El Xeneize aprovechó la temprana expulsión de Martínez Quarta, dominó desde el juego y se impuso con claridad en un clásico que lo deja a un paso del campeonato y de la clasificación directa a la Libertadores. El Millonario, desbordado por la frustración, nunca encontró respuestas futbolísticas y terminó con diez hombres.
Boca Juniors dio un paso decisivo en su camino hacia el título al vencer con justicia en el Superclásico, en un encuentro que lo dejó a las puertas de un logro mayor: le basta con un solo triunfo más, posiblemente el próximo viernes ante Defensa y Justicia en La Bombonera, para consagrarse campeón de la Liga y acceder de manera directa a la Copa Libertadores. El conjunto dirigido por Leonardo Ponzio, en frente, sufrió el peso de sus propias limitaciones y de un contexto que lo superó desde temprano.
El partido quedó marcado por la expulsión de Lucas Martínez Quarta a los nueve minutos de la primera etapa, tras una falta de último recurso sobre Merentiel. A partir de allí, River Plate perdió el rumbo futbolístico y se dejó llevar por la irritación, olvidándose de jugar para entrar en una dinámica de roce y protesta que no le reportó ningún beneficio. Incluso con un hombre menos, el equipo de Ponzio tenía la obligación de intentar otra cosa antes que buscar la expulsión de un rival para igualar las condiciones numéricas y probar suerte en un escenario más parejo.
Los datos del encuentro resultan elocuentes respecto de la superioridad boquense. River apenas remató tres veces al arco y el arquero Montero no tuvo que intervenir en toda la tarde. Una posesión del 29 por ciento en un Superclásico constituye una afrenta para un equipo de la jerarquía millonaria, que nunca confió en sus posibilidades y que se limitó a enmarañar aún más un arbitraje flojo, con fallas evidentes en la conducción de Nicolás Ramírez.
Tras la tarjeta roja, Ponzio reemplazó a Lucas Beltrán por Lautaro Rivero para completar la línea defensiva, y por un rato pareció que River había logrado reordenarse con su esquema 4-4-1, llevando a Boca a repetirse en centros frontales sin poder hacer valer la superioridad numérica. Sin embargo, después del gol de cabeza de Luciano Di Lollo a los 27 minutos, tras un córner del colombiano Villa desde la derecha, el Xeneize desplegó sus mejores pasajes de la tarde y allí justificó la victoria, ni antes ni después.
La gran diferencia estuvo en la mitad de la cancha, en la movilidad y la certeza de Delgado para manejar la pelota, en todo lo que Ascacibar recuperó y en sus llegadas al área, y desde luego en la presencia de Paredes para ordenar desde allí. En ese tramo, Rivero llegó antes que Merentiel cuando el uruguayo se aprestaba a empujar a la red un centro de Villa, otro cabezazo del delantero se fue por encima del travesaño, Montiel estuvo a punto de marcar en contra y un derechazo de Paredes salió apenas por encima del arco.
En el complemento, Lautaro Pereyra ingresó por Tomás Silva y Almada, con más obligaciones defensivas que ofensivas, se arrimó a Correa para intentar darle a River la profundidad de la que había carecido. Hubo mayor posesión de la pelota, pero la ofuscación terminó nublando las mentes riverplatenses. Montiel, Otamendi y Acuña increparon al árbitro Ramírez protestando incluso sus escasos aciertos, porque River nunca se sintió capaz de empatar el partido pese a la inferioridad numérica. Fue tan pobre su actuación que ni siquiera le alcanzó para ganarlo desde el orgullo. La derrota quedó sellada cuando, a los 79 minutos, Ramírez se hartó de la actuación dramática de Montiel y lo expulsó tras una fuerte entrada contra Blanco.
En ese contexto, el triunfo xeneize no corrió riesgo alguno y hasta pudo haber sido más amplio: en el segundo minuto adicional, Velasco, que había ingresado por Flores, estrelló un remate en el poste izquierdo. De los dos, Boca fue el único que quiso jugar y le alcanzó con lo poco que pudo poner. Por eso, al caer la tarde, hubo fiesta en el barrio azul y oro. Se había derrotado otra vez al rival de toda la vida y tal vez esta semana comiencen a festejarse títulos en esa hoguera de pasión que siempre es La Bombonera boquense.
