La exposición central de la Bienal Internacional de Arquitectura de Buenos Aires, inspirada por dos científicas expertas en el continente blanco, recorre dos siglos de diseño habitable en el territorio más extremo del planeta, donde la vida humana parece una quimera.
En el marco de la Bienal Internacional de Arquitectura de Buenos Aires, cuya consigna central es «Habitar lo extremo», dos investigadoras especializadas en el continente blanco han dado forma a una original muestra que explora la evolución de los diseños habitables en el lugar donde la existencia humana parece una empresa imposible. La propuesta, que combina fotografías, registros fílmicos y piezas plásticas, reconstruye la historia de un territorio que durante mucho tiempo fue imaginado como un desierto vacío, pero que en realidad constituye un espacio construido, ocupado y disputado desde hace dos centurias.
Victoria Nuviala Antelo, una de las responsables de la investigación que lleva adelante el Archivo SUR, explicó a Página/12 que el relato habitual sobre la Antártida omite capítulos fundamentales. «La Antártida se imaginó siempre como un desierto vacío. La investigación que llevamos adelante desde Archivo SUR narra otras historias: un continente construido, habitado y disputado desde hace dos siglos. Esta exposición es, ante todo, la biografía de ese territorio que no se suele contar», afirmó la especialista frente a la muestra que ilustra cómo el ser humano ha ingeniado recursos para estar, siempre de paso, en el continente extremo.
Un paisaje arquitectónico singular brotó en la «nada blanca»
En medio de la denominada «nada blanca» surgió uno de los paisajes arquitectónicos más singulares del planeta. Según reconstruye la exhibición, ese paisaje se configuró en sus primeros años a partir de prototipos experimentales, proyectos edilicios de posguerra, reinterpretaciones del Estilo Internacional —nutrido por las ideas de Le Corbusier y Mies van der Rohe— y el brutalismo soviético. Esos componentes dieron forma a un repertorio constructivo que refleja tanto las tensiones geopolíticas como las ambiciones estéticas de cada época.
La muestra, que se presenta como el núcleo central de la Bienal, propone así una lectura novedosa: la Antártida no es solamente un escenario natural extremo, sino también un archivo vivo de decisiones humanas, ensayos técnicos y disputas territoriales. A través de imágenes y materiales de archivo, el público puede advertir cómo la necesidad de cobijo en condiciones hostiles impulsó soluciones audaces que luego influyeron en la arquitectura moderna y contemporánea.
Una biografía que cuestiona el relato del vacío
Lejos de la imagen de un espacio intocado, la exposición subraya que el continente antártico ha sido objeto de una ocupación intermitente pero constante, marcada por la provisionalidad y la competencia entre naciones. Cada refugio, cada base y cada prototipo habitacional constituye una huella de esa historia. Las dos científicas que inspiraron el proyecto insisten en que narrar esa biografía arquitectónica permite comprender mejor las lógicas de poder, cooperación y resistencia que atraviesan el territorio.
La propuesta de «Habitar lo extremo» invita, en definitiva, a mirar la Antártida con otros ojos: no como un páramo ajeno a la acción humana, sino como un laboratorio de experimentación donde la arquitectura ha debido reinventarse una y otra vez para hacer posible lo que parecía imposible.
