Racing en crisis: el año en que Milito quiso dejar su huella y el equipo se desmoronó

Racing en crisis: el año en que Milito quiso dejar su huella y el equipo se desmoronó

Tras un primer mandato sostenido por la herencia deportiva e institucional de Víctor Blanco, el presidente académico apostó por un cambio de rumbo que incluyó un recorte presupuestario, la desmantelación del plantel campeón y la salida de Gustavo Costas. El resultado es un presente alarmante: último en su grupo, sin rumbo futbolístico y con un cuestionamiento creciente hacia la dirigencia.

Durante su primer año al frente de Racing, Diego Milito se benefició de la herencia que le había dejado el exitoso ciclo de Víctor Blanco. Sobre esa base, el club contó con un equipo competitivo que en 2025 se consagró campeón de la Recopa Sudamericana tras superar a Botafogo de Río de Janeiro tanto en el partido de ida como en el de vuelta. Aquel plantel también alcanzó las semifinales de la Copa Libertadores, donde Flamengo lo eliminó por apenas un gol de diferencia, y estuvo a una pelota de quedarse con el Torneo Clausura, que finalmente perdió ante Estudiantes en la definición por penales. A eso se sumaba una institución ordenada, prolija y administrada con criterio, dueña de una de las tres economías más poderosas del fútbol argentino.

Sin embargo, en 2026 Milito decidió imprimir su propio sello. Redujo el presupuesto destinado al plantel profesional, permitió la partida de buena parte del equipo que había conquistado la Copa Sudamericana de 2024 —de los titulares solo permanecieron “Maravilla” Martínez y Di Césare— y conformó en su lugar una nómina mucho más austera. Como si fuera poco, admitió públicamente que había sido un error renovarle el contrato al técnico ídolo Gustavo Costas y le solicitó la renuncia. En el torneo Apertura, el equipo apenas logró sobrevivir: llegó hasta los cuartos de final, donde cayó 2 a 1 frente a Rosario Central. En el Clausura, en cambio, la campaña resulta desastrosa: una sola victoria en nueve presentaciones, ocho jornadas sin conocer el triunfo, seis derrotas en siete partidos, último en el grupo B con cinco unidades sobre veintisiete y vigésimo cuarto en la tabla anual con veintiséis puntos, a doce de la clasificación a la Copa Sudamericana.

La responsabilidad como entrenador de Juan Pablo Vojvoda es, sin duda, indelegable. Dirigió once encuentros de los cuales Racing ganó tres y perdió seis. Por esa razón, su continuidad pende de un hilo a punto de cortarse. El conjunto carece de una línea de juego definida y paga muy caro cada error que comete. Pero tampoco parece contar con recursos humanos de jerarquía: los mercados de pases de este año debilitaron al plantel y, salvo el lateral derecho Ezequiel Cannavo, consolidado como titular, muchos de los futbolistas que arribaron para ocupar el lugar de los que se marcharon —Salas, Nardoni, Almendra, Sosa, Rojas, Zuculini, Martirena— no estuvieron a la altura de las circunstancias. Otros, como Miljevic, Ortegoza, Lodico, Leonel Pérez y Lautaro Díaz, quizás podrían rendir más en un contexto más favorable. Por ahora, la crisis los está devorando.

Todas las miradas acusadoras apuntan hacia Milito y hacia su secretario deportivo, Sebastián Saja. Por su condición de ídolo, porque prometió que con él al mando Racing daría un salto de calidad y porque nunca anticipó que la motosierra también iba a aplicarse en el club. Tampoco advirtió que la prioridad no pasaba por potenciar al equipo, sino por avanzar en la construcción de un Centro de Alto Rendimiento de escala internacional en Ezeiza. Observadores con muchos años de trayectoria en la institución sostienen que, si Milito no da un golpe de timón en los dos años que le restan de mandato, ni siquiera podrá presentarse a los próximos comicios presidenciales.

No obstante, en este momento tan crítico, los apasionados socios académicos también deberían hacer su propia autocrítica. Aunque cargaba con el desgaste de diez años de gestión, con Víctor Blanco estaban dadas las condiciones para que Racing siguiera creciendo dentro y fuera de la cancha. Deslumbrados por el aura de Milito, esos socios votaron con emoción, identidad y sentido de pertenencia, y se olvidaron de todo lo demás. Ahora están pagando las consecuencias.

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