El país de las colas interminables: la desesperada búsqueda de empleo que retrata la crisis

El país de las colas interminables: la desesperada búsqueda de empleo que retrata la crisis

Miles de personas madrugan cada día en distintos puntos del territorio argentino para intentar conseguir un puesto de trabajo, en un escenario de desocupación creciente, informalidad persistente y consumo en caída

La estampa se repite con una insistencia que ya resulta imposible de ignorar. A lo largo y a lo ancho del territorio nacional, multitudes madrugan, soportan horas de espera y se someten a filas que se extienden por cuadras enteras con una única esperanza: conseguir un empleo. Lo que antes podía interpretarse como una escena aislada se ha convertido en un rasgo distintivo del paisaje cotidiano de la economía argentina, donde la oferta laboral es tan escasa que cualquier convocatoria, por modesta que sea, desata una verdadera avalancha de candidatos.

La ciudad de Mar del Plata fue escenario reciente de uno de estos episodios que conmueven y, al mismo tiempo, retratan con crudeza la realidad del mercado de trabajo. Antes de la apertura de un establecimiento destinado a espectáculos y celebraciones, ubicado en la zona de San Martín al 4200, entre San Juan y La Pampa, cientos de personas se congregaron con sus currículums en mano. La fila superó las diez cuadras y obligó a los organizadores a implementar un sistema improvisado de entrega de números, mecanismo que no estaba previsto pero que se volvió indispensable ante la magnitud de la concurrencia. El objetivo era claro: acceder a alguno de los setenta puestos disponibles, que abarcaban funciones de jefatura de sala, atención de caja, preparación de bebidas, tareas administrativas, acomodación del público, producción y técnica, además de servicio de salón.

La convocatoria reunió a personas de las más diversas edades y trayectorias. Allí convivieron quienes buscaban insertarse por primera vez en el mundo laboral, hombres y mujeres con meses de desocupación a cuestas y trabajadores que intentaban sumar una segunda fuente de ingresos para sostener sus hogares. A esa multitud se sumaron numerosos despedidos del acuario de la ciudad, un emprendimiento que estaría al borde de declarar su quiebra. Una mujer que llegó a la fila a las cinco y media de la mañana confió a un canal local que sabía que habría mucha gente porque en Mar del Plata el desempleo es elevado, y agregó que llevaba tres meses buscando trabajo sin éxito.

La situación de la ciudad balnearia, aunque no constituye un caso excepcional, adquiere una dimensión particular por tratarse de un emblema turístico que hoy resiente con severidad la caída del consumo. Las estadísticas oficiales confirman ese deterioro. Mientras el promedio nacional de desocupación se sitúa en torno al 7,9 por ciento, en el distrito de General Pueyrredón, que contiene a Mar del Plata, la tasa escaló al 9,9 por ciento de la población económicamente activa, frente al 6,3 por ciento registrado en el mismo trimestre del año anterior. Se trata de un incremento de 3,6 puntos porcentuales en apenas doce meses, lo que representa un salto de casi el 57 por ciento en términos relativos. Con aproximadamente treinta y cuatro mil personas sin empleo, la ciudad quedó ubicada en el tercer puesto entre los aglomerados urbanos con mayor desocupación, solo por detrás del Gran Rosario, con 11,5 por ciento, y del Gran Córdoba, con 10,5 por ciento.

Esa postal, lejos de circunscribirse a la costa atlántica, se reproduce en las más variadas latitudes del país. Semanas atrás, una parrilla de la localidad bonaerense de Berazategui, propiedad de un músico de un grupo de cumbia que decidió abrir el local ante la merma en la concurrencia a espectáculos musicales, lanzó una convocatoria para cubrir quince vacantes en distintas áreas. La respuesta fue contundente: más de tres cuadras de cola y aspirantes que aguardaron más de siete horas para ser entrevistados. El establecimiento, situado en Eva Perón y calle 114, ofrecía un salario promedio de ochocientos mil pesos y buscaba cocinero, mozo, ayudante de cocina, encargado de copas y responsable de salón.

La escena se repitió en otros puntos del conurbano. En Moreno, el frigorífico Don Theo convocó a más de tres mil personas, que esperaron bajo la lluvia en una fila de doce cuadras para competir por sesenta puestos. En el norte del país, la situación no difiere. En Catamarca se formó una cola de cuatrocientos metros integrada por jóvenes que pretendían acceder a una vacante en una carnicería y un supermercado mayorista. A comienzos de año, la firma de artículos electrónicos Red Lenic recibió a tres mil personas interesadas en treinta puestos para su local en el conurbano bonaerense.

Lo que más alarma de este panorama es la composición de quienes esperan. Ya no se trata únicamente de personas desesperadas por encontrar una ocupación, sino que en las filas se observan jóvenes que buscan su primer empleo y también mayores de sesenta años que, por carecer de trabajo o por tener uno precario cuyos ingresos resultan insuficientes, se ven obligados a sumarse a la búsqueda. En el país existen hoy veinte millones de trabajadores considerados ocupados, de los cuales ocho millones y medio se desempeñan en la informalidad y cinco millones son monotributistas que figuran como cuentapropistas. Para contener la crisis ya no alcanza con quienes se vuelcan a las aplicaciones de reparto, porque el sistema se encuentra saturado de oferta frente a una demanda sumamente baja. Por eso, cada vez resulta más común ver a personas que intentan recuperar un empleo que no sea basura.

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