La pobreza se expande y castiga con dureza a los extremos de la vida social

La pobreza se expande y castiga con dureza a los extremos de la vida social

Casi la mitad de los menores de catorce años quedó bajo la línea de pobreza, mientras que entre los jubilados el deterioro fue el más pronunciado en apenas medio año

La pobreza regresó al centro de la escena y lo hace con una particular virulencia sobre los dos polos etarios más frágiles de la estructura social. Entre los chicos de hasta catorce años, el flagelo abarcó al 44,5 por ciento del segmento, lo que equivale a unos 4,1 millones de niños y niñas. Entre los adultos mayores, en tanto, se produjo el salto más abrupto registrado en un solo semestre: el indicador trepó 5,1 puntos y se ubicó en el 14,8 por ciento.

Las cifras oficiales resultan por sí solas inquietantes, incluso sin considerar que la metodología empleada por el Indec es objeto de cuestionamientos por parte de especialistas. Las mediciones alternativas calculan que, aplicando las correcciones sugeridas, la pobreza general habría afectado al 45 por ciento de la población durante la primera mitad de 2026, frente al 32,3 por ciento que reporta el organismo nacional.

El avance del flagelo fue especialmente intenso entre aquellos que disponen de menos recursos para amortiguar el desmejoramiento de sus ingresos. Los niños, que dependen de los recursos que genera el hogar, y los adultos mayores, cuyos haberes previsionales deben enfrentar una canasta de consumo con componentes específicos de mayor peso relativo, aparecen como los más golpeados por esta dinámica.

Más allá de la fotografía puntual, la tendencia al agravamiento resulta inequívoca. La pobreza comprendió al 32,3 por ciento de los habitantes en el primer semestre, lo que implica un crecimiento de 4,1 puntos porcentuales en relación con el semestre previo. La indigencia, por su parte, afectó al 7,5 por ciento de la población y anotó un ascenso de 1,8 puntos porcentuales en idéntico lapso.

La infancia, la cara más cruda del fenómeno

De acuerdo con la desagregación oficial, la pobreza azota con mayor severidad a los más pequeños. Entre los menores de catorce años, la tasa llegó al 44,5 por ciento durante la primera mitad del año. Se trata de aproximadamente 4,1 millones de chicos que no consiguieron cubrir las necesidades elementales fijadas por la medición estatal. En comparación con el cierre de 2025, la incidencia subió 3,2 puntos porcentuales, lo que se traduce en que cerca de 165.000 niños se incorporaron al universo de los pobres en solo seis meses. La indigencia también exhibió su nivel más alto en este grupo etario, al alcanzar el 10,8 por ciento.

La vulnerabilidad específica de la niñez se explica, entre otras razones, por la propia arquitectura de la medición: los chicos carecen de ingresos propios y su situación queda supeditada a la capacidad de los adultos responsables para sostener los gastos del hogar. Cuando los salarios pierden poder de compra, se expande la informalidad o se achican las posibilidades de empleo, el deterioro se traslada de manera directa al ingreso disponible de cada integrante de la familia.

Los propios datos del Indec revelan la magnitud de esa brecha. Entre el segundo semestre de 2025 y los primeros seis meses de 2026, el ingreso per cápita familiar se incrementó 11,5 por ciento, muy por debajo del aumento de las canastas. En idéntico período, la Canasta Básica Total, que marca el umbral para no ser considerado pobre, subió 19,6 por ciento, mientras que la Canasta Básica Alimentaria, que determina la línea de indigencia, creció 21,4 por ciento. Los ingresos de las familias corrieron bastante por detrás del costo de cubrir las necesidades básicas.

Las transferencias sociales operan como un mecanismo de contención, aunque resultan insuficientes para neutralizar ese desmejoramiento. Aun así, según el Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA, si se descontaran del ingreso familiar la Asignación Universal por Hijo, otros programas de transferencias y las pensiones no contributivas, la indigencia prácticamente se duplicaría.

El desafío consiste, entonces, en preservar y reforzar esa protección, pero también en atacar las causas que reproducen la pobreza: la informalidad laboral, los salarios magros, la baja productividad, los déficits educativos y habitacionales y el acceso desigual a los servicios básicos, según advierten los especialistas.

En un segundo plano se sitúan los adolescentes y jóvenes de entre quince y veintinueve años, entre quienes la pobreza llegó al 36,9 por ciento, de acuerdo con el Indec. En términos absolutos, y extrapolado al total del país, se trata de unas 4 millones de personas. Respecto del cierre de 2025, la tasa se mantuvo prácticamente sin variaciones. Entre los adultos de treinta a sesenta y cuatro años, en tanto, la incidencia fue del 28,8 por ciento, equivalente a unas 5,9 millones de personas, y anotó un incremento de 4,2 puntos porcentuales.

Los jubilados, el sector que más retrocedió

Entre los mayores de sesenta y cinco años, la pobreza comprendió al 14,8 por ciento durante el primer semestre, lo que representa a cerca de 880.000 personas. Si bien este grupo conserva la tasa más baja entre los distintos segmentos etarios, fue el que experimentó el mayor deterioro respecto del cierre de 2025: el indicador ascendió 5,1 puntos porcentuales en apenas medio año. En términos absolutos, más de 300.000 adultos mayores pasaron a situarse por debajo de la línea de pobreza durante ese período.

En este segmento, el factor diferencial principal radica en la fuente de ingresos. Una porción importante de los adultos mayores depende de jubilaciones, pensiones u otras transferencias previsionales, cuyos aumentos quedaron rezagados frente a la evolución de algunos de los gastos con mayor peso en sus presupuestos. Medicamentos, atención médica, alimentos y servicios básicos representan una porción significativa del consumo de este grupo, por lo que la inflación promedio puede no reflejar cabalmente el impacto que el aumento de precios tiene sobre sus ingresos disponibles.

Conforme al último informe de CP Consultora, la jubilación mínima, que abarca a más del 60 por ciento de los adultos mayores, incluso con bonos, perdió alrededor de un 10 por ciento de poder adquisitivo real frente a noviembre de 2023. El dato permite dimensionar la distancia entre los haberes previsionales y el costo de vida que afrontan los jubilados.

La brecha queda al descubierto al comparar los ingresos con la canasta específica. Según datos de la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires, la Canasta Básica Total para un hogar de adultos mayores fue de 1.714.568 pesos durante junio. En idéntico período, la jubilación mínima fue de 403.318 pesos, a la que se sumó un bono de 70.000 pesos que permanece congelado desde marzo de 2024. El ingreso previsional para un hogar con dos adultos mayores, aun con ese refuerzo, quedó considerablemente por debajo del umbral necesario para cubrir la canasta.

La fotografía que arrojan los datos es la de una pobreza que vuelve a expandirse y que no reparte sus costos de manera uniforme. En la infancia, casi la mitad de los menores de catorce años quedó por debajo de la línea de pobreza; entre los adultos mayores, más de 300.000 personas cruzaron esa frontera en apenas seis meses.

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