La consigna que une a los argentinos trascendió el deporte y se instaló en la vida cotidiana, mientras se rescata una historia olvidada que anticipó el fervor malvinero décadas antes de la guerra.
La sentencia que afirma la soberanía argentina sobre las islas del Atlántico Sur ha dejado de ser una simple expresión para convertirse en un emblema que recorre el país de punta a punta. Aquellas cuatro palabras que los integrantes del seleccionado nacional levantaron en una bandera confeccionada a mano tras vencer a Inglaterra en la semifinal del campeonato mundial marcaron un antes y un después. El gesto, cargado de emoción, sacó la reivindicación de la esfera exclusivamente política para instalarla en el centro mismo de la celebración popular.
Hoy, ese lema no solo representa un anhelo largamente postergado ni la herida que el paso del tiempo no logra cerrar. Se ha transformado en un fenómeno cultural que invade vidrieras y talleres. Aparece bordado en prendas de vestir, estampado en bolsos, en objetos para el hogar y hasta en costosas piezas de indumentaria femenina. Lo llevan con orgullo las generaciones mayores y también los jóvenes, quienes lo asumen como una parte esencial de su identidad. La frase, que supo ser patrimonio de la causa nacional, ahora es también una tendencia que se multiplica en la vida diaria de millones de personas.
Sin embargo, este fervor tiene antecedentes que se remontan mucho más atrás en el tiempo. A mediados de la década del setenta, cuando faltaban varios años para el conflicto bélico y mucho más para la gesta deportiva, un boxeador de fuerte personalidad y enorme popularidad decidió respaldar la causa con un gesto tan osado como pintoresco. Oscar “Ringo” Bonavena, ídolo del ring y figura mediática, se colocó una camiseta negra que llevaba impresa la misma proclama, aunque con una traducción defectuosa al idioma inglés. La prenda, que lucía en el pecho y la espalda, fue utilizada durante una gira por México en la que el púgil acompañó a otros campeones mundiales del boxeo argentino para alentar a un compatriota que disputaría un título internacional.
En realidad, la iniciativa de Bonavena respondía a un pedido de su amigo y padrino de su hijo, el empresario periodístico Héctor Ricardo García, propietario del diario Crónica. Por aquellos días, el matutino desplegaba una intensa campaña por la recuperación de las islas y solía referirse a los británicos con el calificativo de piratas. La obsesión de García por el tema era notoria: había cubierto con gran despliegue la patriada de un piloto que aterrizó en una pista isleña para clavar la bandera argentina y había sido testigo privilegiado de un operativo comandado por un grupo peronista que desvió un avión de la línea de bandera para posarse en la capital malvinera.
El director del diario solicitó el apoyo del boxeador para su cruzada y Ringo no dudó en sumarse. Con su fama de peleador internacional, se integró a la delegación de figuras que el empresario Juan Carlos Lectoure organizó desde el Luna Park para respaldar al púgil Horacio Saldaño. Durante toda la semana que permaneció en la capital mexicana, Bonavena concedió entrevistas, se fotografió y participó de diversos actos siempre con la camiseta negra y la leyenda adherida al cuerpo. Incluso, en cada reportaje pedía que le preguntaran sobre las islas y elaboraba extensas respuestas para fundamentar, a su manera, por qué la Argentina debía recuperarlas. Luego, se comunicaba con García para relatarle lo dicho y asegurarse de que quedara reflejado en las páginas del diario.
La travesura sirvió para difundir la causa, aunque no tuvo un desenlace feliz para ninguno de los protagonistas. El formidable boxeador José “Mantequilla” Nápoles noqueó en apenas tres asaltos a Saldaño, quien había subido al ring con el brazo derecho dormido por una inyección mal aplicada. En un agasajo periodístico previo, Bonavena y Carlos Monzón se excedieron con las bromas y las indirectas, además de con el vino, y estuvieron a punto de llegar a las manos, lo que habría sido la pelea del siglo para el boxeo nacional. La intervención oportuna del periodista Julio Ernesto Vila evitó el escándalo.
Peor suerte corrió García: el gobierno de Isabel Martínez de Perón emitió un decreto que clausuró Crónica por tiempo indeterminado y ordenó el procesamiento del empresario y de los directores de ambas ediciones, acusándolos de haber comprometido las buenas relaciones diplomáticas con el Reino Unido mediante la campaña por las islas. El diario recién reapareció con ese nombre a mediados de 1975.
¿Dónde habrá quedado aquella camiseta negra? ¿Quién la guardó? Nunca más se supo de ella. Bonavena falleció el 22 de mayo de 1976 en Reno, Nevada, seis años antes de la guerra. Si aquel Ringo exultante hubiera vivido, estaría profundamente orgulloso de que aquel mandato que llevó prendido al pecho durante una semana entera, con un inglés defectuoso, haya estado, medio siglo más tarde, en la bandera que los muchachos del seleccionado enseñaron al mundo. Y ahora esté también presente hasta en los objetos más cotidianos de millones de personas. La frase que afirma la soberanía argentina sobre las islas nos pertenece a todos. Ya la hicimos nuestra y nunca más habremos de soltarla.
