Brasil se juega su futuro en un balotaje reñido entre Lula y Flavio Bolsonaro

Brasil se juega su futuro en un balotaje reñido entre Lula y Flavio Bolsonaro

El exmandatario petista busca recuperar el poder frente al heredero de la extrema derecha, en una contienda marcada por la imprevisibilidad, la movilización popular y las injerencias externas

La nación sudamericana se apresta a vivir este domingo una jornada electoral de enorme trascendencia, en la que algo más que el destino de un país quedará definido en las urnas. Luiz Inácio Lula da Silva, el veterano dirigente del Partido de los Trabajadores que ya ocupó la presidencia en tres oportunidades, intentará revalidar su mandato frente a Flavio Bolsonaro, un apellido de peso en la derecha radical que su progenitor eligió para reivindicar su legado. El desenlace se presenta incierto y ajustado, con diferencias porcentuales mínimas entre ambos contendientes, según las estimaciones más recientes.

Los sondeos pronosticaban un tránsito holgado hacia la victoria definitiva para el exsenador opositor tras imponerse en la primera vuelta. Sin embargo, la maquinaria petista despertó, Lula se sumergió con ímpetu en la campaña y la irrupción de sus simpatizantes en las plataformas digitales comenzó a inclinar la balanza hacia el oficialismo, permitiéndole limar aquel margen desfavorable. Durante la franja horaria que se extenderá entre las ocho y las diecisiete horas, se definirá mucho más que la suerte de una nación, de ahí la relevancia mayúscula del comicio.

Un factor decisivo para inclinar la contienda lo constituye la masa de casi cuarenta y nueve millones de electores que se ausentaron en el primer turno, sufragaron en blanco o se inclinaron por las restantes candidaturas de derecha e izquierda presentadas el cinco de octubre. Sobre ese caudal de sufragios fueron tanto Lula como Bolsonaro a la pesca de indecisos y de una franja juvenil, comprendida entre los dieciséis y los veinticuatro años, capaz de decantar las preferencias hacia uno u otro lado. En tanto, alrededor de ciento cincuenta y ocho millones de personas votarán para presidente, y muchas menos elegirán también en segunda vuelta a los gobernadores de cinco estados y del distrito federal de Brasilia.

Las calles de las principales urbes brasileñas, entre el cinco y este veinticinco de octubre, se convirtieron en territorio en disputa donde el petismo y sus aliados exhibieron su músculo electoral, ese potencial adormecido durante la primera vuelta. Fue el momento en que la campaña presencial de multitudes pro Lula, impulsada por estudiantes, trabajadores y un sector considerable de la clase media, convergió con la iniciativa de llevar su voz a las redes sociales. El denominado “Ejército de Lula”, un canal de mensajería que se transformó en una herramienta formidable de seguidores, pasó de cincuenta y tres mil adeptos en abril a más de diez millones en seis meses, y de un millón trescientos mil a una cifra de ocho dígitos entre la primera y la segunda vuelta.

Los dos debates presidenciales dejaron también sus señales. A Lula se lo vio confiado en todo momento, creyó en su propia fuerza y recorrió la gigantesca geografía del país del nordeste al sur, mientras Bolsonaro, mucho más módico en sus convocatorias callejeras, tuvo que seguirle el frenesí de la campaña. En las casi tres semanas transcurridas desde el cinco de octubre, el gobierno logró aprobar mediante una enmienda constitucional el fin de la jornada laboral del seis por uno, seis días de trabajo por uno de descanso, que ahora serán dos para la clase trabajadora. Una decisión política que podría jugar un papel determinante.

Lula tomó la iniciativa y arrinconó a su rival, representante de la mayoría del establishment, aunque este siempre suele repartir sus apuestas. La economía no se desestabilizó porque el presidente pudiera continuar en el cargo, y las amenazas a la democracia brasileña solo llegaron desde el exterior. Habían comenzado con las injerencias de Donald Trump y Marco Rubio, que coercionaron a Brasil con su gastado caballito de batalla, la suba de aranceles. Después siguió Meta, la multinacional de Mark Zuckerberg, un aliado del mandatario estadounidense que puso a funcionar los algoritmos de sus plataformas para entorpecer la comunicación virtual de Lula y el petismo con sus audiencias.

Pero el colmo de las intromisiones lo superó con creces uno de los integrantes del clan Bolsonaro, el tercero de los hijos del expresidente, Eduardo. El exdiputado sugirió el viernes veintitrés una medida intervencionista digna de Theodore Roosevelt o Richard Nixon, aunque Trump bien podría suscribirla. Cuando le preguntaron en un programa estadounidense qué pasaría en Brasil si su hermano Flavio perdía el balotaje, respondió con una risa que disimulaba el exabrupto: “¡Que envíen a los marines!”. Neocolonialismo explícito del que los Bolsonaro saben suficiente y el actual candidato ya dio señales de tener la lección aprendida. Dos días antes de la segunda vuelta, Eduardo también había dicho que si su hermano mayor es derrotado debería abandonar el país, y se autopostuló como futuro canciller de Brasil si los Bolsonaro vuelven a gobernar desde el Palacio del Planalto que tomaron y destruyeron sus partidarios el ocho de enero de 2023, una semana después de que Lula había asumido la presidencia que ahora está llegando a su término.

Brasil es un país partido al medio, con dos bloques mayoritarios de electores que absorbieron cualquier tercera vía. Lula se desdobló en el cierre de campaña y estuvo en Río de Janeiro por la mañana y por la tarde en San Pablo. Bolsonaro eligió repartirse entre Belo Horizonte, el segundo estado del país en población, y una multitudinaria caravana de motos y autos que terminó frente a la casa de su padre en el barrio carioca de Barra da Tijuca, un tributo simbólico al jefe de la familia, detenido en Brasilia bajo el régimen de prisión domiciliaria por golpista.

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