A 75 años de la primera transmisión televisiva argentina, la gestión libertaria avanza con un cambio de nombre y de identidad visual que, según propios y extraños, solo persigue un objetivo simbólico: desterrar la marca asociada al kirchnerismo. Sin modificaciones de fondo en la programación ni en los contenidos, la señal estatal se somete a un maquillaje estético mientras continúa funcionando como pantalla disponible al mejor postor.
Durante la contienda electoral, Javier Milei había prometido cerrar la televisión pública por considerarla, desde su óptica ajustadora, un engranaje de propaganda. Ya instalado en la Casa Rosada, el presidente libertario modificó el guion y optó por intervenir Radio y Televisión Argentina para vaciarla y generar las condiciones que permitieran su privatización. Esa intención de traspasar la emisora a manos privadas llegó a incluirse en el proyecto de Ley Bases, aunque la reacción de la sociedad y las negociaciones con otras fuerzas políticas lograron excluirla del listado de empresas privatizables durante el debate legislativo. Fue una contienda cultural que el oficialismo perdió, pero que jamás abandonó. Ahora, el gobierno procurará sacarse la espina con una mutación de menor envergadura aunque de fuerte carga simbólica: a partir del 17 de octubre, la hasta hoy denominada TV Pública pasará a llamarse Canal 7, una determinación que solo pretende clausurar una etapa pretérita más que proyectar la emisora hacia el porvenir.
La fecha elegida no resulta antojadiza. Ese día, la televisión argentina conmemorará 75 años de su primera emisión, cuando en el Día de la Lealtad Peronista de 1951 Eva Perón protagonizara su recordado último acto público en la Plaza de Mayo. No es casual, entonces, que el Poder Ejecutivo Nacional haya resuelto justamente esa jornada cambiar el nombre, el logotipo y todo el paquete visual del canal estatal, máxime si se considera que el actual TV Pública fue instituido formalmente en 2009, durante la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner. Tras no haber podido cerrarlo ni privatizarlo, el gobierno intenta renovar la identidad de la emisora con el único propósito de finiquitar una marca que, a su entender, está popularmente vinculada al kirchnerismo.
Un allegado a Carlos María Curci González, actual interventor de RTA y exvocero de la Sociedad Rural Argentina, intentó justificar lo evidente argumentando que la medida no se dirige contra nadie y que, en rigor, se recupera el nombre original, ya que la identificación oficial del canal es LS 82 TV Canal 7. Más allá de esa explicación, los archivos desmienten la versión oficial: en febrero pasado, el entonces jefe de gabinete Manuel Adorni había anticipado que le cambiarían el nombre a la señal estatal. Cuando un periodista de Infobae le preguntó por qué dejaría de llamarse TV Pública, Adorni apenas atinó a responder “porque no”. Y al consultársele si era porque el nombre resultaba kirchnerista, agregó: “Puede ser, puede ser. Igual, todo lo que sea cartelería con contenido ideológico dimos la orden de retirar”.
La renovación del canal, por lo tanto, se limitará al paquete visual gráfico de la pantalla, incluido el cambio de denominación a Canal 7 y del logotipo que lo identifica. Nada más. Se trata apenas de un rebranding estético, sin transformaciones profundas en la programación ni en los contenidos de la señal que, bajo la gestión libertaria, se convirtió en una pantalla ofrecida al mejor postor. Esto significa que se abastece de coproducciones, en las que el canal aporta los estudios, la técnica y el aire, mientras los productores externos se hacen cargo de la artística. Los programas de chimentos y los magazines de contenido pasatista y liviano pasaron a formar parte constitutiva de su grilla.
El porvenir de la programación no parece alejarse demasiado de esa idea general que la intervención, renovada una y otra vez, de La Libertad Avanza imprimió a la pantalla pública. Según pudo averiguar Página/12, antes de que termine el año se estrenará en la TV Pública un magazine matutino para la primera mañana, conducido por el Tucu López y Jimena Cyrulnik, con Marcos El Bicho Gómez, y un ciclo sobre el mundo animal animado por María Eugenia Molinari y Melina Brizuela. También existen posibilidades de que se sume a la pantalla una suerte de late night con Roberto Pettinato al frente, aunque ese contrato aún no está cerrado y por ahora solo se trata de una intención.
A 75 años del nacimiento de la TV Pública, en un aniversario que podía ser motivo de celebración, el gobierno se empecina en librar su propia contienda cultural modificando el nombre del canal, como si semejante gesto pudiera borrar un pasado siempre arraigado al sentir argentino. Una determinación que retrata en detalle la lógica con la que la actual gestión concibe los medios públicos, a los que por ahora solo ajustó y sirvió para darle lugar a amigos, como fue el caso de Marcelo Grandío, el íntimo de Adorni con varios contratos con el Estado mientras este tuvo a su cargo RTA. ¿No hubiera sido más eficiente y necesario para la sociedad argentina invertir el dinero gastado en el rebranding de la señal estatal en la producción de más y mejores contenidos? Un interrogante que no tiene en cuenta que el absurdo forma parte de este gobierno.
