse hacia Caputo, no tanto por afinidad ideológica sino por pragmatismo. Los grandes grupos entienden que, en la etapa más crítica del gobierno, la figura de Sturzenegger representa más un combustible para el incendio que una solución. Sin embargo, el Ministro de Desregulación no da tregua. En un artículo reciente, tergiversó los resultados de la gestión PRO para cubrirse y luego advirtió que el temor a acelerar el ajuste en 2018 fue lo que precipitó la salida de Macri. Ese diagnóstico, que hoy susurra al oído de Milei, choca de frente con la estrategia gradualista que Caputo intenta imponer.
La tensión no se limita al Palacio de Hacienda. El mundo empresarial también está en ebullición. El jueves pasado, mientras el titular de la UIA, Martín Rappallini, celebraba el Día de la Industria, los celulares de los presentes estallaron con una declaración incendiaria de Guillermo Moretti, vice de la entidad y químico santafecino, que calificó a Caputo como “un trader que no sabe lo que es una fábrica”. El secretario de Producción, Pablo Lavigne, recibió el mensaje en primera fila y, a la salida, exhortó a Rappallini a moderar a su par. Más tarde, el dueño de Cerámica Alberdi, cercano al gobierno, recibió un llamado furioso de Caputo, que le reclamó contener esas expresiones. La respuesta no se hizo esperar: Rappallini salió a la televisión y arremetió contra Moretti y la Federación de Santa Fe, en un gesto de obediencia a la recomendación oficial que rompió todos los códigos internos.
Detrás de ese desbarajuste, los analistas señalan una crisis más profunda: la pérdida de conducción política de Paolo Rocca al frente de Techint. Desde que su lugarteniente histórico, Luis Betnaza, dejó de ser el nexo con el establishment, el holding ha perdido fineza en su lobby. Los sucesores de Betnaza no logran interpretar lo que Rocca quiere, y la disputa silenciosa entre David Uriburu y Alejandro Gentile, otro hombre de Techint que quedó a cargo de la UIPBA, evidencia la falta de un líder que, como Betnaza, sepa moverse en las aguas turbulentas del poder sin generar fricciones. Lo único que los lugartenientes de Paolo logran frenar es cualquier intento de la UIA de acercarse a candidatos opositores del PJ, pero para el dueño de la “T” eso resulta insuficiente.
La complejidad de la relación con Brasil agrega otro frente de conflicto. El viernes, en una reunión en la Secretaría de Producción y Comercio para avanzar en un acuerdo de libre comercio entre el Mercosur y un bloque de países asiáticos, Carolina Cuenca, secretaria de Comercio Exterior, se topó con la presión directa de una enviada de Techint. La empresaria, una cuarta línea del holding, fue al grano: “El problema es la chapa de la India”. La pregunta que subyacía era qué pasaría con Brasil en año electoral, donde Lula define su continuidad. Cuenca, ya impaciente, exigió una respuesta directa: “¿Qué es lo que quiere Techint?”. La enviada de Rocca no dudó: necesitan certezas sobre el comercio con India, un tema que afecta directamente sus operaciones. Pero la interferencia política y la tensión con el gigante sudamericano hacen que cualquier avance sea incierto.
En ese contexto, el gobierno de Milei se enfrenta a una paradoja: su principal fortaleza —la convicción de que no hay más alternativa que el ajuste— es también su mayor debilidad. La sociedad debe amoldarse o morir en el intento, repiten desde el oficialismo. Pero los datos muestran que el costo del ajuste recae de manera desproporcionada sobre los sectores más vulnerables, y que la capacidad de resistencia de esos sectores tiene un límite. La consultora W y Scentia coinciden en que la capacidad de compra y el territorio dictan las normas: en CABA, la clase alta consume pocos ítems de mayor valor; en el Conurbano y el Interior, la máxima cantidad de unidades al menor precio posible. Esa es la geografía del estoicismo forzado.
Milei, inclinado hacia el lado de Sturzenegger, parece dispuesto a profundizar el ajuste. Pero el fantasma de 2018, cuando Macri dudó y terminó siendo devorado por la crisis, sobrevuela cada decisión. Caputo, por su parte, apuesta a la gestión y a la contención de los actores económicos, aunque su nerviosismo crece a medida que la recesión se prolonga y las críticas se multiplican. El poder económico, por ahora, le da un voto de confianza, pero no indefinido. La pregunta que todos se hacen, en los pasillos del poder y en las mesas de los hogares del Conurbano, es la misma: ¿cuánto tiempo más podrá sostenerse este modelo sin que la sociedad estalle? La respuesta, por ahora, sigue siendo una incógnita. Pero el diagnóstico ya está hecho. Y no es alentador.
