La convergencia de una política monetaria restrictiva en Estados Unidos, señales de enfriamiento en la actividad doméstica y un ritmo más lento en la acumulación de reservas volvió a golpear a la deuda soberana, que se adentra en una zona de tensión mientras el mercado mira con inquietud el programa financiero del próximo año.
El deterioro de los bonos argentinos se profundizó durante las últimas jornadas y llevó al riesgo país a trepar hasta su cotización más elevada en medio año. La tendencia alcista del indicador que elabora JPMorgan se produce apenas dos meses y medio después de que la misma referencia estuviera a punto de perforar el umbral de los 400 puntos básicos, lo que evidencia un cambio abrupto en la percepción de los inversores sobre la capacidad de pago de la Argentina.
Para Emilio Botto, responsable de Estrategia e Inversiones de Mills Capital, el avance del índice hasta la región de los 600 puntos básicos devolvió a la deuda soberana a una zona que describió como de estrés. El especialista atribuye el movimiento a una combinación de fuerzas externas y domésticas que actúan de manera simultánea y que se potencian entre sí.
El factor externo como disparador principal
El escenario internacional dejó de ser un viento de cola para los mercados emergentes. Botto explica que el incremento en los rendimientos de los bonos del Tesoro estadounidense elevó el costo de oportunidad para quienes mantienen posiciones en activos de mayor riesgo. Los Treasuries exhiben rendimientos que oscilan entre el 4,75 por ciento a dos años y el 5,32 por ciento a treinta años, mientras la fortaleza de la economía norteamericana mantiene viva la expectativa de una política monetaria más restrictiva a lo largo del año.
Eric Ritondale, economista jefe de PUENTE, comparte ese diagnóstico y sostiene que el movimiento internacional fue el principal detonante de la presión reciente sobre los bonos argentinos. Según su lectura, la suba del riesgo país y la tensión observada sobre la curva de deuda soberana responden a una interacción de factores donde el frente externo actúa como el gatillo inicial, mientras que en el plano local se conjugan datos de actividad económica más débiles y un menor ritmo de compras netas de reservas por parte del Banco Central.
El endurecimiento de las condiciones financieras globales, añade Ritondale, eleva el costo de oportunidad del capital y castiga de manera más que proporcional a los créditos de mayor volatilidad relativa, como son precisamente los bonos soberanos argentinos. Esa dinámica explica por qué la deuda local reacciona con mayor intensidad que otros activos emergentes frente a un mismo shock externo.
Una tendencia que se gestó desde agosto
La escalada reciente no comenzó con los movimientos de los últimos días. Ritondale ubica el inicio de la tendencia durante agosto, seguida de una pausa en la primera mitad de septiembre y de una aceleración en la segunda parte de ese mes. El diferencial entre los bonos Globales argentinos y títulos comparables de otros mercados emergentes volvió a ampliarse hasta alrededor de 280 puntos básicos, lo que terminó neutralizando las ganancias que la deuda argentina había acumulado tras las mejoras en la calificación crediticia registradas a mediados de año.
El comportamiento de agosto, sin embargo, tuvo una explicación distinta a la del tramo más reciente. Según el economista de PUENTE, el impulso de ese mes tuvo un carácter mayormente idiosincrático, ya que los inversores comenzaron a adoptar una estrategia más defensiva frente al horizonte electoral de 2027. Esa postura derivó en una rotación desde deuda soberana hacia instrumentos corporativos y provinciales, lo que restó demanda a los títulos nacionales.
Reservas y frente cambiario bajo la lupa
El frente cambiario constituye otro de los elementos que el mercado sigue con atención. Botto destacó que durante buena parte del año las compras de divisas del Banco Central contribuyeron a fortalecer las reservas y acompañaron una mejora de los activos argentinos. Las adquisiciones acumuladas superaron los 14.100 millones de dólares entre enero y agosto, comportamiento al que se sumaron el resultado fiscal, el superávit comercial, una cuenta capital positiva y una desaceleración de la inflación.
Sin embargo, durante septiembre el ritmo de acumulación de reservas se moderó. Para Botto, esa dinámica dejó más expuesta a la curva de bonos en dólares y contribuyó a profundizar las ventas. La menor acumulación de divisas funciona como una señal de alerta para los inversores, que ven en las reservas un indicador clave de la capacidad del país para hacer frente a sus compromisos externos.
El desafío del programa financiero de 2027
La evolución del riesgo país adquiere especial relevancia de cara a las necesidades financieras del próximo año. Botto puntualizó que el Programa Financiero 2027 presentado por el Ministerio de Economía ya proyectaba una presión sobre las reservas, con 4.900 millones de dólares que el Tesoro compraría al Banco Central y alrededor de 4.000 millones de dólares de vencimientos de Bopreales, en caso de que no sean utilizados para el pago de impuestos.
Si además se considera que, según el mismo programa financiero, el Tesoro debería emitir 5.000 millones de dólares en Bonares durante el próximo año, el acceso al financiamiento y la acumulación de reservas adquieren todavía mayor relevancia. La ecuación financiera del porvenir se vuelve así un factor de inquietud adicional para los tenedores de deuda.
Actividad irregular y elecciones en el horizonte
El escenario financiero también está atravesado por señales mixtas de la economía doméstica. La caída mensual del EMAE en julio, de 2,9 por ciento, reforzó la percepción de una actividad con comportamiento irregular. Al mismo tiempo, el mercado observa una diferencia entre el acceso al financiamiento del sector público y el de empresas y provincias. Durante septiembre, compañías energéticas y la provincia de San Juan colocaron deuda por unos 2.650 millones de dólares, lo que muestra que el crédito no está cerrado para todos los emisores.
Para Ritondale, esta dinámica debe leerse también a la luz del ciclo electoral de 2027 y del posicionamiento que comenzaron a adoptar los inversores. La presión sobre la deuda argentina, por lo tanto, no responde a un único factor. El principal impulso reciente proviene del escenario financiero internacional, pero a nivel local se combinan un menor ritmo de compras de reservas, señales de debilidad en la actividad y una estrategia más defensiva de los inversores frente al próximo ciclo electoral.
Qué podría cambiar el escenario
El panorama podría mejorar si disminuye la presión sobre las tasas estadounidenses y se modera el precio del petróleo. Para Botto, una eventual desescalada de los conflictos geopolíticos y señales de Estados Unidos orientadas a reducir su déficit fiscal podrían contribuir a aliviar las condiciones financieras globales. Ese escenario permitiría reducir la presión inflacionaria internacional y generar un entorno más favorable para los activos emergentes, lo que devolvería cierto alivio a la deuda argentina y a las reservas del Banco Central.
